«Estamos atrapados. Estoy diciendo que estamos en una situación sin salida bajo los estándares, las lógicas, la filosofía, la política y la cosmología que nos dominan» «Estamos atrapados. Estoy diciendo que estamos en una situación sin salida bajo los estándares, las lógicas, la filosofía, la política y la cosmología que nos dominan»
— ¿Y esa salida puede venir de las élites políticas o intelectuales?
Eso no va a salir de las élites políticas, ni intelectuales, ni académicas. Creo que vamos a sufrir un colapso. Es inevitable. El colapso es también la forma de destapar y empezar a elaborar e inventar formas nuevas de convivencia, entre nosotros y con los sistemas naturales que nos proveen los servicios y la posibilidad de habitar estos territorios.
Va a haber que recordar o reinventar formas de convivencia. Las que tuvimos en el pasado pueden servirnos como señales: las sociedades más austeras y equitativas de los cazadores-recolectores, o las sociedades agrícolas de baja complejidad. Pero hay que tener cuidado: eso ocurrió en un mundo mucho más diverso, rico en materiales, energía y vida, con niveles poblacionales mucho más bajos. No sirven como copia exacta. Pueden darnos señales, pero solo para reconvertirlas en una lógica nueva.
Energía como arquitectura social
— ¿Hacia dónde vamos en términos de organización social cuando el modelo energético actual ya no sea sostenible?
Vamos hacia un mundo de lógicas más locales. La globalidad solo es posible con un flujo de energía monstruoso como el del petróleo, y ese stock se está agotando. Además genera un flujo de entropía —CO, calor— hacia la atmósfera, degradación de acuíferos, pérdida de especies y funciones ecosistémicas, erosión del suelo, acidificación del océano. Lo que tenemos ahora son actores tratando de quedarse con lo poco que va quedando. Y lo que viene es un mundo más local, más reducido en términos de intercambio de materiales, armado en bloques regionales.
Esto no es nuevo. Timothy Mitchell, historiador de Columbia, argumenta en Carbon Democracy que la democracia misma es producto del carbón: los mineros, ferroviarios y trabajadores portuarios del siglo XIX podían cortar el flujo energético, y ese poder fue construyendo las primeras democracias de masas. El petróleo lo fue disolviendo todo. Hoy ese flujo lo manejan diez o quince personas en barcos tanque, controlados por cuatro o cinco empresas. No hay forma de cortarlo. No hay control ciudadano posible. Y menos aún desde los países del sur global, que somos completamente dependientes de esa energía sin tener acceso real a ella.
«La democracia misma es producto del carbón. El petróleo lo fue disolviendo todo, década a década» «La democracia misma es producto del carbón. El petróleo lo fue disolviendo todo, década a década»
— ¿Y la energía renovable cambia esa ecuación de poder?
Ahí hay todo un problema. Para construir paneles solares, turbinas eólicas o hidroeléctricas se necesitan materiales. Para extraer esos materiales se necesita minería. Y sin combustibles fósiles, esa minería no es posible. Queda entonces el problema de quién controla esos flujos: ¿empresas, gobiernos, o hay un control público? En las sociedades de cazadores-recolectores había un esfuerzo colectivo y comunitario para transformar los materiales de la naturaleza y repartirlos. Cuando empezamos a tener agricultura, a acumular, a tener propiedad privada y herencia, empezaron a generarse sociedades mucho más desiguales, expansivas y agresivas. La pregunta es por dónde vamos ahora: ¿hacia formas de gestión de los bienes comunes, o hacia sociedades donde quien controla el flujo de energía tiene el poder de generar cierto orden regional? Eso es autocracia.
La ceguera energética
— Las élites políticas, de izquierda y de derecha, parecen hablar siempre de crecimiento ilimitado. ¿Cómo ves esa mirada?
Es exactamente lo mismo: una ceguera energética. Es la incapacidad de pensar el mundo que habitamos en términos relacionales y materiales. La izquierda dice «crecer para repartir y sacar gente de la pobreza a través de políticas públicas». Lo han dicho todos los ministros de Economía de la Concertación y del Frente Amplio, en Chile y en toda América del Sur. Del otro lado, la derecha propone darle libertad a los que acumulan para que eso chorree hacia abajo. Las dos son geofísicamente inviables. Apuntan a un futuro que está muerto, que ya no existe.
«La izquierda y la derecha apuntan a un futuro que está muerto. Las dos son geofísicamente inviables» «La izquierda y la derecha apuntan a un futuro que está muerto. Las dos son geofísicamente inviables»
— Hablar de decrecimiento, por ejemplo, sigue siendo una polémica enorme en el debate político…
Hablar de decrecimiento bajo esta cosmología genera esa reacción porque no hay otra forma de entender el mundo desde dentro de ella. Cuando se plantea, la discusión ocurre dentro de los mismos parámetros, la misma metafísica, la misma ontología y epistemología del mundo en que vivimos. Por eso choca. El problema no es cómo bajamos el PIB. Es cómo transformamos la forma de habitar y de relacionarnos entre nosotros y con otras entidades.
— No es solo consumir menos, sino otra forma de organización…
Exacto, atraviesa todo. Hay toda una discusión hoy sobre la caída en la fertilidad y la propuesta de incentivar que las familias tengan más hijos para sostener el sistema de pensiones. Eso es no entender el mundo que vivimos. Si haces eso, la población va a seguir creciendo. Lo que hay que aceptar es que vamos a tener, durante varias generaciones, una población envejecida y una proporción más baja de jóvenes, y es inevitable. Hay que diseñar formas de canalizar la renta y los impuestos para sostener esa realidad. Y además, la expectativa de vida ya está empezando a declinar en algunos países. En Estados Unidos está bajando, y eso probablemente va a ir pasando. Porque es inviable sostener décadas de vida suplementadas con la industria farmacéutica para mantener enfermedades crónicas. El mundo que viene es un mundo de cada vez menos: menos personas, menos cosas, menos producción de contaminantes, de basura, de desechos, de entropía.
