Lamentablemente, lo político se ha perdido en tecnicismos inocuos que, por búsqueda excesiva de eficiencia, olvidan que existen para el servicio de la persona humana, pues la patria reside concretamente en el prójimo, en el vecino, sin él o ella, no hay bandera ni escudos. Sin los trabajadores de nuestro país no tiene sentido ningún gobierno ni norma.
Su nombre es Hoy y no Mañana: El oficio que olvidó a los niños
Se recorta precisamente allí donde la deuda histórica era mayor, ¿donde quedó la preocupación del expresidente Sebastián Piñera, de Renovación Nacional y Evópoli sobre la niñez?
Al respecto, el Oficio Circular N°16 del Ministerio de Hacienda, fechado el 24 de abril de 2026, pertenece justamente a esas decisiones de gobierno que en especie son sumamente relevantes para el devenir de la persona humana concreta, de las familias reales, sin embargo, como muchas definiciones contemporáneas no se quiso mirar a los hijos de las trabajadoras de casa particular, de los obreros, de los auxiliares de aseo, de los pescadores o campesinos, se ignoró la labor real de las educadoras de párvulo, cocineras y otras funcionarias de los jardines infantiles y colegios de básica. No se vio la realidad concreta, y sobre todo, se ignoró la vida humana a la cual el Estado sirve, como toda entelequia que no existe si no es por las personas que la componen.
En dicha línea, me gustaría comentar que entre los quince programas educacionales que ese documento propuso descontinuar figuraba —antes de que la indignación pública lo retirara de la lista— el Programa de Alimentación Escolar de la JUNAEB: cerca de cuatro millones de raciones diarias, dos millones de niños, doce mil establecimientos a lo largo del país.
Dicho programa es el más oneroso de la JUNAEB, con un presupuesto cercano a los 1.332 millones de dólares. Para una fracción incontable de esos niños, ese plato es la única comida cierta del día, como pueden corroborar las familias en Cholchol, San Ramón, Alto Biobío, La Pintana, Galvarino o Alto Hospicio, donde se vive bajo el sueldo mínimo, en informalidad, en deudas y en diversas inseguridades; en definitiva, donde la JUNAEB es la posibilidad de acceder a las calorías necesarias para un desarrollo básico de la infancia, pues no comerán carne como en Las Condes, pero hay legumbres que son mucho mejores que comer fideos y arroz con salsas todos los días.
Ahora bien, el gobierno no eliminó el Programa de Alimentación Escolar, pues en medio de la confusión de la izquierda, tras la avalancha de críticas de la misma derecha política —incluida la de Evelyn Matthei, que advirtió que "para muchos niños y niñas esta es la única comida del día" y que "con eso no se juega"—, el director de la JUNAEB y el propio Presidente desmintieron la supresión y hablaron de un supuesto "rediseño". Pero la disposición ya estaba a la vista.
Un Estado revela su jerarquía moral no solo en lo que ejecuta, sino en lo que se atreve a poner sobre la mesa, y en consecuencia, que el plato de comida de dos millones de niños haya podido ser, siquiera por un instante, una variable de ajuste, dice más sobre el alma de un gobierno que mil discursos de campaña. Entre tantas metáforas e hipérboles, parece correcto decir que el Gobierno de JAK en definitiva no defiende la vida, especialmente cuando se trata de los niños de las familias humildes.
Así, la disposición no se agotó en el oficio señalado, puesto que en la educación parvularia el ajuste sí avanzó: recortes de al menos quince por ciento concentrados en los programas alternativos de la JUNJI y de la Fundación Integra, y casi sesenta mil millones de pesos menos para Integra, que atiende a más de ochenta mil niños en sus primeros años. Todo esto en un país donde la cobertura parvularia entre los cero y cuatro años apenas alcanza el 43 por ciento, es decir, de 691 mil niños, más de 390 mil quedan fuera de toda educación inicial.
Se recorta, pues, precisamente allí donde la deuda histórica era mayor ¿donde quedó la preocupación del expresidente Sebastián Piñera, de Renovación Nacional y Evópoli sobre la niñez? Cómo el legado del primero, en el olvido por “derechita cobarde”, pues nada más cobarde que preocuparse de la temprana infancia, y por el contrario, mucho más valiente la política de Herodes según estos (anti) criterios.
De esta forma, a 137 años del natalicio de la poetisa Gabriela Mistral, la defensora de los niños oriunda del Valle del Elqui, es bueno traer al recuerdo colectivo una afirmación sustancial para el devenir de las Naciones y las Civilizaciones: muchas de las cosas que necesitamos pueden esperar, pero el niño no, porque justo ahora se están formando sus huesos y elaborando su sangre, y a él no podemos responderle "mañana", porque “su nombre es Hoy”.
El "rediseño para 2027" es, en idioma mistraliano, exactamente esa respuesta prohibida, es decirle "mañana" a un hambre que ocurre hoy. Nuestros niños y niñas necesitan sus pañales, sus medicamentos, su leche, sus alimentos, sus juguetes, su educación. El futuro de nuestro país está siendo repudiado, deberíamos al parecer igualmente recordar el adagio: “Cría cuervos y te sacarán los ojos”.
También, creo bueno recordar el pensamiento de Simone Weil, quien en “L'Enracinement, prélude à une déclaration des devoirs envers l'être humain” de 1943, enumeró las necesidades del alma humana —orden, dignidad, verdad, arraigo, entre otras— a la par de las necesidades del cuerpo, y sostuvo que negarlas es un crimen análogo a dejar morir de hambre a alguien.
Para Weil, romper la participación real, activa y natural del ser humano en su comunidad produce una desgracia que hiere el alma misma. Al respecto, un comedor escolar, una sala cuna, no son gasto, sino que son raíces para sostener el árbol que es una sociedad. Cortarlas por decreto es producir desarraigo desde el aparato del Estado, destruyendo en definitiva el futuro de la convivencia social, atacando directamente a nuestros niños, a lo que debemos decirle a su Excelencia el Presidente: ¡Con nuestros niños no!
Un gobierno que se proclama cristiano, encabezado por un católico activo del Movimiento de Schoenstatt, no puede tratar el hambre infantil como una ineficiencia administrativa. Porque el hambre de un niño no es una ineficiencia. Es, en el lenguaje exacto del Evangelio que nos recuerda Gabriela Mistral o Simone Weil, una acusación profética propia del mensaje salvífico de Cristo.