Rodrigo Ubilla, ahora refugiado en Libertad y Desarrollo, retoma en una entrevista reciente la cuestión de la inmigración irregular y repite el inmoral, pero eficaz, mantra de las expulsiones masivas de personas extranjeras. Con sus declaraciones, demuestra una vez más que no existe ni ha existido nunca una derecha democrática con identidad propia, sino una misma derecha con mil caras oportunistas. La “gran derecha”, incluyendo a los conversos de un supuesto “centro”, llega ahora al gobierno dominada por la extrema derecha, que es la única que tiene discurso propio.
Ubilla felicita a José Antonio Kast por la construcción de zanjas en la frontera norte del país, porque “responde al sentido de urgencia y es una señal política positiva” añadiendo que “es fundamental que se empiece a expulsar”. Transformar el sufrimiento de miles de personas en una “señal política positiva” es inmoral.
Para Ubilla, paladín del piñerismo, poco importa que en Chile el ochenta por ciento de la inmigración sea regular, o que la irregularidad no sea un delito y se deba, sobre todo, a la permanencia más allá de los plazos (visa vencida u overstaying). O que los estudios y estadísticas disponibles indiquen que, ni en Chile ni en ningún país del mundo, la irregularidad implica una tasa de delitos sistemáticamente más alta que la de los nacionales.
Poco importa, porque los datos de la realidad no alteran los prejuicios estabilizados ni las políticas excluyentes. El discurso de las extremas derechas es refractario a la realidad empírica: no la necesitan. Poco importa que lo “irregular” deba abordarse como un problema administrativo —a lo más, policial— y no militar. Poco importa que las expulsiones masivas y las zanjas en las fronteras, además de inútiles, sean la antesala de la militarización y paramilitarización del país entero.
Años de intoxicación mediática y ceguera frente a los datos de la realidad han configurado un imaginario colectivo xenófobo. Años de pequeños reyezuelos políticos repitiendo mentiras hasta el hartazgo han dado sus frutos. La falsa cadena de equivalencias —“inmigración” igual a “delincuencia”, igual a “narcotráfico”, igual a “estado de excepción”, igual a "zanjas"— se ha incrustado en el sentido común. Y ese es el triunfo de los mercaderes matinales y vespertinos del miedo, y de la tóxica fábricas de bots de la ultraderecha, donde se vomita la xenofobia de cada día.
Hay zanjas físicas y zanjas mentales. Zanjas en la tierra y en el alma. Las derechas hegemónicas, con el consentimiento e incluso el apoyo de no pocos “progresistas”, parecen disfrutar de ambas. Una zanja física es una excavación larga y estrecha en la tierra. Puede tener un uso noble en la construcción o en la agricultura. La acequia, su versión virtuosa, pertenece al mundo de las obras civilizatorias.
La zanja se vuelve innoble cuando se usa para dividir o esconder: separar poblaciones, obstaculizar los flujos humanos o enterrar cadáveres. Entonces se hace brutal y se convierte en fosa común, como las de la dictadura cívico-militar de Pinochet, referente de Kast y sus partidarios. Las zanjas también se degradan cuando se transforman en trincheras.
Así como existen zanjas físicas, existen zanjas mentales. Las zanjas mentales preceden a las zanjas físicas: las justifican, las hacen posibles. Para diseñar una zanja que separe y margine, antes hay que tener divisiones en la mente: jerarquías, exclusiones y fronteras. Es preciso pensar la vida desde la desigualdad, distinguir entre “ellos” y “nosotros”, entre nativos y extranjeros, entre buenos y malos. El fascismo es, esencialmente, la ideología de las zanjas.
Una zanja en la frontera es siempre una inmoralidad —sea en México, en Perú o en Bolivia—, sea o no eficiente, sea o no factible. Nunca una zanja fronteriza es necesaria: siempre expresa el fracaso de la convivencia. Las sociedades democráticas, éticas y seguras de sí mismas no necesitan zanjas. Por eso indigna que el debate público acerca de las zanjas se reduzca a su factibilidad técnica, plazos, costos o al incumplimiento de promesas de campaña, evitando la ineludible crítica moral.
La aceptación social de las zanjas, activa o pasiva, nace del miedo. Las sociedades a las que se les inocula el miedo —sociedades rebaño— renuncian a sus libertades, compasiones y solidaridades, y acaban convertidas en sociedades jauría que participan en las cacerías del amo.
La zanja de Kast probablemente no se construya por completo, como no se construyó el muro de Donald Trump. Pero eso no es lo relevante. Lo relevante para ellos es haber creado el evento mediático, haber alimentado a los buitres de los medios y las redes, haber ampliado el campo de lo decible, haber seguido criminalizando poblaciones.
Algo habrá que hacer para borrar las zanjas, mentales y físicas. No basta esperar que la historia, la entropía y el viento del desierto las borren, como hacen con todas las obras de la crueldad, el egoísmo y la estupidez. Algo habrá que hacer.