Redes sociales y salud mental adolescente: ¿Prohibir o rediseñar?
El 10 de diciembre de 2025 Australia trazó una línea roja. Se convirtió en el primer país en prohibir el uso de redes sociales a menores de 16 años. El objetivo: proteger la salud mental y el bienestar de niños, niñas y adolescentes (NNA). Países como España, Francia, o Chile ya anunciaron debates públicos y proyectos de ley en la misma dirección. Con un amplio respaldo ciudadano, la restricción para NNA tiene altas probabilidades de convertirse en una realidad en varios países.
Si bien es bienvenida la preocupació
n en torno a la salud mental de NNA, la prohibición de estas plataformas difícilmente impactara en una mejora significativa del bienestar juvenil. No solo existe el riesgo de generar una falsa sensación de seguridad, de empujar a adolescentes hacia plataformas menos seguras o de incentivar estrategias para eludir la prohibición, sino que el problema parece residir menos en el acceso en sí mismo que en la forma en que estos entornos digitales han sido diseñados.
¿Por qué? Porque los factores que influyen en la salud mental son múltiples, complejos y profundamente interconectados. Veamos algunas razones. En primer lugar, la salud mental es un rompecabezas de múltiples piezas: en ella interactúan desde nuestra carga genética, desarrollo cerebral y vivencias de infancia, hasta nuestro entorno familiar y condiciones socioeconómicas.
En segundo lugar, bajo el mismo concepto agrupamos realidades muy distintas entre sí, que van desde cuadros de ansiedad y depresión hasta condiciones mucho más complejas como los trastornos de personalidad o psicóticos. Pretender que la exposición a las redes sociales es el factor determinante en este vasto ecosistema de protección y riesgo es, cuanto menos, una simplificación.
En tercer lugar, la evidencia científica no respalda una relación directa y causal entre el uso de redes sociales y los problemas de salud mental. Es decir, no se ha logrado demostrar que una cosa cause la otra, ni que exista una conexión sólida y persistente que sea válida para toda la población adolescente.
Revisemos los resultados de un estudio longitudinal de 2019 realizado por investigadores de la Universidad de Cambridge y de Oxford. Los estudios longitudinales son aquellos que siguen a las mismas personas durante años para identificar causas reales y no simples coincidencias. Con una muestra numerosa y representativa de más de 350 mil adolescentes de USA y el Reino Unido, este estudio ofrece una radiografía de lo que ocurre entre los 10 y 18 años.
Los principales hallazgos: se encontró que el uso de tecnologías digitales presentaba una asociación negativa con el bienestar extremadamente pequeña, comparable a la de factores cotidianos y neutrales —como el consumo de papas—, mientras que otros elementos, como el bullying, el consumo de alcohol o marihuana, el sobrepeso percibido o ciertas condiciones de salud, mostraban vínculos mucho más fuertes con la salud mental y el bienestar de los adolescentes.
¿Sugieren estos resultados que nuestras preocupaciones sobre la relación entre el uso de redes sociales y la salud mental de NAA han sido exageradas o carecen de un fundamento sólido? La respuesta es un contundente no. Las inquietudes de madres, padres y cuidadores son comprensibles y legítimas, especialmente frente a los contenidos y dinámicas a los que sus hijas e hijos se exponen a diario a través del teléfono inteligente.
Más que desestimar estas preocupaciones, vale la pena preguntarnos dónde poner el foco para abordarlas de manera más efectiva: especialmente, en los principios de diseño que siguen las plataformas de redes sociales para captar y retener la atención de los jóvenes.
El modelo de negocio de los gigantes tecnológicos se basa en la “economía de la atención”: obtener mayores ganancias en la medida en que pasamos más tiempo en sus aplicaciones. Para ello, se sirven de estrategias como el desplazamiento infinito y de algoritmos que nos sugieren contenidos acordes con nuestras preferencias. Estas aplicaciones han sido diseñadas con la meta principal de maximizar ingresos, y no de asegurar un entorno seguros para NNA.
Si este es el corazón del problema, entonces el foco de la discusión pública debería desplazarse desde la prohibición del acceso hacia la responsabilidad de diseño. Las compañías deberían cumplir con diseños que garanticen la circulación de contenido adecuado para jóvenes. Esto implicaría que los gobiernos deben reglamentar, sancionar y, cuando sea necesario, remover herramientas con consecuencias negativas (desplazamiento infinito o algoritmos sugiriendo contenido inapropiado).
Un ejemplo reciente de ello es el sistema de inteligencia artificial generativa integrado —Grok— en X, cuyo propietario es Elon Musk. Este chatbot permitió la manipulación de imágenes para generar desnudos de personas, incluso de niños. Posteriormente quedó accesible únicamente en su versión de pago, una decisión inaceptable. Este no es un error aislado, sino una consecuencia previsible de plataformas diseñadas sin salvaguardas éticas robustas.
Incluso si las prohibiciones comienzan a aplicarse, tarde o temprano los NNA cumplirán 16 años y accederán a estas plataformas. La pregunta clave, entonces, no es solo si deben usarlas, sino si las plataformas serán ambientes seguros para ellos y si los jóvenes estarán preparados para usarlas apropiadamente.