martes 14 de abril de 2026

Cuando hablamos de libertad

Cuando bregamos porque las necesidades de seguridad social, económicas y públicas se entiendan como urgentes y asequibles -de modo que cualquiera estaría dispuesto a cubrirlas para su vecino-, estamos asegurando no solo bienestar, sino también libertad.

14 de abril de 2026 - 16:45

Tanto en Chile como en otros países las derechas intentan hacerse con las banderas de la libertad. Vale la pena entonces, para las fuerzas progresistas, preguntarnos sobre el significado de ella, sus orígenes y consecuencias.

Las narrativas del capitalismo siempre han insistido que la igualdad es enemiga de la libertad. Que donde hay una, no puede haber la otra. Pero, ¿es este juego de suma cero verdad?

Sólo cuando dicho concepto de libertad llegó en los barcos a Europa es que terminó dividido en dos: la libertad, por un lado, y la igualdad, por el otro. Así, una de las dicotomías centrales que ha caracterizado a la política occidental moderna, se debe en parte a la limitación europea de la época de no poder imaginarse una vida en la que uno podía ser libre e igual al mismo tiempo.

Siguiendo las ideas centrales de dichos autores, reflexionaré brevemente sobre dichos conceptos, la escisión entre ambos, y su relación con la política y las izquierdas.

Sobre la Libertad

Los nativos norteamericanos y las sociedades europeas tenían concepciones antagónicas de la libertad: para los primeros, ésta se fundamentaba en la cooperación, ya que así se garantizaba a todos una base material para su ejercicio efectivo; para los segundos, la libertad se vinculaba a la competencia y a la protección de la propiedad privada.

Políticamente los pueblos nativos se basaban en el consenso entre iguales, los líderes podían ser destituidos según acuerdo y su autoridad residía en la capacidad de persuasión. A su vez, la libertad individual era un valor protegido y ejercido aún cuando divergía de la posición del líder. Los autores citan las notas de un sacerdote jesuita: “ellos son gente libre, cada uno de ellos se considera tan importante como los demás…”.

Al contrario, en Europa el concepto de “individuo” casi no existía -menos aún el de autonomía individual-, y políticamente se organizaban entorno a jerarquías hereditarias, legitimidad divina, vasallaje, y la coerción física (no el consenso ni la persuasión) como norma general.

Europa le debía su concepto de libertad a la antigua Roma, la cual -como señalan los autores- no apelaba al ideal de la autodeterminación individual, sino que al de la autosuficiencia de los hogares. Esto otorgaba a la propiedad privada un lugar central, pues era el espacio donde dicho ideal se realizaba. Para protegerla, el pater familias ejercía dominio absoluto sobre su propiedad, incluídos otros seres humanos (esclavos y su prole). Es decir, la libertad se entendía como un derecho que se ejercía a costa de otros.

Sobre la Igualdad y el “Comunismo de Base”

Los autores señalan que el concepto europeo de “igualdad ante la ley” deriva del principio de la igualdad ante el soberano, esto es, frente a una subyugación común: todos eran iguales, en tanto eran todos vasallos del Rey.

En cambio, para los nativos americanos la igualdad aludía al principio de que todos tuviesen las mismas posibilidades de ser libres. De ahí su preocupación por la ayuda mutua y a que la igualdad no existiera en oposición a la libertad, sino como una forma de garantizarla.

Los autores introducen aquí el concepto de "comunismo de base", el principio según el cual: si “las necesidades de una persona son imperiosas, y al mismo tiempo no muy costosas de cubrir, entonces cualquier persona aceptaría brindarlas”. Este principio existe en toda sociedad, lo que varía es su extensión. La frase "un vaso de agua no se le niega a nadie" lo ilustra con precisión.

Para sociedades como las de los Wendat, la comida y refugio eran necesidades imposibles de negar al prójimo, pues constituían una base para el ejercicio de la libertad. En la Europa del siglo XVII, en cambio, el “comunismo de base” era muy restringido y no contemplaba ninguna de estas necesidades.

La escisión entre libertad e igualdad

La escisión entre libertad e igualdad terminó por definir gran parte de la política moderna, pero para ello no bastaba con que ambos conceptos fuesen independientes: debían además ser opuestos.

Aquí fue clave A.R.J. Turgot, quien se apoyó en una teoría de la evolución social hoy desacreditada por la evidencia arqueológica. A contracorriente de los intelectuales ilustrados que admiraban las ideas de los nativos americanos, sostuvo que la igualdad de los "salvajes" era un signo de inferioridad, pues solo era posible en una sociedad donde todos eran "igualmente pobres"; y que, por ende, la desigualdad era condición para la prosperidad, mientras que la igualdad solo podría existir bajo un Estado totalitario.

Sus ideas alcanzaron gran influencia y fueron profundizadas por autores como Adam Smith y Adam Ferguson, consolidando un razonamiento basado en falacias de correlación: i) Las sociedades europeas representan un estadio más avanzado de evolución y la desigualdad es uno de sus rasgos distintivos; por tanto, el desarrollo económico requiere desigualdad; ii) La propiedad privada es un rasgo distintivo de las sociedades europeas y condición para el ejercicio de la libertad; por tanto, las sociedades igualitarias -sin propiedad privada- son enemigas de la libertad.

Las izquierdas y la libertad

Esta visión simplista de la historia humana marcó la política occidental y condicionó nuestro entendimiento de cómo la libertad y la igualdad se relacionan. Inclusive, durante gran parte del siglo XX, el mundo se dividió entre quienes decían defender la libertad y la prosperidad, y quienes decían defender la igualdad: el mundo capitalista versus el socialista.

Con la caída del bloque socialista, la energía igualitarista de las izquierdas tendió a moderarse hacia la búsqueda de justicia social, aunque siguió articulándose desde el eje de la igualdad. Los derechos sociales son un ejemplo. El argumento central es que son deseables porque aumentan los grados de ésta.

No obstante, las izquierdas haríamos bien en afirmar tales políticas desde el eje de la libertad, tanto para disputar el marco interpretativo inaugurado por Turgot hace tres siglos, como para reivindicar una política que extiende el "comunismo de base" como forma de garantizar a las personas las bases materiales para el ejercicio efectivo de sus libertades.

Cuando bregamos porque las necesidades de seguridad social, económicas y públicas se entiendan como urgentes y asequibles -de modo que cualquiera estaría dispuesto a cubrirlas para su vecino-, estamos asegurando no solo bienestar, sino también libertad. Y al contrario, cuando una condicionante social, de género o territorial nos impide ejercer en la práctica una libertad, esa desigualdad se convierte en un obstáculo para ella. Un ejemplo clásico es la desigualdad racial, que durante décadas y en numerosos países fue enemiga de la libertad individual y política. Son, por ende, las desigualdades las verdaderas enemigas de la libertad.

En efecto, ¿qué libertades puede una persona gozar si producto de una enfermedad debe endeudarse o vender la casa? ¿las “libertades educacionales” de una familia trabajadora de Cholchol, son las mismas que las de una familia de Vitacura? ¿cuánta libertad puede una mujer gozar si sufre de acoso en la vía pública? ¿y cuánta una familia de Puente Alto cuyos padres pierden más de tres horas diarias en locomoción para ir y volver del trabajo?

Por ello es que una estrategia política que apunta a extender los grados de “comunismo de base” en nuestra sociedad, no busca sino querer garantizar que los miembros de ésta vivan más libremente. Acá también, entonces, igualdad y libertad son lo mismo.

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Marc Bloch / Educahistoria.com

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