lunes 04 de mayo de 2026

Cómo matar una crónica

Hace algunos meses, el actor Timothée Chalamet recibió un cargamontón de críticas por señalar que no quería trabajar en ballet “solo para mantener viva esa forma de arte”. Y añadió: “a nadie le importa esto hoy en día”. Como lector, tardé mucho en entender que a la crónica le pasa lo mismo. No le importa ni a los medios, ni a los lectores, ni a sus cultores que, como evidencia este concurso, parecen dispuestos a mantenerla viva con un rigor similar al de un universitario encandilado por un taller literario que realiza por Zoom.

4 de mayo de 2026 - 18:45

La crónica agoniza. Basta revisar los finalistas de la edición chilena de Nuevas Plumas, organizado por la Universidad Andrés Bello junto al proyecto educativo del cronista Juan Pablo Meneses, Universidad Portátil. La crónica, ese género híbrido entre periodismo y literatura, en Latinoamérica llamado a ser el refugio de los hijos del Boom, hoy parece capturado por una maquinaria que, ante su orfandad, le impone referentes que apenas balbucean.

Sigo este concurso desde 2011, cuando Eliezer Budasoff —antes de El Hilo— irrumpió con un perfil formidable sobre Nahuel Maciel, el periodista que inventaba entrevistas a Vargas Llosa o García Márquez. Luego, en 2014, leí en Revista Anfibia un texto desolador de Cristian Velasco sobre su paso por Lurigancho, el penal más grande de Perú. Brillantes ambos.

Hoy el concurso se ha diversificado. Una de sus apuestas tiene que ver con su descentralización y con eso la aparición de sus ediciones por países. En Chile existe incluso una edición de un libro compilatorio de las crónicas ganadoras. No obstante, para ahorrarse las 14 lucas, es posible darles una mirada a varios de esos textos que, una vez emitido el veredicto, son publicados gradualmente en revistas digitales.

Un perfil es un documental escrito. Un café no basta, sostiene Leila Guerriero. Algo similar le escuche decir al propio Meneses cuando asistía como oyente a una de sus cátedras en la U. de Chile.

La fórmula que proponía el autor de Una granada para River Plate para componer una crónica era un acrónimo idéntico al del tetrahidrocannabinol: THC. Para él, una crónica lo era en la medida en que cumplía con tres elementos: Tema, Historia y Conflicto. La ausencia de cualquiera de ellos dejaba al texto en la jurisdicción del ensayo, el cuento o la anécdota de cantina.

Casi la mitad de los textos finalistas de la última edición del Nuevas Plumas en Chile son justamente eso: relatos simplones, sin estructura ni ambición literaria, que hoy —a la luz de las nuevas tecnologías— podrían caber en un storytime de tres minutos de TikTok.

El texto “Periodista, paseadore de perros y conserje ” es el mejor ejemplo de aquello. Su autora, Maritza Peña, propone un diario redactado en las notas de su teléfono, donde registra las peripecias de ser periodista hoy y de enfrentarse a trabajos que erosionan el espíritu creativo del profesional humanista.

Con una verborrea autocompasiva, Peña repasa sus días lejos del confort que le otorgaría el periodismo, presentando una serie de personajes sueltos y situaciones en las que, deliberadamente, decide no profundizar, dejando apenas guiño al desempleo, la poesía, las diversidades sexuales, tal como lo contaría en una transmisión en vivo, apalancando sus highlights en ese lenguaje tan cool y tan moderno que alcanza su punto más álgido en un rotundo “me pierdo sin falta”. O con “Le doy un trago a mi café ácido y pienso: ¿de qué podría escribir?”.

Por suerte, el resto evitó exhibir su backstage creativo. Pero los vicios persisten. Como creer que una entrevista, en un día lluvioso y en un paisaje “sacado de un cuento de hadas”, basta para hacernos olvidar que estamos frente a un cliché hiperbólico de proporciones insultantes. “La gramática mapuche forjada en la dictadura ” es eso, un texto rebalsado de lugares comunes sobre la dictadura en Chile al nivel de un estudiante de cine sin presupuesto para su ópera prima, y en el que Paula Huenchumil, su autora, intenta seguir el rastro de dos exiliados y cultores del mapudungun, en torno a una entrevista letárgica con la lingüista Ineke Smeets.

“Ineke se emociona por primera vez, pero se contiene”. Contener la ambición estética es la principal carencia de los textos que revisé para esta columna. Salvo algunos, como “Un tesoro en el zanjón ”, de Amanda Marton, donde —aunque cueste dilucidar un conflicto que sostenga el texto bajo los cánones de Meneses— hay un cuidado estructural y del lenguaje que es justo reconocer. O “La comunidad del sendero solitario ”, en el que Julio Olivares propone una mirada distinta del llamado Templo de Satán, pero que se desinfla cuando el reportero decide —cita textual— dejarlos “seguir con su velada” una vez terminada la ceremonia.

Hace algunos meses, el actor Timothée Chalamet recibió un cargamontón de críticas por señalar que no quería trabajar en ballet “solo para mantener viva esa forma de arte”. Y añadió: “a nadie le importa esto hoy en día”. Como lector, tardé mucho en entender que a la crónica le pasa lo mismo. No le importa ni a los medios, ni a los lectores, ni a sus cultores que, como evidencia este concurso, parecen dispuestos a mantenerla viva con un rigor similar al de un universitario encandilado por un taller literario que realiza por Zoom.

Por estos días, Meneses dedica parte de su tiempo a la promoción de su último libro Postfútbol. Vi una de sus cuñas al respecto hace algunos días, donde afirmaba que Arturo Vidal fue el primer futbolista de ese fenómeno que da nombre a su libro. Meneses entiende el juego, y sabe que un cronista de la posmodernidad debe, imperativamente, ser también una máquina de factos, clips y, por supuesto, ventas.

Quizás allí se sostiene su influencia alrededor de la crónica. En los 2000, Meneses compró una vaca y siguió su vida hasta convertirla en un trozo de carne. Una década después, hizo algo similar con un futbolista brasileño. En 2018, llevó la metáfora aún más lejos al comprar un dios y fundar una religión portátil. Y hoy con la perspicacia de un evangelista, ha convertido su universidad en un templo. Difícil así decirle a sus fieles que no son tan buenos. Porque, si lo hiciera, el negocio se vendría abajo y la iglesia quebraría.

Alguna vez me reuní con él para una entrevista de trabajo que recuerdo con claridad. El puesto no tenía nada que ver con escribir. Se trataba más bien de armar una base de datos de potenciales estudiantes para lo que luego sería la Universidad Portátil. “Las revistas no son un buen negocio”, me dijo Meneses. “¿Sabes lo que le pasó a Etiqueta Negra, no?”.

Años después, en la última premiación de Nuevas Plumas, su discurso parece confirmar que encontró otra fórmula. Meneses, convertido hoy en una suerte de Luksic de la crónica, lo entendió: el negocio ya no está en los grandes textos ni en las revistas de culto, sino en un nicho que la sostenga. Aunque sea a ciegas. Aunque sea mala.

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