Hace pocos días fueron conocidos los resultados de la prueba PISA 2025 y, como era previsible, nuevamente se encendieron las alarmas en torno al deterioro de la educación. La OCDE informó que sus países alcanzaron los promedios más bajos registrados hasta ahora en matemáticas y lectura y que uno de cada cinco jóvenes de 15 años presenta bajo desempeño simultáneamente en matemáticas, ciencias y comprensión lectora.
En Chile, los resultados tampoco permiten demasiadas celebraciones: solo un 41% de los estudiantes alcanza el nivel mínimo esperado en matemáticas y un 62% lo hace en lectura.
Frente a lo anterior rápidamente aparecen las explicaciones de siempre. Que los jóvenes ya no leen, que viven mirando el celular, que las redes sociales acabaron con su capacidad de concentración, que la pandemia destruyó los aprendizajes, que los profesores ya no pueden enseñar como antes y, desde hace algunos años, que la Inteligencia Artificial estarían terminando definitivamente con el pensamiento crítico.
Pero, ¿qué pensamiento crítico?
Porque parece haberse instalado la extraña idea de que antes de la aparición de la IA nuestras salas de clases estaban pobladas por pequeños Sócrates que interrogaban las fuentes, contrastaban argumentos, dudaban de las respuestas de sus profesores y construían conocimiento a partir de una reflexión autónoma.
Basta revisar nuestra propia historia educacional para comprobar que aquello nunca fue así. Más aún, los mismos resultados PISA muestran que el deterioro chileno viene produciéndose desde bastante antes de la aparición pública de ChatGPT en 2022: comparado con 2015, el porcentaje de estudiantes bajo el nivel mínimo aumentó diez puntos porcentuales tanto en matemáticas como en lectura.
Entonces, atribuirle a la IA el fin del pensamiento crítico es, a lo menos, históricamente discutible.
Por eso el título polémico de esta columna Nunca fuimos Grecia. Por supuesto que no. Ahora bien, lo anterior no significa desconocer los efectos que puede provocar un mal uso de la IA. Si un estudiante solicita a una plataforma que lea por él, que piense por él, que escriba por él y posteriormente entrega como propio aquello que ni siquiera comprende, evidentemente existe un problema educativo.
PISA 2025 muestra, por ejemplo, que en Chile un 51% de los estudiantes utiliza IA al menos semanalmente para aprender y que alrededor de un tercio los emplea para resumir textos o redactar trabajos. La pregunta, por tanto, no puede ser si los estudiantes están utilizando IA. Ya lo están haciendo. La pregunta debería ser qué estamos haciendo nosotros como sistema educativo frente a esa realidad.
En este punto la UNESCO ha planteado una cuestión que en Chile todavía parece no comprenderse completamente. Su Marco de Competencias para Docentes en IA sostiene que esta tecnología está modificando la antigua relación entre profesor y estudiante, dando paso a una nueva dinámica “docente-IA-estudiante”, lo cual exige precisamente repensar el papel del profesor y fortalecer su capacidad de acción frente a la IA.
No se trata entonces de reemplazar al profesor por una IA, ni menos de convertir al estudiante en un simple consumidor de respuestas automáticas. Se trata exactamente de lo contrario. Un profesor puede utilizar la IA para entregar una respuesta, pero también puede ocuparla para cuestionarla; puede pedirle que construya un contraargumento, que entregue una fuente contradictoria, que detecte debilidades en una hipótesis o que obligue al estudiante a defender intelectualmente aquello que acaba de afirmar. Si la IA puede ahorrarnos el esfuerzo de pensar, también puede ser utilizada para exigirnos pensar más. La diferencia sigue estando en la pedagogía.
Entonces surge un problema bastante más complejo: ¿qué significa realmente pensar?
La neurociencia conoce cada vez mejor el funcionamiento del cerebro, sus redes neuronales y numerosos procesos asociados a la memoria, el lenguaje o la toma de decisiones, pero todavía estamos lejos de explicar completamente cómo aquellos procesos físicos producen pensamiento, significado y conciencia. Si todavía no comprendemos enteramente cómo pensamos los seres humanos, quizás debiésemos tener algo más de prudencia cuando afirmamos categóricamente qué puede o no puede llegar a constituir pensamiento en una IA.
Esta no es una defensa irrestricta de la IA. Por el contrario, mientras más poderosas sean estas tecnologías, mayor debiera ser nuestra exigencia hacia ellas y hacia quienes las desarrollan. Pero también hacia nosotros mismos.
Quizás el verdadero problema que dejaron en evidencia los resultados PISA no sea que la Inteligencia Artificial terminó con nuestra capacidad de pensar, sino algo bastante más incómodo: que nunca logramos desarrollar masiva y plenamente aquel pensamiento crítico griego cuya desaparición hoy lamentamos.