—Tres señales de que tienes autismo…
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Camila, Lukas y Sergio tienen menos de 25 años y un diagnóstico en común: ninguno fue emitido por un profesiona en salud mental. Los tres llegaron a él a través del algoritmo de TikTok o Instagram. Investigadores y psicólogos advierten sobre los riesgos.
—Tres señales de que tienes autismo…
Camila González (24) se oculta bajo las sábanas de su cama. Es madrugada y, en medio de la oscuridad, el brillo de la pantalla ilumina su rostro. La voz de la mujer al otro lado del celular sigue.
"Eres sensible a los sonidos fuertes". Repentinamente, el audio del video irrumpe con más volumen del esperado. Baja el nivel hasta que se vuelve tolerable y queda un momento en silencio, pensando. La creadora de contenido continúa el listado.
"No te gusta mirar a los ojos". Camila cae en la cuenta de que, en efecto, el contacto visual tiende a resultarle incómodo. No recuerda una situación en concreto, pero lo sabe. Vuelve a pensar. La voz no se calla.
"No eres de muchos amigos". Cuenta a su grupo cercano uno por uno. No son más que los dedos de una mano. La idea se instala. Piensa.
"...Eso es todo, dale me gusta y comenta si te identificas con algo". Se mete a la sección de comentarios. Lee algunos y entonces, por primera vez en los sesenta segundos que dura el video, no le hace falta pensar.
De alguna forma, ya se ha autodiagnosticado.
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Entendido como la identificación personal de un trastorno sin evaluación profesional, el autodiagnóstico afecta principalmente a quienes consumen redes sociales de manera frecuente. Sus efectos se extienden al ámbito de la salud mental, donde creadores de contenido en plataformas como TikTok o Instagram difunden masivamente información sobre síntomas de distintos diagnósticos, y donde los algoritmos amplifican ese contenido hacia usuarios que ya mostraron interés en él.
Una investigación titulada "Self-diagnosis in the age of social media: A pilot study of youth entering mental health treatment for mood and anxiety disorders", publicada en Acta Psychologica en 2025 por académicas de la Universidad Western, en Canadá, analizó una muestra de 57 jóvenes de entre 16 y 25 años. Los resultados mostraron que el 100% de los participantes declaró estar expuesto a contenido de salud mental en línea.
Además, un 75,4% señaló creer que tiene un diagnóstico no evaluado por un profesional y, de ese grupo, el 65% afirmó basar esa creencia en información obtenida a través de redes sociales. El mismo estudio reveló que los participantes recurren a las redes con más frecuencia que a fuentes académicas cuando buscan información sobre salud mental, lo que sugiere que el autodiagnóstico no es solo una elección individual, sino el resultado previsible de una arquitectura digital que prioriza el contenido emocional por sobre el clínico.
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Lukas Zanni (20) es estudiante universitario en su cuarto año de carrera. Es alto y de contextura esbelta. A simple vista, encaja sin problemas en los cánones que celebra su entorno; sin embargo, hace meses que no se siente conforme con su cuerpo.
Al reflexionar, reconoce la influencia de las redes sociales en la forma en que se percibe frente a los demás. Pero esa injerencia no se limita al plano físico: también alcanza al psicológico. Más temprano que tarde llegaría a la conclusión de que tiene un Trastorno de la Conducta Alimentaria (TCA).
Según Daniel Halpern, doctor en ciencias de la información y la comunicación, las personas recurren a los medios digitales por su alta accesibilidad y su aparente capacidad de ofrecer respuestas rápidas y personalizadas. Mientras un diagnóstico preciso realizado por un psicólogo puede tomar meses de análisis y seguimiento, buscar el hashtag #TCA en TikTok requiere apenas unos clics y una atención fugaz frente a contenidos breves con música viral.
Tal es el caso de Lukas quien, sofocado ante una duda latente, recurrió a las redes sociales en busca de una confirmación rápida.
—Veía videos que prácticamente te decían: si te pasa esto, tienes este problema. Todo lo que me planteaban era lo que yo tenía —explica Zanni, aludiendo a la manera en que su algoritmo fue poco a poco orientándolo hacia ese diagnóstico.
Halpern profundiza en una idea clave: la facilidad de acceso no garantiza precisión ni efectividad. En ese sentido, advierte que un diagnóstico, por sí solo, no constituye una solución. Sin embargo, las redes sociales tienden a presentarlo como tal, simplificando procesos complejos y generando una falsa sensación de comprensión sobre el malestar.
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Sergio Herrera (21) también es estudiante universitario. Durante varios semestres enfrentó un estrés constante, provocado tanto por la carga académica como por motivos personales. Con el paso de los meses aparecieron episodios de atracones y trastornos severos del sueño, que le generaban una profunda sensación de impotencia. En medio de esa desesperación, recurrió a internet en busca de respuestas. Fue a través del contenido que consumía en TikTok que llegaría a la conclusión de que tiene un Trastorno de Ansiedad Generalizada.
