La agenda internacional de Kast ha sido presentada como una demostración de liderazgo y capacidad para posicionar a Chile en el escenario global. Fotografías con cancilleres, reuniones protocolares y discursos sobre inversiones buscan instalar la imagen de un mandatario activo y respetado internacionalmente.
La puesta en escena funciona. El problema es que detrás del decorado diplomático comienza a sentirse el olor a control de daños.
Porque mientras La Moneda intenta vendernos un estadista en movimiento, sobre Kast crece una sombra bastante menos elegante: el escándalo que se abre en Hungría tras la caída de Viktor Orbán, el líder ultraconservador que durante años fue uno de los principales referentes políticos del actual presidente chileno.
Y conviene recordar algo que hoy muchos parecen querer esconder debajo de la alfombra: Kast no fue un observador distante del modelo húngaro, lo admiró públicamente, viajó a Hungría, compartió actividades con el entorno de Orbán y jamás ocultó su fascinación por el llamado “modelo húngaro”. Mientras Europa denunciaba deterioro democrático, concentración de poder y denuncias de corrupción, Kast veía liderazgo y defensa de los valores occidentales.
Hoy ese relato comienza a derrumbarse.
Tras la salida de Orbán del poder, las nuevas autoridades húngaras iniciaron investigaciones sobre el eventual desvío de recursos públicos hacia organizaciones políticas internacionales ligadas a sectores ultraconservadores. Entre ellas aparece Political Network for Values (PNfV), entidad que Kast presidió entre 2022 y 2024.
La investigación habla de transferencias por cerca de 1,3 millones de dólares destinadas a fortalecer estructuras ideológicas internacionales vinculadas a la órbita política de Orbán. Y aunque todavía no existen acusaciones judiciales directas contra Kast, políticamente el escenario ya resulta incómodo. Porque confirma algo evidente: el presidente chileno no solo simpatizaba con esa red internacional, quería formar parte de ella.
Eso explica muchas cosas. Explica su obsesión por importar guerras culturales extranjeras, su fascinación por líderes autoritarios disfrazados de republicanos y su permanente necesidad de alinearse con sectores que hablan de libertad mientras concentran poder y debilitan instituciones. Pero lo más revelador no es solamente la investigación, lo verdaderamente revelador es la reacción desesperada del gobierno.
De pronto Kast aparece convertido en un canciller itinerante: reuniones con Perú y Argentina, encuentros con presidentes, declaraciones sobre liderazgo regional y una intensa actividad diplomática cuidadosamente difundida. Todo demasiado oportuno.
Cuesta creer que esta repentina hiperactividad internacional responda únicamente a una brillante estrategia de política exterior. Lo que parece mucho más evidente es otra cosa: Kast necesita construir respaldo político y cambiar el foco antes de que el escándalo húngaro golpee de lleno a La Moneda. Y ahí aparece el verdadero problema del gobierno: la ausencia total de liderazgo real.
Porque un líder sólido enfrenta las crisis de frente. Da explicaciones. Responde preguntas incómodas. No intenta reemplazar titulares con fotografías protocolares ni esconder la basura bajo la alfombra diplomática. Pero Kast nunca ha demostrado demasiada capacidad para conducir en momentos difíciles. Su liderazgo siempre descansó más en slogans, caricaturas ideológicas y marketing político que en capacidad real de gobernar. Y eso hoy comienza a pasarle la cuenta.
El presidente que prometía orden aparece atrapado por sus propias relaciones internacionales. El hombre que hablaba de probidad ahora debe explicar vínculos con redes investigadas por financiamiento irregular. Y quien acusaba a otros de responder a agendas globales terminó políticamente rodeado por una trama internacional de ultraderecha bajo sospecha.
Quizás por eso esta gira internacional tiene un aire extraño. Un tono de ansiedad. Como si más que representar a Chile, Kast estuviera intentando salvarse a sí mismo. Porque cuando el poder comienza a tambalear, los gobiernos sin liderazgo suelen recurrir al viejo truco de esconder la basura bajo la alfombra esperando que nadie note el olor.
El problema es que el olor ya comenzó a sentirse demasiado fuerte.