jueves 23 de julio de 2026
Reseña de libro

La frontera extraviada: Escapar de sí

Ignacio del Valle Dávila desenmaraña mitos exóticos sobre una frontera brasileña aparentemente alejada de los centros de producción de conocimiento y, a la vez, ridiculiza a la academia mientras reflexiona sobre el ciberacoso y los vericuetos de la memoria.

23 de julio de 2026 - 19:30

Quien haya imaginado o viajado a Foz de Iguazú tendrá en mente noches de caipiriña, plumas, tacones, shows de samba, mariposas gigantescas y vegetación exuberante, y por qué no, la promesa de alguna aventura sexual. Nada más alejado de La frontera extraviada (RIL, 2026).

La segunda novela del crítico e investigador en cine, Ignacio del Valle Dávila, continúa una línea abierta por su primera obra, Ahora que vamos deprisa (Cuarto Propio, 2024), y se expande a nuevas temáticas y preguntas. Narrada igualmente en primera persona por un protagonista masculino, también académico y atribulado, ahonda esta vez, de forma novedosa y paródica, en el ambiente de charlas magistrales, clases y exámenes de tesis en una universidad fronteriza.

En pleno vuelo al sur de Brasil por compromisos académicos, Gabi se obsesiona con su teléfono y descubre mensajes de una mujer que lo cuidó de niño, quien asegura conocerlo bien, aunque él no la recuerde. Su voz lo persigue, así como su presencia inquietante y fantasmagórica, y se le pega a la piel como la humedad de la enmarañada ciudad que visita.

El profesor universitario parece olvidar la razón de su viaje –que se adivina más motivado por lo económico que por granjearse un prestigio que ya tiene– y se deja perder entre gin tonics y sus propios recuerdos borrosos, mientras corre bajo la tormenta tropical o se interna con descuido en las cataratas, a punto de caer en ellas. Las imágenes del pasado aparecen de forma intempestiva, sin desvanecerse del todo, y logran alterar su estadía en la triple frontera entre Brasil, Paraguay y Argentina. Esa sensación fronteriza, que incluso uno de sus colegas analiza en la conversación de sobremesa, genera una atmósfera de extrañeza.

Ágil y breve, la novela está narrada en tiempo presente y en forma lineal a lo largo de 126 páginas. Se estructura en capítulos que llevan el nombre de los cinco días de la semana en los que ocurre el viaje de Gabi, como lo nombra quien le habla desde el pasado. Es Aurora Sigüenza, apellido que sugiere la sinvergüenzura de volver al escenario del crimen. Los escuetos mensajes de la mujer, así como un par de comentarios en las publicaciones del profesor, abren la puerta a recuerdos incómodos y volátiles de la niñez que se creían olvidados. Sin previo aviso, afloran al contacto de la pantalla del teléfono, del computador o en plena proyección en la conferencia que ha ido a dictar y que es interrumpida por esas sombras perturbadoras.

Nervioso desde el momento de subir al avión en Río de Janeiro, Gabriel es eclipsado por el rastro de la mujer en sus redes sociales. El primer mensaje logra distraerlo de las rutinas previas a su conferencia y de las demás actividades académicas, que realiza casi con descuido, de forma burocrática y desapasionada. La resaca y los recuerdos que van y vienen lo llevan al completo desinterés: se ve a sí mismo desde fuera, en total ridículo; incluso se le escapa un gallito en plena charla magistral.

Gabriel proviene de un centro de estudios de una metrópoli, mejor posicionado en el ranking y más apetecido que la universidad de provincia que lo recibe. Sin caer en la exageración del Donoso en Dónde van a morir los elefantes, con personajes ridiculizados hasta la exacerbación, establece un diálogo con aquella novela desde la contemporaneidad, dando cuenta de rivalidades, competencias y el menosprecio académico.

De su vida familiar nos vamos enterando por las videollamadas con su esposa, siempre al borde de la ruptura; la lejanía con su madre y los mensajes desatinados del padre. Pese a su rechazo y abulia, atrae la atención de sus anfitriones y se ve enredado en juergas que dejan adivinar el lado B del entramado universitario. Una escena memorable es el encuentro con dos de sus colegas la noche previa a su charla. En el descampado, se da licencia para compartir un porro de marihuana, perder la consciencia y compostura y salirse de los roles que ya no consiguen emocionarlo: esposo sin descendencia, profesor destacado, hijo distante de sus progenitores.

Harto de sí, Gabi descubre calles desoladas, pobreza material, escasa vida nocturna y pocos sitios de interés más allá de las bellezas naturales. Así, la mitología de la exuberancia y de la postal turística en torno a Foz es desmantelada. Asoma entonces un panorama menos comercial, pero no por ello menos atractivo que permite atravesar fronteras geográficas, culturales y turísticas. Todo está a punto de irse al carajo, pero por alguna razón ni el lenguaje se desmorona ni el protagonista se deja llevar del todo por sus deseos, dudas y miedos. Quizás el final abierto dibuja otros caminos para seguir explorando tras esta entrega breve, intensa y prometedora.

Sigue leyendo
LO QUE SE LEE AHORA
Los jóvenes ya no quieren ser jefes. 

Las más leídas

Te Puede Interesar