—Me hizo sentir un poco más aliviado —declara Sergio—. Me ha aportado a entender por qué reacciono de ciertas formas.
Ignacio Pizarro, psicólogo experto en bienestar juvenil, no desconoce el alivio que generan estos contenidos al ofrecer una explicación rápida a lo que las personas sienten. Sin embargo, al igual que Halpern, sostiene una mirada crítica y advierte sobre un riesgo más profundo.
—Lo peligroso es cuando el diagnóstico se transforma en mi identidad —señala Pizarro, apuntando a una tendencia en la que muchas personas terminan definiéndose a partir de una etiqueta, reduciendo la complejidad de su experiencia a un solo concepto.
Camila tiene un grupo de amigos bastante activo. Cada vez que la invitan a ir a la disco, suele rechazar con un "qué fome, mucha gente", respuesta que casi siempre desata burlas del tipo: "Ay, mi amiga la más TEA".
Al primer segundo, se lo tomó con humor. Al siguiente, apareció la duda.
Las preguntas empezaron a instalarse en su cabeza. Ya en casa, buscando calmar esa inquietud, recurrió a Instagram. Bastaron unos minutos de scroll para que algo se encendiera: vio los síntomas y comenzó a sentir que los tenía.
—Tal vez hasta actué un poco en base a eso —relata González.
Pizarro advierte que, cuando las personas se apoyan en un autodiagnóstico, es fácil que terminen incorporándolo como parte central de sí mismas. Esto se traduce en una tendencia a justificar conductas a partir de una etiqueta autoimpuesta: el diagnóstico deja de ser una herramienta de comprensión y pasa a operar como un límite, un justificativo para evitar salir de la zona de confort.
Algo similar le ocurre a Sergio, quien, asumiendo que su presunto trastorno es una condición inmutable, limita sus intentos de cambio y se mantiene estancado en el mismo ciclo.
En ese marco, el psicólogo explica que una de las consecuencias posibles es la pérdida de confianza en la ayuda profesional: las personas la perciben como una pérdida de tiempo ante una problemática que, a su juicio, ya ha sido resuelta por las redes. Halpern subraya que esa narrativa resulta nociva en un contexto donde esas fuentes carecen de validación profesional.
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Un estudio de la Universidad de Drexel, titulado "The Reach and Accuracy of Information on Autism on TikTok" y publicado en el Journal of Autism and Developmental Disorders en 2023, analizó los 133 videos más vistos del hashtag #Autism: solo el 27% fue clasificado como preciso, mientras que el 41% resultó incorrecto y el 32% correspondía a sobregeneralizaciones.
El principal hallazgo hace relación no es solo la proporción de contenido erróneo, sino su escala: esos videos acumularon 198,7 millones de visualizaciones en conjunto, y los imprecisos tuvieron el mismo nivel de engagement que los precisos. En TikTok, la viralidad no distingue entre información clínica y desinformación.
La magnitud del ecosistema es difícil de dimensionar. En febrero de 2024, el hashtag #Autism registraba 2 millones de publicaciones en TikTok, #ADHD alcanzaba los 3 millones, #Neurodivergent superaba el millón y #MentalHealth llegaba a los 15,1 millones. Frente a esas cifras, la capacidad de cualquier sistema de salud de competir con el algoritmo en términos de alcance es, por ahora, inexistente.
No todos los investigadores, sin embargo, leen el fenómeno en clave exclusivamente negativa. Foster y Ellis, de la Universidad de Exeter, advierten en un estudio de 2024 que muy pocos analistas consideran la posibilidad de que algunos adolescentes estén en lo correcto en su autodiagnóstico, y que ese descubrimiento puede habilitarles una nueva comprensión de sí mismos y una mayor autocompasión. La discusión, entonces, no es solo sobre exactitud clínica: es sobre qué llena el vacío que dejan los sistemas de salud cuando no están disponibles o no son accesibles.
—El autodiagnóstico crea una falsa sensación de que "la tarea está hecha" —expone Pizarro—. Lo más importante no es el diagnóstico, sino lo que viene después: la ayuda.
Pero ese "después" no es igual para todos. Lukas intenta habitarlo a su manera, gestionando por cuenta propia su alimentación. Sergio lo incorpora como una extensión de su rutina, sin romper del todo el ciclo. Entretanto, Camila vuelve a deslizar el dedo por los Reels de Instagram. La pantalla se ilumina con un video familiar, casi idéntico al anterior, que vuelve a capturar su atención.
—Baja un dedo si te identificas. Edición: autodiagnóstico.