En la carta titulada "Un poco peor" el escritor francés más leído en el exterior reconoce con el frío sarcasmo que lo caracteriza que "la mayoría de los correos electrónicos intercambiados en las últimas semanas tenían como objetivo principal comprobar que el interlocutor no estaba muerto o a punto de morir”.
Luego aborda una disputa entre Flaubert y Nietzsche sobre si se escribe mejor sentando o caminando. En su caso, la opción es la segunda; para trabajar en una obra necesita dar largos paseos y en la actualidad debido al estricto confinamiento de su país no puede salir más de un kilómetro a la redonda. "Tratar de escribir si no se tiene la posibilidad, durante el día, de caminar durante varias horas a un ritmo sostenido, es fuertemente desalentador; la tensión nerviosa acumulada no logra disolverse, los pensamientos y las imágenes siguen girando dolorosamente en la pobre cabeza del autor, que rápidamente se vuelve irritable, incluso loco”, señaló.
El autor abordó en La posibilidad de una isla la situación de personas viviendo aisladas en sus celdas, sin contacto físico y relacionándose solo a través del computador. Algo no muy alejado al escenario que ha configurado la pandemia de COVID-19.
Sobre el hecho de restarle importancia a los muertos de mayor edad, cuestionó que "nunca se había explicado tan a la ligera que todas las vidas no tienen el mismo valor. Eso a partir de cierta edad –¿70, 75, 80 años? – como si nosotros ya estuviéramos muertos".
"No creo ni por medio segundo en afirmaciones como ‘nada volverá a ser lo mismo’. Al contrario, todo seguirá siendo exactamente igual. De hecho, el curso de esta epidemia es notablemente normal. Occidente no tiene el eterno derecho divino a ser la zona más rica y desarrollada del mundo; todo eso se acabó hace tiempo, no es una primicia". Sobre los avances tecnológicos que esta crisis sanitaria acelera, dice que traerán consigo "la reducción de los contactos materiales, y sobre todo humanos".
"No despertaremos después del confinamiento, en un nuevo mundo; será lo mismo, sólo que un poco peor”, termina el autor de Las partículas elementales y la más reciente novela Serotonina, quien ha sido tachado de nihilista, cínico y misógino por su descarnada escritura.