Hace un tiempo comencé un curso sobre innovación educativa y uso de tecnologías, motivada por el interés y la necesidad profesional de comprender mejor el lugar que la inteligencia artificial (IA) está ocupando en la educación. Durante el curso, mis inquietudes dejaron de ser meramente tecnológicas, volcándose más bien al significado de ser docente hoy en un mundo donde una IA es capaz de producir textos, responder preguntas o planificar una clase en cuestión de segundos; y cuál será la brecha que producirá esta irrupción de la IA si no se acompaña con desarrollo profesional docente.
El debate público instala dilemas cuestionables, se propone restringir o prohibir el uso de nuevas tecnologías que amenacen el aprendizaje o favorezcan el plagio o se pronostica con temor que estas tecnologías podrían terminar reemplazando parte importante de la labor docente. Muchísimo antes de que la IA irrumpiera en las aulas, Paulo Freire ya había formulado la pregunta esencial: ¿qué significa enseñar?
Su respuesta nunca estuvo asociada a la simple transmisión de contenidos. Por el contrario, entendía la docencia como un acto profundamente ético y político, orientado a formar sujetos capaces de leer críticamente el mundo y transformarlo. Frente a la “educación bancaria” —aquella que reduce al estudiante a un receptor pasivo de información—, Freire reivindicó una pedagogía del diálogo, la autonomía, la reflexión crítica y la construcción compartida del conocimiento.
Esa es precisamente la concepción de la docencia que hoy adquiere una vigencia renovada. Las/os docentes no solo enseñan contenidos, interpretan contextos, construyen vínculos, leen emociones, acompañan trayectorias, reconocen la diversidad de sus estudiantes y crean condiciones para el aprendizaje. En definitiva, producen humanidad allí donde la máquina solo puede producir información; aquello que define la profesionalidad docente no desaparece con la IA; por el contrario, adquiere aún mayor relevancia.
Por ello, formar docentes para la era de la inteligencia artificial generativa no consiste únicamente en desarrollar competencias tecnológicas. Consiste, sobre todo, en fortalecer el criterio pedagógico, la reflexión ética y el compromiso político que permiten decidir cuándo una tecnología amplía las posibilidades de aprendizaje y cuándo, por el contrario, amenaza con profundizar brechas o empobrecer la experiencia educativa.
Significa desarrollar la capacidad de integrar la IA al diseño de experiencias de aprendizaje, enseñar con ella y también enseñar sobre ella, promoviendo el uso responsable y ético de tecnologías que ya forman parte de la vida cotidiana de los/as estudiantes. Aquello reafirma la idea: las transformaciones educativas no ocurren porque aparezcan nuevas herramientas, ocurren cuando las instituciones desarrollan las capacidades profesionales necesarias para que esas herramientas se conviertan en oportunidades de aprendizaje y equidad educativa.
No resulta casual que la UNESCO (2024) publicara el Marco de Competencias en Inteligencia Artificial para Docentes. Lo más interesante de esta propuesta es que sitúa el desafío en las competencias y el desarrollo progresivo de capacidades para integrar la IA desde una perspectiva pedagógica y centrada en las personas.
Quizá el aspecto más significativo del marco sea que su primera dimensión no es tecnológica, sino una mentalidad centrada en el ser humano. En tiempos en que el debate suele girar en torno a algoritmos, este énfasis constituye un recordatorio fundamental: la tecnología no educa por sí sola, son las decisiones humanas/institucionales las que determinan si una innovación amplía oportunidades de aprendizaje o profundiza desigualdades.
En lo práctico, este desafío no puede seguir descansando exclusivamente en el acceso o iniciativa individual del profesorado. La profesionalidad docente también depende de la capacidad de las instituciones para construir un ecosistema de desarrollo profesional que haga posible una integración ética, pedagógica y socialmente justa de estas tecnologías, es decir, la verdadera brecha no es exclusivamente tecnológica o individual es, sobre todo, una brecha institucional.
En este sentido, hablar de desarrollo profesional docente en tiempos de la IA implica interpelar el rol formador del Estado y sus instituciones, el desarrollo a nivel local y el rol de las universidades para garantizar oportunidades sistemáticas de formación continua -tal como plantean los fundamentos de la Ley de Carrera Docente (Ley 20.903)-, tiempo protegido para la reflexión profesional, acompañamiento entre pares, acceso a recursos tecnológicos y orientaciones que permitan integrar tecnologías con sentido pedagógico y no como una respuesta improvisada frente a la velocidad del cambio.
En este sentido, la pregunta ya no es si docentes y estudiantes deben utilizar la IA, sino qué tipo de políticas y procesos de desarrollo profesional debemos garantizar para que esta transformación contribuya a fortalecer, y no a debilitar, el sentido público de la educación. Por tanto, integrar críticamente la IA no puede depender de los recursos disponibles en cada establecimiento, del acceso a plataformas pagadas o del tiempo personal que docentes destinan a su autoformación.
Si la política de formación docente no acompaña este proceso, la IA corre el riesgo de profundizar las desigualdades que históricamente hemos intentado reducir. Actualmente, situar esta discusión desde el fortalecimiento de la profesionalidad docente es el mayor desafío para quienes realizamos formación, no aprender a usar una nueva herramienta, sino seguir formando personas en un mundo profundamente transformado por ella. Al fin y al cabo, la inteligencia artificial puede generar información, pero la docencia, en cambio, produce humanidad.