La política y la economía viven de las expectativas: su creación y su incumplimiento construyen realidades, mueven mercados y deciden elecciones. De allí surgen las noticias falsas y las llamadas «verdades emotivas». Una vez instalada esa verdad, no hay cifra ni informe que la desplace.
José Antonio Kast creó innumerables expectativas durante la campaña. La primera fue que el país se hallaba en una crisis terminal, al borde del abismo: tanto así que planteó la tesis de un « Gobierno de Emergencia ». Daba lo mismo que los indicadores mostraran una economía contenida, con resultados discretos, pero mejores que el promedio regional, o que la clasificación de riesgo país siguiera en A, A- o A2. El diagnóstico exigía un país devastado y la expectativa, un salvador con la receta para sacarlo del pozo.
El problema es que, una vez asumido el gobierno, todas esas creaciones empiezan a medirse en la balanza de la frustración. A eso se suma la inexperiencia del equipo, que confunde campaña con gobierno y opositor con enemigo, perdiendo de vista el fin de un gobernante en democracia: hacer felices a todos los chilenos. A todos.
Cuando un gobierno comunica —desde un punto de prensa hasta un documento filtrado— genera expectativas. Famosos son los anuncios del Banco Central que, ante una mínima señal, mueven la bolsa. Si se sugiere revisar un beneficio social, funcionarios, proveedores y beneficiarios construyen un mundo de posibilidades: ¿se termina el servicio?, ¿se acaba el negocio?, ¿me quedo sin el beneficio? Y como casi siempre, las expectativas de corto plazo dominan la escena, mientras las de largo plazo quedan fuera de la decisión.
El gobierno no entiende que gobierna; no entiende que lo que dice produce efectos. Para navegar las aguas del crecimiento necesitará experiencia y, sobre todo, sumar al mayor número de actores. Nuestra velocidad depende del más lento, no del que más corre. Los mayores crecimientos de nuestra historia ocurrieron cuando nos unimos, con menos polarización; el crecimiento en dictadura y el de estos últimos años han sido discretos, y seguirán siéndolo si insistimos en gobernar contra la mitad del país.
Gobernar es incluir, sumar y subir al carro a todos —sobre todo a quienes tienen más dificultades— y crear expectativas para estimular, no para asustar. Por eso la política es necesaria: hay decisiones que no se toman con criterios estrictamente técnicos. Podríamos enumerar mil medidas que dispararían el crecimiento, pero cuyo descalabro social sería enorme.
En la empresa pasa algo parecido: muchas decisiones no son las que más convienen al EBITDA inmediato, pero en el largo plazo construyen comunidad y, por tanto, crecimiento. Reajustar por IPC, invertir en clima laboral o pagar a tiempo parecen decisiones técnicas, pero son apuestas por la sostenibilidad del proyecto. Cada comunicación debe procurar reducir la incertidumbre, no inflarla.
La importancia de llamarse José Antonio obliga a no cometer el error de llamarse Jack en la ciudad y Ernesto en el campo para enamorar a una quimera. No se puede amar la PGU y pretender reducirla; no se puede poner la seguridad como prioridad y hacer poco al respecto. Porque, como el personaje de Wilde, José Antonio será descubierto y el desenlace será desastroso. Lo que ocurra con su coalición me preocupa poco; lo que ocurra con Chile me angustia. Hay que crecer, sí, pero en Chile solo podemos crecer si crecemos todos. Esa sí es la expectativa de cada uno de nosotros.