La izquierda chilena atraviesa un momento de agotamiento político. No solo ha perdido capacidad para proyectar mayorías sociales estables, sino también para ofrecer un horizonte de transformación que resulte creíble en el Chile contemporáneo.
Como ha advertido Manuel Antonio Garretón, buena parte del progresismo continúa pensando la sociedad desde categorías que ya no logran interpretar las formas actuales de la vida social. Sin embargo, reconocer esta crisis no implica asumir una derrota histórica. Declararse “ ni huérfanos ni derrotados” constituye, antes que nada, un acto de voluntad política.
La primera renovación socialista surgió en un contexto marcado por la derrota de la Unidad Popular y la dictadura. Su principal mérito fue comprender que la democracia no podía ser concebida como un mero instrumento táctico, sino como un principio constitutivo de cualquier proyecto emancipador. No fue una renuncia al socialismo, sino la condición para hacerlo históricamente viable.
Hoy, en cambio, el problema es distinto. Durante las últimas décadas se consolidó una ortodoxia socialdemócrata que redujo la política a la administración eficiente de lo existente. El conflicto social fue reemplazado por la gestión técnica; las demandas colectivas, por una suma fragmentada de reivindicaciones sin articulación estratégica. La política dejó de concebirse como construcción de poder social y pasó a entenderse, muchas veces, como administración institucional.
En ese proceso también se debilitó la idea de militancia como disposición colectiva a hacerse cargo de la sociedad. Y es importante distinguir aquí dos tradiciones que suelen confundirse: el socialismo democrático no es equivalente a la socialdemocracia. Mientras el primero mantiene abierta la pregunta por la transformación estructural de la sociedad, la segunda terminó, en gran parte de Occidente, convertida en una fórmula de gestión reformista del capitalismo, sin un horizonte real de superación.
Ese vacío político y cultural ha sido aprovechado por nuevas derechas autoritarias que ofrecen certezas simples frente a sociedades fragmentadas e inciertas.
Por eso, una segunda renovación socialista no puede limitarse a corregir errores tácticos ni a modernizar discursos. Requiere reconstruir un proyecto progresista capaz de interpretar las condiciones concretas del Chile actual.
Eso implica, primero, recuperar el socialismo como herramienta de lectura de la realidad. El neoliberalismo no eliminó las relaciones de explotación, las dispersó. La clase trabajadora sigue existiendo, pero bajo formas fragmentadas, precarizadas e individualizadas. A ello se suma una creciente diversificación de identidades y experiencias sociales atravesadas por desigualdades múltiples. El desafío no consiste en escoger entre clase o identidad, sino en construir un relato político capaz de vincular esas experiencias dentro de una misma estructura de desposesión y abuso.
También exige reponer la centralidad de la organización social. Durante demasiado tiempo, la izquierda concentró su acción en el Estado mientras descuidaba la construcción de poder en la sociedad. Pero no existe transformación durable sin sujetos colectivos organizados. La batalla cultural no se reduce a comunicación política ni a marketing electoral, consiste en disputar el sentido común neoliberal que privatiza la solidaridad, convierte los problemas sociales en responsabilidades individuales y debilita toda noción de comunidad.
A su vez, un nuevo eje socialista requiere abandonar la falsa dicotomía entre reforma y transformación. La tarea pasa por combinar, simultáneamente, reformas concretas que regulen los abusos del capitalismo, formas de resistencia social que fortalezcan la organización popular y transformaciones estructurales que democraticen el poder económico. La discusión sobre banca pública, descentralización efectiva, cogestión o nuevas formas de propiedad colectiva no puede seguir siendo un tabú dentro de la izquierda democrática.
La experiencia de la Convención Constitucional mostró, precisamente, los riesgos del desacople político, es decir, una enorme energía social sin la articulación de un proyecto mayoritario capaz de construir hegemonía. El problema no fue la existencia de demandas transformadoras, sino la incapacidad de integrarlas en una narrativa común compartida por amplios sectores de la sociedad.
El desafío actual es reconstruir esas mayorías, particularmente entre los millones de nuevos votantes obligatorios que ya no responden a las claves identitarias ni discursivas de la transición. No se trata simplemente de actualizar programas o mejorar estrategias comunicacionales. Lo que está en cuestión es una refundación estratégica, organizativa, cultural y subjetiva de la izquierda chilena.
La tarea de esta generación es, probablemente, más compleja que la de la primera renovación socialista. Entonces se trataba de reinsertar el socialismo en la democracia. Hoy el desafío es recuperar su capacidad de transformar democráticamente la sociedad. No hay espacio para el pesimismo contemplativo. La esperanza no es un estado de ánimo: es una disputa política. Y esa disputa definirá si la izquierda chilena decide convertirse en testigo melancólico de su tiempo o en protagonista consciente de una nueva etapa histórica.