Convivir con el pasado
En las estatuas hay que saber ver también el pedestal: quién las puso y para qué. Fijarse sólo en su figura es entender la mitad de las cosas –o de otro modo: encubrir una parte sustantiva de la historia. De la misma manera que el paso del tiempo deteriora los edificios de las ciudades, incluso los mejores y más representativos de una época (piensen en Roma, por ejemplo), y se acepta como inevitable, aunque a veces se busquen remedios que no borren la memoria (piensen en los museos dando forma a la historia), debe también aceptarse, como cosa humana, el deterioro de la historia, o mejor, de las formas que en el tiempo ha ido tomando la historia. Justo es, pues, que cambien los nombres de las calles y se sustituyan las estatuas: es la justicia del tiempo.