lunes 18 de mayo de 2026
Recursos naturales

Inteligencia Artificial: La aliada sostenible o un nuevo desafío ecológico

La Inteligencia Artificial promete acelerar la sostenibilidad global, pero su propio consumo energético podría convertirla en un obstáculo ecológico.

18 de mayo de 2026 - 21:00

El avance de la inteligencia artificial (IA) en los últimos años la ha posicionado como un catalizador fundamental para la sostenibilidad global, actuando como una herramienta capaz de procesar millones de datos ambientales en tiempo real. Esto implica un amplio abanico de mejoras en ámbitos como la eficiencia energética y la reducción en el consumo de agua.

Inteligencia artificial como aliada del medio ambiente

Y es que a través del análisis de imágenes satelitales y patrones climáticos, la IA puede pronosticar desastres naturales, prever sequías y monitorear la deforestación o el impacto del cambio climático en tiempo real.

También permite optimizar el consumo de energía en edificios e integrar de manera eficiente las fuentes de energía renovable a la red, reduciendo la dependencia de combustibles fósiles.

Mediante el procesamiento de datos en tiempo real, como la humedad del suelo y el clima, los algoritmos ayudan a reducir el consumo de agua, fertilizantes y pesticidas.

Respecto a la conservación de la biodiversidad, se implementa para rastrear especies en peligro de extinción, detectar comportamientos de caza furtiva y supervisar los océanos en búsqueda de contaminación plástica.

Todas esas aplicaciones resultan muy llamativas, no obstante, la situación es paradójica: su alta demanda de energía y consumo de agua para operar representa un desafío ecológico que debe gestionarse urgentemente.

La huella ecológica de la IA

El mayor reto ambiental de la inteligencia artificial radica en su gigantesco consumo de energía y agua, impulsado por la expansión de los centros de datos. Acciones como la creación de imágenes, sumado al uso diario y el entrenamiento de modelos imponen una presión sin precedentes sobre los recursos naturales y la red eléctrica mundial.

Los servidores que procesan la IA generan un calor inmenso. Sus microprocesadores (GPU) pueden alcanzar temperaturas extremas internas de 85 a más de 100 grados Celsius a plena carga. Si no se refrigeraran activamente, se derretirían o apagarían en segundos.

Para evitar fallos, los centros de datos requieren sistemas de enfriamiento que consumen millones de litros de agua dulce.

Las estimaciones señalan que realizar consultas continuas puede consumir cantidades significativas de agua. Por ejemplo, generar una imagen o redactar correos electrónicos con modelos avanzados equivale aproximadamente al gasto de una botella de agua pequeña por cada interacción.

Las grandes empresas tecnológicas han instalado servidores en regiones que ya sufren sequías o estrés hídrico. Un caso cercano y de gran debate público en Chile es el centro de datos de Google en Quilicura, donde las altas extracciones de agua subterránea han generado preocupación ciudadana por su impacto en el entorno local.

El procesamiento, entrenamiento y ejecución de los Modelos de Lenguaje (LLM) requiere una potencia de cálculo masiva. Se proyecta que el consumo eléctrico de los centros de datos de IA alcance cifras récord, lo que en muchos casos termina dependiendo de fuentes de combustibles fósiles.

Las grandes tecnológicas han reportado aumentos sustanciales en sus emisiones de gases de efecto invernadero globales durante los últimos años debido a la demanda de estas infraestructuras.

Además, el recambio y actualización del hardware necesario para mantenerse a la vanguardia algorítmica genera una cantidad masiva de residuos electrónicos que contaminan el medio ambiente y son difíciles de reciclar.

Cuidar los recursos

Las dos realidades que emergen tras el uso de la inteligencia artificial instalan un dilema que debe solucionarse rápidamente. Ejemplo de aquello es que en la costa de Shanghai, en China, se instaló un centro de datos bajo el agua para lograr el enfriamiento de forma natural.

Se trata del Lingang Subsea Data Center, que no consume agua dulce ni necesita de aire acondicionado para su funcionamiento: su energía proviene de una torre de energía eólica que yace sobre la superficie marina.

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