Cuando la democracia duele
No somos un país –salvo a la fuerza y con tanques– que tome el camino de las transformaciones radicales. No está en el ADN de nuestra cultura política y más de 200 años de historia no nos bastan para, definitivamente, asumirlo de una vez por todas. Llegado el momento límite, el de la decisión trascendental, retrocedemos y volvemos a esa zona que siempre nos ha dado confort: aquella donde "nos deciden" y jamás decidimos por nosotros mismos.