Benjamín Escobedo, teólogo, historiador y columnista de El Desconcierto, presentó hace pocos días su más reciente libro, "Breve historia de las iglesias protestantes y evangélicas en Chile: ideas, influencia y legado", publicado por Ediciones Escaparate. La obra se puede entender como parte de una trilogía sobre religión y poder en Chile, que incluye sus trabajos previos como "A 100 años de la separación Iglesia-Estado en Chile 1925-2025" y "David Trumbull y la construcción de tolerancia religiosa".
Hay un hilo conductor en mis últimos trabajos, una especie de trilogía que gira en torno a dos cuestiones: el poder y cómo se refleja en la religión, particularmente en las tradiciones evangélicas protestantes de nuestro país, que cada día tienen más presencia en lo público, ya sea en los medios, en el Congreso o en la discusión sobre temas valóricos.
El libro se titula "Breve historia de las iglesias protestantes y evangélicas de Chile: ideas, influencia y legado, entre el siglo XIX y el presente". Es una panorámica en formato de ensayo —lo cual es casi un pecado mortal cuando se trata de un tema tan denso—, organizada en doce capítulos que reúnen los hitos más importantes: la llegada de los misioneros en el siglo XIX, qué actores permitieron su ingreso al país —masonería, liberales, radicales, empresas privadas— y, finalmente, la disputa legal por la libertad y la tolerancia religiosa, incluida la separación Iglesia-Estado que consagró la Constitución de 1925.
Y estamos muy contentos: la primera edición está agotada, aunque nadie vive de los libros en Chile, pero este ya es mi tercer libro publicado en el país y el quinto o sexto contando el extranjero.
—¿Qué temas quedaron pendientes para una segunda edición?
Uno de los temas que estuve a punto de incluir y que me parece atractivo es el gobierno de José Antonio Kast y cómo el mundo conservador vuelve a emerger, retomando esa alianza entre religión y política que Jürgen Habermas —quien hace poco nos dejó— identificaba como algo que se niega a desaparecer del espacio público. El discurso de Kast me parece repetitivo de otros liderazgos latinoamericanos, y encuentra en el mundo evangélico protestante a buena parte de su público.
De la tolerancia liberal al giro conservador
—En el siglo XIX y comienzos del XX, la iglesia evangélica y protestante estaba asociada al progresismo y al liberalismo. Hoy se vincula a sectores conservadores, representados por ejemplo por el partido Social Cristiano. ¿Cómo explicas esa transformación?
Es una pregunta hermosa y un buen tensor para esta conversación, porque efectivamente hay una metamorfosis radical. Hay evidencia empírica de que el mundo protestante evangélico volcó hacia un conservadurismo que a veces raya en lo dogmático, en una idea fideísta donde todo se asocia a la fe. Como he dicho antes, parece que quieren gobernar con la Biblia.
Ahí hay un error, y hay tres elementos que lo muestran. El primero, es que cuando uno mira los orígenes de las iglesias protestantes en Chile, incluso se encuentran grandes nexos con la masonería, cuyas ideas fundacionales son libertad, igualdad y fraternidad. Eso difiere bastante de lo que vemos hoy: si revisas la discusión pública sobre eutanasia, adopción homo parental, aborto, matrimonio igualitario o legalización de drogas, los primeros en levantar la mano para oponerse son las iglesias evangélicas protestantes, en lugar de decir que esa es una discusión que corresponde al Congreso y no a la Biblia.
Un segundo nexo histórico es el vínculo con los partidos y presidentes liberales. Domingo Santa María, en la discusión de las leyes laicas de la década de 1880, mantuvo correspondencia abierta con David Trumbull, el gran personaje protestante del siglo XIX, bajo la idea de que el Estado debe garantizar derechos y oportunidades sin invadir la vida privada de las personas.
El tercer elemento es la prensa. En esa época se creó una multitud de publicaciones —The Record, La Piedra, La Alianza Cristiana, El Heraldo Evangélico— que discutían ideas abiertamente. Hoy, en cambio, un referente evangélico o un parlamentario de esa tradición no busca tanto discutir ideas como imponer fundamentos bíblicos de acción. El contacto con la masonería, el mundo liberal y la prensa fueron espacios progresistas; hoy esa realidad es distinta.
