viernes 19 de junio de 2026

La IA no nos deshumanizó: Llegó tarde

Tal vez la pregunta decisiva no sea si la inteligencia artificial nos deshumanizará, sino por qué nos encontró tan disponibles para ser deshumanizados.

19 de junio de 2026 - 16:45

El Papa León XIV tiene razón al preocuparse por la inteligencia artificial. En Magnifica Humanitas, advierte que vivimos “en la era de la inteligencia artificial, en la que la dignidad humana corre el riesgo de verse eclipsada por nuevas formas de deshumanización”. La frase es potente, necesaria y, en cierto sentido, profundamente verdadera. Pero también permite formular una pregunta incómoda: ¿son realmente nuevas esas formas de deshumanización?

Antes de que los algoritmos aprendieran a predecir, el neoliberalismo ya había aprendido a convertir la vida humana en rendimiento, deuda, competencia, ansiedad y soledad. La IA no llegó a un mundo plenamente humano para destruirlo desde cero. Llegó a una sociedad que ya había reducido al trabajador a capital humano, al estudiante a cliente, al ciudadano a consumidor y al tiempo libre a productividad pendiente. Por eso, quizá la tesis más incómoda sea esta: la inteligencia artificial no nos deshumanizó; llegó tarde.

Conviene, entonces, tomar en serio la advertencia papal, pero sin aceptar pasivamente su marco de lectura. Si la IA amenaza con desplazar a la persona humana, esa amenaza no nace únicamente de la tecnología. Nace también de una cultura que durante décadas nos entrenó para medir la vida con criterios de eficiencia y rentabilidad. Mucho antes del algoritmo, ya existía una pedagogía social de la competencia: rendir más, producir más y venderse mejor. La IA puede profundizar ese proceso, pero no lo inventó. El algoritmo no creó al sujeto agotado, endeudado, ansioso, solo y obligado a estar siempre disponible. Lo encontró listo para ser manipulado.

El segundo problema es que la inteligencia artificial suele presentarse como si fuera una fuerza autónoma, casi natural, cuando en realidad tiene propietarios, intereses, modelos de negocio y arquitecturas de poder. No existe una IA pura flotando sobre la historia. Existen corporaciones que acumulan datos, plataformas que monetizan la atención, Estados que buscan vigilancia, empresas que prometen eficiencia y sistemas educativos que intentan adaptarse tarde a una transformación que ya ocurrió. Por eso, hablar de una IA “humana” sin hablar de concentración económica, desigualdad tecnológica y control democrático puede terminar siendo una forma elegante de ingenuidad.

León XIV tiene razón al advertir sobre la deshumanización, pero la pregunta decisiva es quién diseña esa deshumanización, quién la financia, quién la vende y quién queda sometido a sus consecuencias. Una IA puesta al servicio de un mundo injusto no se vuelve justa por invocar valores humanos.

Ahora bien, sería injusto desechar por completo la preocupación de León XIV. Hay un punto en que su advertencia resulta especialmente valiosa: la persona humana no puede ser reducida a un simple dato. Esa crítica merece ser tomada en serio, incluso desde una mirada laica y social.

La inteligencia artificial puede procesar información, producir textos, reconocer patrones y simular conversaciones, pero todavía no vive una existencia atravesada por memoria, vínculos y responsabilidad moral. En ese sentido, el Papa toca una fibra profunda: si confundimos inteligencia con eficiencia, terminaremos confundiendo humanidad con utilidad. Y ese peligro no pertenece solo al futuro tecnológico. Ya estaba presente en una sociedad que valora a las personas según su capacidad de competir y consumir.

En educación, este debate se vuelve todavía más urgente. Si algo revela la IA es que durante demasiado tiempo confundimos aprender con repetir información, evaluar con controlar y enseñar con transmitir contenidos como si el conocimiento fuera una mercancía más. Por eso, la respuesta no puede ser ni el entusiasmo ingenuo ni la prohibición moralista.

La IA debe entrar al aula como problema cultural, ético y pedagógico, no como simple atajo para producir tareas más rápido. El desafío no es que un estudiante use una herramienta inteligente; el verdadero riesgo es que deje de pensar cuando la usa. Pero también sería hipócrita exigir pensamiento crítico a estudiantes formados en sistemas que muchas veces premian la obediencia, la memorización y el rendimiento por sobre la comprensión. Si queremos una IA más humana, primero necesitamos una educación menos domesticada por la lógica del mercado.

Y aquí aparece una incomodidad mayor. Si la Iglesia puede escribir una encíclica para advertir sobre la deshumanización algorítmica, ¿dónde está, con la misma solemnidad doctrinal, la encíclica contra la deshumanización bélica de nuestro tiempo? Es cierto: León XIV y la Santa Sede han realizado llamados al alto el fuego, a la ayuda humanitaria y al respeto del derecho internacional.

Pero Gaza obliga a formular una pregunta más dura. ¿Puede la Iglesia denunciar con tanta fuerza el peligro de las máquinas inteligentes y, al mismo tiempo, no elevar con igual centralidad una condena universal contra la maquinaria militar israelí que convierte niños, hospitales y barrios enteros en escombros?

La IA puede decidir sin compasión, pero la guerra ya lo hace todos los días. Y una humanidad que teme ser reemplazada por máquinas debería horrorizarse, primero, ante su propia capacidad de destruir vidas humanas con precisión técnica y justificación ideológica.

Por eso, la discusión ética sobre la IA no puede quedarse en una apelación general a la dignidad. Necesita traducirse en poder público, regulación democrática y justicia social. ¿Quién responde cuando un algoritmo discrimine, excluya, o precarice? ¿Quién protegerá los datos de millones de personas convertidas en materia prima de nuevos negocios tecnológicos? ¿Quién pondrá límites al uso militar, policial, o educativo de sistemas que toman decisiones sin verdadera rendición de cuentas?

El llamado humanista de León XIV es atendible, pero puede quedar corto si no enfrenta el corazón material del problema: la IA no solo amenaza valores; también reorganiza trabajo, riqueza, autoridad y conocimiento. Sin derechos laborales, transparencia algorítmica, protección de datos y control democrático, la ética corre el riesgo de transformarse en una decoración amable sobre una maquinaria profundamente desigual.

Por todo esto, la encíclica de León XIV merece ser leída, pero también discutida desde las fracturas concretas de nuestro tiempo. Su advertencia es valiosa porque recuerda que ninguna sociedad debería entregar sin resistencia su conciencia a sistemas técnicos diseñados para optimizar respuestas.

Pero el problema no comienza en la máquina. Comienza en una cultura que ya había aprendido a vivir cansada, endeudada, vigilada y obligada a demostrar valor en cada gesto. La IA puede profundizar esa herida, sin duda. Puede hacerla más rápida, más invisible y más rentable. Pero sería demasiado cómodo culpar solo al algoritmo. Tal vez la pregunta decisiva no sea si la inteligencia artificial nos deshumanizará, sino por qué nos encontró tan disponibles para ser deshumanizados.

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Carabineros / Agencia Uno

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