El espejismo de las soluciones
— ¿Qué hay del discurso de los grandes oligarcas tecnológicos: colonización de Marte, Neuralink, la tecnología como salida de la policrisis?
Es una quimera tecnológica. Es creer que nuestras capacidades intelectuales y cognitivas están por encima de los límites biofísicos del planeta, que todo es solucionable con invención e innovación. Cuando los flujos de energía disminuyen, esa innovación también cae. Una solución tecnológica para capturar CO y enterrarlo implica un gasto de energía y una producción de entropía en otra parte del planeta. Y habitar otro planeta es directamente imposible. Somos indisociables de la Tierra: vamos a morir, vivir y, eventualmente, extinguirnos aquí.
— ¿Y el «crecimiento verde»: la transición energética, las empresas B, la sostenibilidad como solución?
Es una forma de evitar la discusión de fondo. Es como dar una limosna y sentirse satisfecho el resto del año. Una limpieza de conciencia para un capitalismo que sigue siendo expansivo. Si hay transformación de energía, da lo mismo si es verde o no: vas a generar entropía en algún lado. Es una forma bastante pobre intelectualmente, y bastante deshonesta, de eludir la discusión real sobre los límites planetarios y biofísicos. Cada vez que hablamos de crecimiento verde, volvemos a evitar esa discusión.
«El crecimiento verde es una limpieza de conciencia. Da lo mismo si la energía es verde o no: vas a generar entropía en algún lado» «El crecimiento verde es una limpieza de conciencia. Da lo mismo si la energía es verde o no: vas a generar entropía en algún lado»
Academia y sabiduría colectiva
— Eres parte de una de las principales universidades del país. ¿Cómo se ve esta discusión dentro de la academia?
Hay dos cosas que me parecen problemáticas. Una es la falta de humildad de mi gremio, a la que yo mismo a veces sucumbo: la idea de que la ciencia es lo más importante para mejorar la calidad de vida de las personas. Tengo serias dudas al respecto. Es importante, y hay científicos que hacen aportes increíbles al conocimiento, pero lo que necesitamos es sabiduría colectiva y pública.
La filósofa belga Isabelle Stengers tiene un término para ese tipo de inteligencia pública. Dice que se necesitan personas capaces de ser, en el público, algo así como críticos gastronómicos: no son chefs, no pueden entrar a una cocina y hacer platos nuevos, pero sí son capaces de probar y decirle al experto «esto está bien, a esto le falta». Eso es lo que se necesita. Y la academia no está en esa parada: todavía piensa que la divulgación consiste en «bajarle» información al público.
Alfred North Whitehead, matemático y filósofo inglés, decía en la década de 1920 que la misión de las universidades es crear el futuro, y crearlo de forma civilizada: mirar lo que viene, adelantarse y construir formas de convivencia en un mundo nuevo. Las universidades no están en eso. Están creando nuevas carreras tecnológicas sin asumir que, probablemente, cada año que pase, los títulos que están generando van a servir de menos en el mundo que viene.
— ¿Y la lógica del «publica o perece»?
Es una especie de prostitución de la publicación. Hago la analogía con el deporte: la lógica actual ha hecho que lo importante sea demostrar que entraste a la cancha, sin importar si jugaste bien o mal, si generaste algo relevante. Lo que tenía de valioso la evaluación por pares era obligarte a demostrar que podías entrar, pasar la pelota, marcar. Eso se perdió.
América Latina ante el colapso
— ¿Cómo nos paramos desde el sur global ante esta crisis?
Primero hay que reconocer que el balance del flujo de energía histórico tiene su origen en Inglaterra, el norte de Europa y luego Estados Unidos con el petróleo. Nosotros no tenemos eso. En América del Sur, solo Venezuela tiene petróleo de cierta magnitud. Argentina y Chile tienen gotas. Así que hay que dejar de pensar que somos un continente rico que es explotado. Somos un continente energéticamente pobre, ecosistémicamente maravilloso. Y eso implica otra moneda, otros procesos de producción y de organización política y territorial.
«Hay que dejar de pensar que somos un continente rico que es explotado. Somos un continente energéticamente pobre, pero ecosistémicamente maravilloso» «Hay que dejar de pensar que somos un continente rico que es explotado. Somos un continente energéticamente pobre, pero ecosistémicamente maravilloso»
Aquí los ecosistemas deberían estar al frente: el agua, la tierra, los cultivos, las pesquerías, la corriente de Humboldt. Chile le regaló la corriente de Humboldt a tres o cuatro familias durante setenta años. Es una locura. En Uruguay, que es esencialmente un pastizal natural de tres millones de personas sostenidas por once millones de vacas, llevamos cuarenta años perdiendo casi dos millones de hectáreas de pastizal por la plantación de eucalipto para celulosa, y soja para China, con erosión de suelos y contaminación por pesticidas. Lo mismo ocurre con los paltos y frutales en la zona central de Chile.
Sudamerica debería replantear esa lógica y empezar a darles estatus legal a esos bienes comunes, reconocerlos como lo que sostiene nuestra forma de vida. En ese marco, yo ya no veo un solo Chile: veo al menos tres —el norte grande, la zona mediterránea central, el bosque templado del sur— con lógicas climáticas, vegetacionales y energéticas completamente distintas, que requieren formas diferentes de organización. Me parece que por ahí va Latinoamérica:
repensar los territorios desde ese lugar.