Nos incomoda pensar y hablar de la vejez y, cuando lo hacemos, inundan ideas limitantes, desesperanzadoras e invisibilizantes. La asociamos a dependencia, fragilidad y muerte, cualidades que rechazamos, pero que son inherentes a la vida.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), en su Informe Mundial sobre el Edadismo, una de cada dos personas en el mundo ejerce actitudes discriminatorias hacia las personas mayores. Esto permite inferir que la discriminación en base a la edad, o también denominada "edadismo", es un fenómeno generalizado. A su vez, cuando esta discriminación se dirige específicamente contra la vejez y las personas mayores hablamos de “viejismo”, dinámicas que organizan el valor que se le otorga a las personas según su edad.
Pero ¿por qué se desarrollan estas prácticas discriminatorias? Quizás porque la vejez actúa como un reflejo de una parte de la vida que no queremos aceptar y con la que, por lo mismo, nos vinculamos de manera tensa y evitativa.
Los resultados preliminares de la 8.ª Encuesta de Inclusión y Exclusión Social (SENAMA, 2025) evidencian que un 58,7% de las personas entrevistadas piensa que, en su mayoría, las personas mayores no pueden valerse por sí mismas. Por otra parte, un 37,2% de las personas encuestadas señala que su entorno evita hablar sobre el envejecimiento y la vejez, y un 21,3% manifiesta opiniones negativas en torno a este proceso y etapa vital.
A pesar de la percepción social que existe de la vejez, esta no necesariamente refleja la realidad.
La Encuesta Nacional de Discapacidad y Dependencia (ENDIDE) del año 2022 indica que, el 77,8% de las personas mayores son autovalentes, lo cual se contrapone a la creencia que las considera prevalentemente dependientes. Y, aunque se vincule a la población mayor con pasividad e inactividad, según la VI Encuesta Nacional de Calidad de Vida en la Vejez del año 2022, un 48% se reúne con amistades y familiares regularmente y un 40% refiere participar en alguna organización.
Estos datos no pretenden demostrar que envejecer no implique cambios. Sin embargo, estas condiciones no nos hacen perder nuestro valor y tampoco atraviesan a la mayoría de las personas mayores; es decir, no se puede reducir la vejez a estas experiencias.
Entonces, ¿por qué limitamos a la población mayor a estas características?
Encerrar a las personas mayores en estas características, permite que, simbólicamente, estas cualidades no se introduzcan en el resto de la sociedad. Se las endosamos exclusivamente a esta población como una forma de pensar que, a nosotros, quienes aún no somos mayores, estas condiciones no nos alcanzarán.
Es importante también relevar que el rechazo a estas cualidades se origina por el ideal de ser humano que como sociedad hemos construido, el que enaltece la independencia y la productividad.
Durante la vejez, comienza el término de un espacio social clave durante la vida: el laboral. La salida o modificación sustantiva del trabajo—en un sistema que ha organizado la vida en torno a lo laboral— implica atravesar una transformación ante la cual no se nos prepara, sobre todo considerando que gran parte de la vida se ha organizado alrededor de instituciones que regulan el día a día: el sistema educativo desde la primera infancia y, posteriormente, el laboral.
Todas estas instituciones han planificado rutinas, establecido objetivos y automatizado lo cotidiano, instalando que el "hacer" debe tener una finalidad productiva o instrumental. ¿Pero qué ocurre cuando dejamos de estar sujetos a estos fines? La costumbre de tener un fin preestablecido nos ha impedido mirarnos como fines en sí mismos. Y quizás por lo mismo la vejez nos plantea una pregunta incómoda ¿Quiénes somos cuando producir deja de organizar nuestro valor social?
También podemos afirmar que el cuerpo va cambiando con el pasar de los años y, en la vejez, de manera diferente según cada persona, esto podría implicar la disminución de algunas capacidades funcionales.
Estos cambios corporales se acompañan del rechazo a la muerte que existe en las sociedades occidentales, que han concebido y experimentado la muerte como un destino inevitable e indeseado, que se constituye en un peligro para la existencia al evidenciar la finitud del ser humano.
El temor, incomodidad o lejanía con la muerte podría potenciar el malestar respecto a la vejez, al ser esta una etapa más próxima al fin de la vida. Aquí la población mayor actuaría como espejo de algo que no se quiere observar: nuestro cuerpo envejece, esto está fuera de nuestro control, y la muerte es un puerto de llegada que tenemos asegurado.
A su vez, la vinculación exclusiva de la vejez a fragilidad y dependencia también alimenta una creencia que no se encuentra fundada, pues no somos dependientes solo ni necesariamente en la vejez, sino en distintos momentos de nuestra vida.
Desde que nacemos requerimos que nos cuiden; también cada vez que enfermamos; cuando trabajamos necesitamos que cuiden a nuestros hijos; y, si queremos tomar decisiones sobre nuestra salud, necesitamos personal que nos informe y respete nuestras elecciones, entre otros ejemplos.
Por tanto, aunque actualmente se exalte la autonomía e independencia como cualidades anheladas, es importante precisar que estas características son posibles en la medida que existe un contexto que lo permite. La interdependencia, entonces, no constituye un fracaso de la autonomía, más bien sería una condición de la existencia humana.
Finalmente, cabe recordar que envejecer es una de las pocas certezas que compartimos como seres humanos; y que combatir el edadismo o el viejismo exige algo más que cambiar la imagen que tenemos de las personas mayores: requiere cuestionar lo que valoramos y de lo que rehuimos como sociedad.
Si seguimos condicionando la dignidad a la independencia, la juventud y la productividad, no construiremos una sociedad para todas las edades, sino una sociedad en la que todos, tarde o temprano, terminaremos sobrando.