viernes 02 de octubre de 2026
Opinión

Sin ciencia no hay salto

Llevamos casi veinte años estancados. La productividad no se movió, la inversión en ciencia tampoco, y la respuesta de este gobierno fue recortarle 4,7% al ministerio y volver a una agenda de los años ochenta.

2 de octubre de 2026 - 11:45

La ciencia no es un producto cualquiera que se pueda comprar o vender en un mercado. Sabemos eso sí que es conocimiento aplicado, y que ese conocimiento es un bien que tiende a ser subproveído por el mercado. Pero el asunto del conocimiento no se resuelve únicamente reconociendo su carácter público.

El conocimiento es algo más, es un ecosistema donde conviven ingenieros, científicos, empresarios, investigadores, proveedores y que, en su constante diálogo y articulación, generan conocimientos colectivos que constituyen la base tecnológica común de una sociedad, que se traspasa a través del sistema educacional de generación en generación.

Este ‘saber tecnológico colectivo’ genera beneficios comunes que no se observa directamente en un sector u otro, ni siquiera en las rentabilidades de las empresas. Es un esquema que solo se observa desde una posición pública, que tiene la voluntad de apostar por consolidar, proteger y hacer crecer este ecosistema a través de un conjunto de políticas industriales complementarias.

Cuando se observa la débil inversión de Chile en ciencia, vemos un síntoma de una situación estructural de la economía, que es la ausencia de actores privados y de gobiernos en apostar por hacer crecer este ecosistema. Y esta ausencia de mirada es una de las causas profundas del estancamiento secular de nuestra economía.

Aunque sea posible recaudar más, atraer más inversión extranjera, exportar más cobre o incluso diversificar lo que exportamos, esto quedará trunco si detrás no hay un país que sabe convertir lo que tiene en conocimiento y tecnología. La evidencia comparada es contundente al respecto, todos los países desarrollados lo han hecho creado deliberadamente capacidades tecnológicas.

Australia y Chile son economías sustentadas en la extracción, pero con un muy distinto índice de desarrollo. Y esto es porque la diferencia no está en los recursos naturales heredados, sino en lo que aprendieron a hacer en torno a ellos. En los años setenta el Estado australiano pagaba tres cuartos de toda la investigación del país, y hoy la minería explica un cuarto de lo que sus empresas gastan en investigar, algo que no ocurre en ningún otro país de la OCDE. En efecto, Australia le vende tecnología y servicios mineros al mundo por mas de US$ 11 mil millones.

Chile invierte 0,41% del PIB en investigación y desarrollo, los paises de la OCDE 2,7%, casi siete veces menos. Y lo poco que hay está desconectado, las universidades ejecutan el 42% de la investigación cuando en la OCDE es el 16%, y las empresas el 42% cuando allá es el 73%. Nueve de cada diez empresas chilenas no innovaron en nada entre 2021 y 2022. Tenemos científicos que publican y empresas que no los demandan, y en el medio nada. Por eso llevamos casi dos décadas con la productividad estancada, según la propia Comisión de Productividad.

Ahí aparece una pregunta legítima, en qué invertir. Hay quienes defienden la ciencia básica sin dirección, porque nadie sabe de dónde va a salir la próxima gran idea, porque el Estado se puede equivocar cuando elige ganadores y porque los retornos llegan a veinte o treinta años, un plazo que ningún privado espera. Y hay quienes dicen que con recursos tan escasos hay que apuntar, elegir sectores y misiones.

Pero esa decisión, clave sin duda, debiese quedar en un espacio institucional inclusivo y representativo. Hay varios casos en que instituciones como Consejos para el desarrollo (que juntan a los ministerios clave con universidades, empresas y sindicatos), definen una estrategia y elijen en qué sectores invertir, con proyectos que duren más que el ciclo político.

Hoy se abre una ventana que no existía hace veinte años. Producto de nuestro impacto en el planeta, el mundo está atravesando una transición verde que reordena la economía mundial y necesita exactamente lo que Chile tiene, el desierto con más radiación solar del planeta, viento, cobre, litio y una costa larga para el hidrógeno verde.

Pero estamos entrando, en gran medida, tal como lo hicimos en el siglo XIX, ofreciendo la materia prima e importando el producto elaborado. En 2025, el 64% de nuestro cobre salió como concentrado, o sea, piedra molida; dos tercios de eso se fue a fundir en China, y lo más elaborado que producimos es un cátodo (una plancha de cobre puro que otro país convierte en cable, en motor o en batería).

La lección tan intuitiva como fácil de olvidar: si Chile no innova, va a seguir siendo una economía de enclave, con poco crecimiento y agregando tierras raras a la misma canasta de siempre.

Llevamos casi veinte años estancados. La productividad no se movió, la inversión en ciencia tampoco, y la respuesta de este gobierno fue recortarle 4,7% al ministerio y volver a una agenda de los años ochenta (desregular y esperar), que paradójicamente, hasta los organismos internacionales que la promovieron en los 1980 y 1990s están abandonando hoy.

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Fernando Paredes Mansilla / Crédito: Agencia Uno

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