Junio de 2026 quedará registrado como un mes extremadamente seco en Santiago, lo que profundiza drásticamente nuestro déficit de lluvias. Así lo registraron las estaciones de la capital que evidenciaron la escasez de precipitaciones para el periodo: el pluviómetro del aeropuerto de Pudahuel sumó apenas 1,8 milímetros (concentrados en un solo evento de dos días), lo que representa apenas el 2% de lo que debiera llover durante todo el mes en un año normal.
Las cifras son aún más alarmantes en el centro y oriente de la ciudad, con 0,6 milímetros registrados en Quinta Normal y 0,1 milímetros en Tobalaba, montos que no representan ni siquiera un 1% de la lluvia esperada para el primer mes del invierno. En total, la estación Quinta Normal ha consolidado un déficit de precipitación del 84,5%.
Esto no es una anomalía aislada. Es la confirmación de algo que llevamos años advirtiendo y que ya no podemos seguir tratando como una preocupación futura: la Región Metropolitana enfrenta una crisis hídrica estructural que amenaza el bienestar de más de ocho millones de personas.
Hace unas semanas la Junta de Vigilancia del Río Maipo y Aguas Andinas dieron un paso que merece toda la atención de las autoridades nacionales: solicitaron formalmente a la Dirección General de Aguas que declare zona de escasez hídrica en la primera sección del río Maipo por un año completo. La solicitud no es alarmismo, es la respuesta técnica y responsable a una realidad que los datos hacen imposible ignorar.
El glaciar Echaurren, fuente vital para el agua potable de Santiago, ha perdido el 65% de su superficie. A este preocupante panorama se suma que, a junio pasado, el Embalse El Yeso, la principal reserva hídrica de la región, registra un volumen de 142,74 mil millones de litros de agua, lo que significa que se encuentra al 64, 8% de su capacidad total. Esto es el reflejo de una situación crítica a mayor escala: el World Resources Institute sitúa a Chile en el puesto 16 entre los países con mayor riesgo de sequía a nivel mundial; y la disponibilidad hídrica de nuestra región alcanza apenas 525 metros cúbicos por persona al año, muy por debajo del promedio nacional.
El cambio climático no es una amenaza lejana. Ya está aquí, afectando la cuenca del Maipo, reduciendo las nieves cordilleranas que alimentan nuestros ríos y acortando los períodos de recarga de acuíferos. La sequía que comenzó en 2010 no ha cedido y, con ella, el déficit hídrico se ha instalado como una constante que supera el 30% en años normales.
Desde el Gobierno Regional llevamos años impulsando medidas concretas: la gobernanza de la cuenca del Maipo a través del Fondo de Agua Santiago- Maipo y el Organismo de Cuenca; estrategias hídricas locales para las 52 comunas de la región; el acuerdo de producción limpia "Unidos por el Agua"; la conservación de la parte alta de la cuenca con el Parque Tupungato; el programa Maipo Resiliente; y la próxima Expo Agua Santiago 2026.
Todo esto está plasmado en la Estrategia Regional de Desarrollo 2035, que identificó la crisis hídrica —con riesgo próximo de restricciones para el consumo humano— como una de las causas estructurales más urgentes que enfrenta la región. No lo escribimos para el archivo: lo escribimos para actuar.
Pero la magnitud del desafío exige mucho más que coordinación regional. Requiere decisión nacional y una visión de largo plazo sobre la infraestructura hídrica del país.
En este sentido, resulta oportuno el llamado que formuló Carlos Cruz en el Diario Financiero el pasado 8 de junio: la infraestructura hídrica puede ser un motor de crecimiento. Pensemos en embalses, recarga de acuíferos, reutilización de aguas tratadas, tecnificación del riego, existen ya instrumentos conocidos, disponibles, viables, el problema no es la falta de diagnóstico sino la falta de decisión y de velocidad. Para una región como la nuestra, donde el 53,9% del caudal superficial del Maipo ya se destina al consumo humano, estas inversiones no son una opción de desarrollo: son una necesidad de supervivencia.
La declaración de escasez hídrica que piden la Junta de Vigilancia del Maipo y Aguas Andinas es una herramienta de gestión, no una señal de catástrofe inminente. Permite fortalecer la coordinación, agilizar decisiones y preparar respuestas operativas frente a períodos críticos, es exactamente el tipo de mecanismo que una región con ocho millones de habitantes debe tener activado. Pido al Gobierno central que la evalúe y resuelva con la urgencia que el momento exige.
Pero también apelo a la ciudadanía y al sector privado. El agua que sale por el grifo no es gratuita ni infinita, viene de glaciares que se derriten, de un río que cada vez trae menos caudal, de un sistema que funciona al límite. Por eso, ahorrar agua hoy es un acto de responsabilidad cívica y solidaridad con los vecinos de nuestra región, especialmente con quienes viven en comunas rurales donde la sequía ya ha devastado suelos y medios de vida.
Y para las empresas, no se trata de señalar qué industria consume más que otra: todas, sin excepción, requieren agua para operar. La escasez hídrica es un riesgo para los negocios, para el empleo y para la economía regional y, por tanto, el sector privado tiene tanto que perder como que ganar en esta batalla, de manera que su compromiso con el uso eficiente del agua no es solo una responsabilidad ambiental, sino una decisión estratégica.
No podemos hacer llover. Lo que sí podemos hacer es tomar decisiones a tiempo, con inteligencia y con la convicción de que el agua es el recurso más estratégico que tiene esta región para hoy y el futuro.