La esperanza, en su esencia más profunda, alberga una pretensión de universalidad que trasciende épocas y fronteras. Según Joaquín García Roca, esta esperanza «pretende alcanzar a todos e íntegramente: a la naturaleza y a la historia, a los integrados y a los excluidos, a los vencedores y a los vencidos».
Esta visión no es meramente utópica, sino que se fundamenta en tres dimensiones paradigmáticas: la teleológica, que confía en la realización histórica según la naturaleza de las cosas; la apocalíptica, que garantiza justicia a los perdedores; y la profética, que se acredita universalmente en la opción por las víctimas.
Surge el contrasentido cuando esta esperanza universal se enfrenta a realidades históricas de exclusión, y cómo, paradójicamente, es desde los márgenes —los empobrecidos y excluidos— donde puede recuperarse su verdadera dimensión inclusiva.
Simultáneamente la búsqueda humana de sentido, manifestada particularmente en la tecnociencia contemporánea, establece una tensión fundamental con los ritmos naturales y la ética, amenazando con alterar los órdenes primigenios mientras busca dominarlos.
La concepción teleológica de la historia presupone un destino final hacia el cual se dirige la humanidad y la naturaleza. Esta visión, presente en diversas tradiciones filosóficas y religiosas, entiende que existe una racionalidad intrínseca en el desarrollo histórico que conduce inevitablemente hacia la plenitud. En el pensamiento hegeliano, por ejemplo, la historia se desarrolla como manifestación progresiva del Espíritu absoluto, donde cada contradicción encuentra resolución en una síntesis superior.
Este código teleológico supone que la naturaleza misma de las cosas contiene una direccionalidad que, adecuadamente comprendida y seguida, nos conduce hacia la realización universal. La ciencia moderna, en muchos aspectos, heredó esta visión teleológica, transformándola en la fe en el progreso indefinido mediante el dominio racional de la naturaleza. Sin embargo, esta visión se ha mostrado problemática al invisibilizar a quienes quedan fuera del supuesto progreso histórico.
Frente a los límites de la teleología histórica, la tradición apocalíptica emerge como una respuesta radical a la experiencia de injusticia. Mientras el discurso teleológico justifica el presente en función de un futuro mejor, la apocalíptica desenmascara el presente como esencialmente injusto y anuncia su fin radical. En esta tradición, la esperanza se garantiza no a los vencedores de la historia oficial, sino precisamente a sus víctimas.
La literatura apocalíptica judía y cristiana, por ejemplo, surgió en contextos de persecución y dominación, ofreciendo a comunidades oprimidas la certeza de que el orden presente —que les oprime— no es definitivo, y que Dios intervendrá para invertir las relaciones de poder. Esta esperanza no es pasiva; genera resistencia ética y mantiene viva la dignidad de quienes el sistema declara perdedores.
La tercera vía, la profética, logra una síntesis dialéctica: alcanza la universalidad precisamente mediante una parcialidad radical por los excluidos. Los profetas bíblicos no anuncian un destino abstracto para la humanidad, sino que denuncian las injusticias concretas y anuncian un futuro de justicia que comienza con la reparación a las víctimas. Su universalidad no es abstracta, sino encarnada en la defensa de los pobres, las viudas, los huérfanos y los extranjeros.
Como señala García Roca, «desde la parcialidad a favor de los desesperanzados podemos rehacer la esperanza». Esta afirmación contiene una profunda paradoja epistemológica y ética: el camino hacia lo universal pasa por asumir conscientemente una perspectiva particular, la de quienes han sido excluidos del banquete de la historia. Pero esta opción preferencial por los pobres no es sectaria, sino que revela la verdad más profunda sobre la humanidad: que somos una comunidad interdependiente, cuya dignidad se juega en el trato a los más vulnerables.
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