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La esperanza, que no es espera pasiva sino levantarse y llevar adelante para construir con otros y hacer que la realidad cambie, en su esencia más profunda, alberga una pretensión de universalidad que trasciende épocas y fronteras. Según Joaquín García Roca, esta esperanza «pretende alcanzar a todos e íntegramente: a la naturaleza y a la historia, a los integrados y a los excluidos, a los vencedores y a los vencidos».
La cosmología contemporánea nos presenta, asimismo, un universo cuya existencia misma parece contingente, producto de un delicado equilibrio de constantes físicas cuya variación mínima habría hecho imposible la emergencia de la vida. La vida consciente representa un segundo nivel de azar: entre las innumerables posibilidades evolutivas, solo en nuestro planeta (hasta donde sabemos) ha emergido la reflexividad, la capacidad de preguntarse por el sentido.
Esta conciencia humana se caracteriza por una búsqueda compulsiva de orden y significado. Frente al aparente caos de la existencia, el ser humano teje relatos, construye cosmovisiones, elabora sistemas que doten de coherencia a la experiencia. La ciencia misma, en su origen, es expresión de esta búsqueda: intenta descubrir los patrones subyacentes en la naturaleza, las «leyes» que gobiernan el cosmos.
Sin embargo, en la modernidad tardía se produce una transformación crucial: la ciencia se convierte en tecnociencia, y su objetivo ya no es principalmente comprender el orden natural, sino asignar un orden nuevo. Este proyecto implica una profunda asincronía: los ritmos naturales —evolutivos, ecológicos, biológicos— operan en escalas temporales que la conciencia humana experimenta como demasiado lentas. La tecnociencia busca acelerar, replicar a alta velocidad, o incluso alterar radicalmente estos ritmos.
El ejemplo paradigmático es la transición de la genética como estudio de las leyes de la herencia a la Genética (con mayúscula) como capacidad de reescribir el código de la vida. Lo que era orden natural descubierto se transforma en orden asignado por la conciencia humana. Esta transformación no es meramente técnica; implica una redefinición ontológica de lo natural y una redistribución radical de poder.
Esta tensión entre orden natural y orden asignado tiene profundas raíces en la imaginación humana. Los mitos de rebelión —los hijos de Zeus desafiando a su padre, Prometeo robando el fuego divino, la serpiente tentando a Adán y Eva con el fruto del conocimiento— expresan el anhelo humano de trascender los límites impuestos.
En la modernidad, estos mitos se secularizan: la «muerte de Dios» anunciada por Nietzsche no es solo un diagnóstico teológico, sino la afirmación de que el ser humano debe crear sus propios valores en un universo sin sentido trascendente dado.
Hegel propuso una versión filosófica de este relato: la historia como auto despliegue del Espíritu hacia la libertad absoluta. Pero en estas narrativas de autodeterminación radical surgen preguntas incómodas: ¿Quién define el nuevo orden? ¿Qué garantiza que este orden asignado no reproduzca o intensifique las exclusiones del orden natural (o del orden social anterior)?
Volvamos entonces con García Roca a nuestro punto de partida: «paradójicamente, desde la parcialidad a favor de los desesperanzados podemos rehacer la esperanza». Esta paradoja deja de ser contradicción lógica para convertirse en brújula ética y epistemológica.
En la encrucijada histórica actual —caracterizada por la crisis ecológica, la aceleración tecnológica y la profundización de desigualdades— necesitamos desesperadamente esperanza. Pero no cualquier esperanza: no la esperanza ingenua en el progreso lineal, ni la esperanza tecnocrática en soluciones puramente técnicas, ni la esperanza individualista en el éxito personal.
Necesitamos una esperanza que haya pasado por el crisol de la exclusión; que conozca el rostro concreto del sufrimiento; que sepa que el futuro no está garantizado por ninguna ley histórica o tecnológica, sino que debe construirse colectivamente con paciencia, ascesis y generosidad; que entienda que el destino humano está indisolublemente ligado al destino de la Tierra, nuestro hogar común.
Esta esperanza —universal porque aprende desde los márgenes, crítica porque conoce los peligros del poder, utópica porque no renuncia a la transformación— tal vez sea nuestro recurso más precioso en estos tiempos de incertidumbre. No nos llegará desde los centros de poder, sino que brotará, quizás sorpresivamente, desde los lugares donde la vida resiste y se renueva contra toda esperanza.