El error estratégico de la derecha ante el legado fiscal del Presidente Boric
En estas semanas, la coalición del presidente electo José Antonio Kast ha llevado la desinformación sobre el legado fiscal a un extremo peligroso. Al construir un relato de devastación respecto de la gestión de la administración Boric la derecha no sólo falta a la verdad técnica, sino que además está sembrando un campo minado para su propia gobernabilidad.
La tesis instalada por los equipos económicos de Republicanos y Chile Vamos es efectista: “Recibimos un país quebrado por la irresponsabilidad de la izquierda”. Este diagnóstico, repetido como mantra en matinales, omite deliberadamente la complejidad de los números y -lo que es más grave-, desconoce el activo más valioso que hereda el nuevo gobierno: una macroeconomía estabilizada, a un costo político que pocos presidentes estarían dispuestos a pagar.
Al lapidar la gestión de Mario Marcel, la derecha comete un error de cálculo. No están atacando el despilfarro socialista, están atacando la contención técnica que salvó a la moneda nacional. Y al hacerlo, validan implícitamente el populismo económico que dicen venir a desterrar.
Para entender la magnitud del error opositor, hay que mirar los datos fríos. La administración Boric no entrega un milagro económico, el crecimiento ha sido bajo y la inversión cauta. Pero entrega una casa ordenada.
En marzo de 2022, el Ejecutivo asumió una economía sobrecalentada, intoxicada por la liquidez artificial de los retiros de pensiones y los IFE universales de la administración Piñera II. La inflación amenazaba con volverse crónica.
La respuesta de Hacienda no fue la expansión del gasto –como dictaría el manual populista–, sino un freno de emergencia histórico. El ajuste fiscal de 2022, con un recorte del gasto público superior al 20%, fue una maniobra de ortodoxia económica inédita en gobiernos de izquierda latinoamericanos. Fue una decisión recesiva y dolorosa para las familias, sí, pero indispensable para evitar una crisis mayor.
Ese trabajo de estabilización es el capital político que hoy recibe Kast. La inflación ha vuelto a converger hacia el 3%, las tasas van a la baja y la institucionalidad sigue en pie. El gobierno de Gabriel Boric pagó el costo de enfriar la fiesta de la liquidez de la pandemia. La nueva administración llega a administrar la resaca ya superada. Atacar esta gestión, calificándola de irresponsable, demuestra una ceguera técnica preocupante o una deshonestidad intelectual con fines de propaganda que, a estas alturas, ya no son necesarios.
El informe de Finanzas Públicas del cuarto trimestre de 2025, reveló un Déficit Estructural del 3,6% del PIB, incumpliendo la meta de Hacienda. Para la narrativa de la devastación, esta es la prueba del desfalco. Sin embargo, un análisis riguroso revela que el déficit de 2025 no se explica por una expansión descontrolada del gasto.
El agujero fiscal se produjo, fundamentalmente, por un desplome dramático de los ingresos. La recaudación tributaria no minera registró sus peores cifras en una década. El fisco recibió menos recursos de los proyectados porque la actividad económica no generó la recaudación esperada.
Aquí radica el peligro del diagnóstico de la derecha: confundir un problema de ingresos con uno de gasto. Al convencer al mercado de que el déficit es culpa exclusiva de la grasa del Estado, el futuro gobierno se obliga a solucionar el problema mediante recortes. Han prometido recortes draconianos de miles de millones de dólares, pero la realidad técnica es obstinada, porque la grasa burocrática no alcanza para cubrir un déficit de esta magnitud.
¿Qué va a recortar la administración Kast? Tendrá que recortar en partidas sensibles como subsidios, programas sociales e inversión pública. Hacienda advirtió que el ajuste por el lado del gasto tiene un límite operativo. Si cruzan ese límite basándose en una premisa falsa, la paz social que prometieron garantizar podría evaporarse en los primeros meses.
Quizás la contradicción más profunda es que la derecha termina validando las tesis del populismo. Si acusan que la gestión de Marcel fue un desastre, porque la economía se frenó, implícitamente sugieren que el gobierno debió ser más expansivo. Están criticando la austeridad. Al demonizar el ajuste de 2022-2023, envían el confuso mensaje de que el ajuste estuvo mal. La responsabilidad fiscal no es patrimonio de un sector político. Es un activo de la República.
Existe un último punto donde la crítica roza la ingratitud institucional y esta es la deuda pública. El gobierno la entrega estabilizada bajo el 45% del PIB. En el contexto regional, esto es una anomalía positiva. Otros gobiernos, de izquierda y derecha populista, no han dudado en endeudar a sus países para asegurar la continuidad en el poder. La administración Boric no lo hizo. A pesar de ir abajo en las encuestas, mantuvo la billetera cerrada en 2025. Prefirieron perder la elección antes que hipotecar la solvencia del Estado.
La Era Kast comienza bajo una paradoja. Ganaron prometiendo orden, pero reciben una macroeconomía ordenada con un fisco estrecho. El error estratégico al lapidar la gestión saliente es que matan el relato de la continuidad del Estado. En lugar de admitir un problema de ingresos solucionable con crecimiento, insisten en un desastre de gastos que se soluciona con recortes. Eso los condena a una encrucijada: o incumplen su promesa de austeridad y el déficit se dispara, o aplican un recorte draconiano que la calle no tolerará. Y habrá hostilidad.