La muerte de Jürgen Habermas no es solo la despedida de uno de los grandes pensadores del siglo XX. Es, sobre todo, la pérdida de una figura incómoda para nuestro presente: alguien que insistió, hasta el final de su vida, en que la democracia no se sostiene por la fuerza, ni por el carisma, ni por la mera eficacia del poder, sino por la posibilidad —siempre frágil— del entendimiento racional entre sujetos que se reconocen como interlocutores válidos.
La medicina en un mundo sin Habermas
La ausencia de Habermas deja un vacío, pero también una interpelación (...) Que la democracia, la política y el cuidado requieren algo que hoy escasea: la voluntad genuina de entender al otro.
Habermas fue el último gran representante de la llamada segunda generación de la Escuela de Frankfurt, pero también algo más difícil de clasificar: un intelectual público que no renunció a intervenir en los debates de su tiempo. Opinó sobre Europa, sobre guerras, sobre biopolítica, sobre vacunas, sobre el deterioro de la esfera pública, sobre los límites de la tecnocracia. Nunca aceptó del todo el refugio cómodo de la academia. Pensaba, escribía e incomodaba para incidir.
Su aporte más conocido —la teoría de la acción comunicativa— puede parecer hoy una formulación casi ingenua. En un mundo atravesado por la polarización, la desinformación y la política del espectáculo, la idea de que los conflictos sociales pueden tramitarse mediante el diálogo racional suena, para algunos, a un resto ilustrado fuera de época. Sin embargo, quizás nunca había sido tan urgente volver a ella.
Para Habermas, la racionalidad no se agota en el cálculo de medios y fines. Existe también una racionalidad comunicativa, orientada no al éxito individual, sino al entendimiento. En ella, los sujetos no buscan manipular al otro ni imponer su posición, sino coordinar sus acciones a partir de acuerdos que puedan ser defendidos públicamente. La acción comunicativa ocurre cuando los planes de acción se armonizan no mediante la fuerza, el chantaje o la seducción estratégica, sino mediante razones que pueden ser aceptadas o criticadas por quienes participan de la interacción.
Basta observar el escenario político global actual para constatar hasta qué punto nos movemos en la dirección opuesta. La comunicación pública ha sido reemplazada, en gran medida, por propaganda emocional. El lenguaje se utiliza para movilizar afectos, para exacerbar miedos, para dividir, para obtener adhesiones rápidas, no para construir sentido compartido. El adversario deja de ser un interlocutor y pasa a ser un enemigo; quien piensa distinto no equivoca, sino amenaza. En este contexto, hablar de entendimiento parece un gesto débil. Pero es precisamente ahí donde Habermas se vuelve más incómodo, y más necesario.
La crisis no es solo política. Es también una crisis del lenguaje y de la confianza. Y uno de los ámbitos donde esta crisis se manifiesta con mayor crudeza es el de la salud.
Durante décadas hemos consolidado sistemas sanitarios altamente tecnificados, capaces de producir conocimiento, guías clínicas, protocolos y estadísticas con notable precisión. Sin embargo, esa sofisticación técnica no siempre se traduce en mejores experiencias de cuidado. La relación entre profesionales de la salud y pacientes suele estar marcada por asimetrías profundas de saber, poder y lenguaje. En no pocos casos, la comunicación se reduce a la extracción de información necesaria para cumplir una función técnica, dejando de lado la experiencia subjetiva de la enfermedad.
Habermas denominó “mundo de la vida” a ese espacio donde se enraízan los significados cotidianos, las vivencias, los miedos, el cuerpo que sufre, la historia personal. Es el lugar donde hablante y oyente se encuentran y se reconocen mutuamente, donde pueden cuestionar, confirmar y negociar las pretensiones de validez de lo que se dice. Cuando el mundo de la vida es colonizado por sistemas —ya sea el mercado, la burocracia o la tecnocracia—, la comunicación se empobrece y se vuelve instrumental.
En salud, esto tiene consecuencias concretas. Un paciente puede recibir un diagnóstico correcto y un tratamiento adecuado desde el punto de vista técnico, y aun así sentirse invisibilizado, no escuchado, reducido a un caso o a un número. La comunicación médico–paciente no puede limitarse a ser un medio para obtener datos clínicos, debe ser también un espacio genuino de comprensión, donde la persona enferma pueda participar activamente en las decisiones que afectan su cuerpo y su vida.
Desde una perspectiva habermasiana, una atención de calidad exige una acción comunicativa de alto estándar. Esto implica que el profesional no se oriente exclusivamente al logro de resultados —epidemiológicos, administrativos o terapéuticos—, sino que asuma la responsabilidad ética de construir entendimiento. La confianza, tantas veces mencionada como una habilidad blanda o casi decorativa, es en realidad una condición fundamental del cuidado. Sin ella, no hay adherencia, no hay prevención efectiva, no hay salud pública sostenible.
Esto se vuelve especialmente visible en temas como la vacunación, la educación en salud o el manejo de enfermedades crónicas. Allí donde la palabra se utiliza solo para convencer o imponer, el rechazo y la desconfianza crecen. Allí donde se habilita el diálogo, donde el mundo de la vida del paciente es reconocido, se abren posibilidades de corresponsabilidad y cuidado mutuo.
Habermas sostuvo que el entendimiento es un acuerdo racionalmente motivado, siempre susceptible de crítica. No se trata de consenso forzado ni de armonía ficticia, sino de un proceso exigente, que requiere tiempo, escucha y disposición a dejarse interpelar. Quizás por eso resulta tan difícil de sostener en sociedades aceleradas, cansadas y descreídas.
La ausencia de Habermas deja un vacío, pero también una interpelación. Sabemos, gracias a él, que otra forma de relacionarnos es posible. Que la palabra puede ser algo más que un instrumento de poder. Que la democracia, la política y el cuidado requieren algo que hoy escasea: la voluntad genuina de entender al otro.
El problema, tal vez, no es que Habermas ya no esté. El problema es preguntarnos si estamos dispuestos a no perder aquello que él defendió hasta el final.