El debate sobre los "días" religiosos y la neutralidad del Estado
—¿Crees que los sectores evangélicos en la política chilena saben concientemente que están intentando imponer su visión religiosa, o mas bien piensan genuinamente que son dialogantes?
Prefiero partir por el dato duro: los evangélicos y protestantes nunca han superado el 18 o 19 por ciento de la población, según la Encuesta Bicentenario. Pese a eso, buena parte de ese mundo se define como proselitista: busca adeptos que compartan su fe y su moral, y pretende llevar esa moral a lo público, con la esperanza de que se transforme en ley. Ahí está el error.
Hay dos diputadas del Partido Social Cristiano que instalaron en la discusión pública la idea del Día Nacional de la Biblia y el Día Nacional de la Oración. El filósofo Robert Audi plantea tres principios para pensar el rol de la religión en el mundo contemporáneo: el principio igualitario, el de neutralidad y el libertario. El Estado no debe ser garante de ciertas expresiones de fe ni de ciertas convicciones religiosas.
Esto es grave, porque mañana cualquier minoría podría exigir su propio día de reconocimiento. Y creo que el actual Gobierno se ha hecho cargo de esto al hacer constantes guiños al mundo evangélico protestante, que se ha vuelto no solo proselitista, sino también agresivo en la imposición de sus ideas. Si lo piensas en términos teológicos, la pregunta es si quieren evangelizar o colonizar la fe de otro. Jesús dijo: "el que quiera venir en pos de mí, tome su cruz y sígame"; es una invitación, no una imposición. Que eso se transforme en ley me parece gravísimo.
Ese guiño político-religioso del Gobierno es pan para hoy y hambre para mañana. Y creo que el fenómeno responde a una idea dislocada, un fervor excesivo y una espiritualidad poco racionalizada que, como diría Carlos Peña, no es un buen uso de la razón: la experiencia religiosa debería servir a lo privado, no imponerse en lo público.
Una comunidad fragmentada
—¿Es esta una postura mayoritaria dentro del mundo evangélico, o existen sectores disidentes que apuestan por una separación laica del Estado?
Es algo que abordo en el libro: en los doce capítulos entro en las distintas tradiciones religiosas, desde el mundo luterano y anglicano hasta la Iglesia Metodista Pentecostal, la que organiza los tedeum de septiembre.
El grueso responde a un mundo conservador que aplaude estas iniciativas. Pero hay un segmento —parte de la Iglesia Luterana, que también está dividida internamente, y de la Iglesia Anglicana, en su facción más moderna y carismática— que se ha abierto a distinguir entre lo que se puede predicar dentro del templo y lo que corresponde decidir al Estado.
Me parece muy bien esa apertura, porque pretender legislar sobre la sexualidad o los hábitos de las personas es casi una falta de respeto. El Evangelio es una propuesta, no una imposición, aunque gran parte del fenómeno protestante siga siendo, irónicamente, mucho más conservador de lo que fue en sus orígenes liberales.
La mirada desde Argentina
—Estás nominado al premio 100 Líderes Jóvenes de El Mercurio y la Universidad de Los Andes, y tienes vínculos académicos con Argentina. ¿Cómo observas el rol de la iglesia evangélica en ese país?
Estoy muy contento con la nominación, aunque lo que más me interesa es que se conozca mi trabajo. Tengo vínculos con Argentina tanto en la prensa como en el ámbito académico.
En el mundo católico argentino hay una figura mucho más conservadora, que aplaude al presidente Javier Milei, aunque también han existido tensiones con el Papa por su tipo de liberalismo: muy pro mercado en lo económico, pero conservador en lo moral. En el mundo evangélico protestante, en cambio, percibo una apertura mayor que en Chile. Mantienen una base conservadora, propia de una tradición con un texto sagrado, pero iglesias como la metodista —muy fuerte en Argentina— están más volcadas al trabajo social, por ejemplo en la rehabilitación de personas con problemas de alcoholismo, que a discutir en el Congreso.
También creo que la prensa argentina visibiliza mejor la heterogeneidad de voces, incluidas las críticas dentro del propio mundo cristiano. En Chile, en cambio, a veces se instala la idea de que todo el país es conservador, cuando las encuestas muestran una parte significativa de la población a favor del aborto o la eutanasia. Como decía nuestro colega Mirko Macari, el desplome de las instituciones también afecta cómo se construye esa opinión pública.