domingo 31 de mayo de 2026

El poder cambió de dueño

Chile lleva años tratando esas decisiones como trámites ambientales sueltos. Discutimos litros por segundo y permisos comuna por comuna, sin nombrar lo que hay debajo: una política tecnológica que nunca escribimos.

31 de mayo de 2026 - 16:45

León XIV escribe que la innovación cambió de dueño. Antes la empujaban los Estados. Hoy, dice la encíclica, “los principales motores del desarrollo son actores privados, a menudo transnacionales, dotados de recursos y capacidad de acción superiores a los de muchos gobiernos”. El poder tecnológico tiene ahora, en sus palabras, “un rostro inédito, predominantemente privado”.

La frase la firma una institución que mide el tiempo en siglos y que eligió la fecha con cuidado. El documento lleva fecha del 15 de mayo, 135 años exactos desde la Rerum Novarum de León XIII, la encíclica que en 1891 miró de frente la explotación obrera de la revolución industrial. La pregunta de fondo es la misma: quién tiene el poder y qué hace con él.

Acá esa pregunta tiene una respuesta incómoda. Chile no gobierna la capa decisiva de esto. Los modelos se entrenan afuera. Los chips, el capital y la decisión sobre qué se investiga, también. Lo que Chile aporta, por ahora, es la parte física: suelo, electricidad, agua.

Chile ya tiene 33 centros de datos operando y otros 34 en desarrollo. Quilicura concentra una de las mayores densidades de la región. En Cerrillos, un proyecto de Google fue cuestionado porque contemplaba extraer 169 litros de agua por segundo del acuífero de Santiago. La empresa volvió después con un diseño refrigerado por aire. El freno lo pusieron vecinos organizados. El Estado actuó como tramitador ambiental, cuando lo que estaba en juego era una decisión de país.

León XIV recurre a la torre de Babel para describir el riesgo: “una sola lengua, una sola tecnología, una sola dirección ”. Chile está dentro de esa torre. Pone los materiales para una obra que diseñan otros.

La respuesta habitual frente a esto es tranquilizadora. Hay que regular, se dice. Hay que capacitar, adoptar bien la herramienta. El problema es que regular supone que aquello que uno regula está al alcance de su ley. Un banco opera en Chile bajo reglas chilenas. Un modelo de inteligencia artificial se entrena y se gobierna en otra jurisdicción, y lo que llega acá es el producto terminado. La ley chilena alcanza el uso de esa tecnología y se detiene ahí. Ese es el límite real, y la conversación cómoda es la que no lo nombra.

La encíclica no se queda en la torre. León XIV pone al lado una segunda imagen, la reconstrucción de los muros de Jerusalén en el libro de Nehemías: una ciudad que se levanta porque cada familia se hace cargo de un tramo de la muralla. También describe la actitud más común frente al cambio de época. La mayoría, escribe, “observa desde lejos y simplemente aguarda a que todo salga bien”. Es una descripción exacta de Chile.

No vamos a construir los modelos. Esa pelea está perdida y no tiene sentido fingir lo contrario. Pero sí decidimos los términos en que esta tecnología entra al país. Cuánta agua, cuánta energía, qué datos, qué uso en la escuela y en los servicios públicos. Eso sí es nuestro. Son decisiones, y alguien las está tomando.

Chile lleva años tratando esas decisiones como trámites ambientales sueltos. Discutimos litros por segundo y permisos comuna por comuna, sin nombrar lo que hay debajo: una política tecnológica que nunca escribimos. La encíclica, desde un lugar inesperado, la nombra por nosotros. Conviene leerla. El que no decide los términos termina poniendo el agua.

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Presidente José Antonio Kast. Créditos: Agencia Uno. 

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