Durante los últimos años hemos visto una creciente proliferación de posiciones políticas que tienden a relativizar el cambio climático o el hecho de que este fenómeno esté causado por la actividad humana. Estas concepciones ya están instaladas en lugares como Estados Unidos y Argentina, y últimamente se asoman con fuerza en Chile.
Negacionismo climático y la relativización de la ciencia: Un riesgo para nuestro futuro
Aunque la ciencia debe seguir investigando patrones y dinámicas específicas, hoy existen certezas con un nivel de evidencia tan aplastante que ponerlas en duda resulta contrario a la lógica más elemental.
Lejos de ser una discusión abstracta, esta tendencia alcanzó su máxima gravedad institucional durante la reciente entrevista a la ministra del Medio Ambiente, Francisca Toledo, quien al ser consultada sobre la responsabilidad humana en la crisis climática afirmó que "hay divergencia en el énfasis de la responsabilidad".
Que la máxima autoridad ambiental del país siembre dudas respecto de las causas del cambio climático y recurra a la idea de que existen desacuerdos de fondo al respecto, le quita el piso político y la urgencia a la acción a un fenómeno alarmante, que ya está afectando severamente a nuestras regiones y golpeando de forma cuantificada a las personas más vulnerables.
Esta clase de discursos suelen justificarse invocando la existencia de una supuesta controversia y visibilizando posiciones marginales como si el debate científico no estuviera resuelto. Esta premisa no solo es falsa, sino que demuestra una profunda incomprensión de cómo funciona la ciencia.
En este sentido, la ciencia no sólo opera como un foro de opiniones o puntos de vista donde todas las perspectivas tienen el mismo peso. En el ámbito científico, lo que existen son hipótesis que se ponen a prueba mediante la recolección de evidencia empírica. Los científicos contrastan sus resultados y a través del intercambio constante de información recolectada en diferentes contextos, van convergiendo hacia lo que se conoce como consenso científico.
Este consenso no es el fruto de una deliberación o un acuerdo político, sino de la repetición de experimentaciones y análisis, revisadas constantemente por otros pares científcos en base a estudios reiterados, que decantan en conclusiones cada vez más comprobadas y estimaciones cada vez más precisas. La incertidumbre, aquí, no se trata de creer o no creer, sino del grado en que la evidencia existente respalda efectivamente los argumentos, y un buen científico siempre la transparenta.
El ámbito climático, en tanto, es el ejemplo más riguroso de este proceso. En efecto, el Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) se creó en 1988, precisamente con la idea de aunar el conocimiento global y generar una plataforma única de información confiable que pudiese orientar la toma de decisiones y a la ciudadanía.
Su existencia ha sido clave además, para desactivar la construcción de evidencia falsa. Un caso histórico de esto fue el rol de grandes petroleras multinacionales, como Exxon, que durante décadas financiaron campañas de desinformación e informes científicos paralelos diseñados explícitamente para sembrar dudas artificiales y frenar el avance de las políticas ambientales.
Frente a ello, el IPCC funciona gracias al trabajo de cientos de expertos seleccionados minuciosamente para representar distintas disciplinas, naciones y contextos y que durante años, revisan, evalúan y sintetizan el masivo cuerpo de evidencia científica publicada, resumen los hallazgos y someten los informes a la evaluación de miles de otros investigadores y tomadores de decisión antes de que sus resultados se hagan públicos. Cada conclusión es pesada con total transparencia según el grado de certidumbre existente, de manera que sea claro donde ya existe consenso y evidencia segura, y donde al contrario permanecen lagunas o incertezas.
Asimismo, en Chile existen instituciones como el Centro de la Ciencia del Clima y la Resiliencia CR2, que estudia el cambio climático y genera evidencia científica e interdisciplinaria del más alto nivel para poder informar a la poblaciön y tomadores de decisión sobre este fenómeno y sus implicancias.
Por lo tanto, aunque la ciencia debe seguir investigando patrones y dinámicas específicas, hoy existen certezas con un nivel de evidencia tan aplastante que ponerlas en duda resulta contrario a la lógica más elemental. Al respecto, el consenso altamente mayoritario de la evidencia científica nos entrega al menos cinco afirmaciones clave que sustentan la necesidad de accionar de manera urgente:
- Primero, señala que el cambio climático es real y ya se manifiesta de manera creciente a nivel global
- Segundo, que está producido predominantemente por la actividad humana, en particular por los gases de efecto invernadero
- Tercero, que habitamos un panorama ambiental del cual no se ha visto parangón en el planeta durante varios millones de años
- Cuarto, que sus consecuencias ya causan daños evidentes en los ecosistemas y poblaciones más vulnerables del globo
- Quinto, que aunque estamos a tiempo de adaptarnos y mitigar el riesgo, la ventana de oportunidad se reduce aceleradamente.
Algo muy relevante para esta discusión, es que Chile reconoció el peso de esta evidencia dentro de su propia legislación aprobada mediante mecanismos democráticos, como la Ley Marco de Cambio Climático. Sin embargo, en la actualidad muchos de instrumentos y planes se encuentran retenidos en Contraloría, debido a revisiones que el Ejecutivo ha planteado.
Si bien es indispensable que todo acto administrativo sea acorde a la ley, es esencial que las decisiones y revisiones se realicen en función de la mejor evidencia disponible. Criticar o relativizar el conocimiento climático —como lamentablemente se está haciendo con cada vez más frecuencia— es una irresponsabilidad política mayor ante una amenaza que sabemos que afectará profundamente a nuestro futuro y a la población que en mayor riesgo se encuentra.