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Violencia escolar

Violencia escolar: El mismo error, los mismos resultados

Abordar la violencia escolar de forma efectiva exige medidas que actúen antes de que ocurra el hecho, no solo después.

Por Juan Santana 14 de abril de 2026 - 15:49

Simplista e irresponsable. Así fue calificado por 30 investigadores, de 14 universidades del país, el proyecto de ley “Aula Segura” durante su tramitación legislativa en el año 2018. La advertencia fue categórica: las acciones punitivas son una estrategia equivocada para evitar las futuras acciones de violencia escolar.

El tiempo les dio la razón. Casi 8 años después, los resultados de esa política pública son alarmantes: más del 75% de los requerimientos ante la Superintendencia de Educación durante el año 2025 fueron por convivencia escolar. Es el mayor peso relativo de la convivencia escolar de los últimos años, en un contexto en que las denuncias totales también aumentaron un 18.7% respecto de 2024.

Hoy, lamentablemente, se vuelve a tropezar con la misma piedra. Que esta problemática sea urgente no debe ser sinónimo de volver a privilegiar medidas de control y sanción como respuesta inmediata.

Ante casos de agresiones tan impactantes, como el asesinato de una inspectora en un liceo de Calama, el proyecto propuesto por el Gobierno y el foco de la discusión pública para abordar la violencia escolar se ha centrado casi exclusivamente en la medida de limitar la gratuidad universitaria, cometiendo el mismo error que en años anteriores: anunciar una medida rimbombante que en nada contribuye por si sola a prevenir o disminuir los niveles de violencia escolar y que solo actúa una vez que el hecho está consumado.

La violencia escolar no es un fenómeno individual. Es fundamentalmente relacional y tiene raíces en condiciones estructurales —desigualdad, exposición a entornos violentos, deterioro de la salud mental, efectos acumulados de la pandemia— que los establecimientos educativos por si solos no pueden resolver, pero que sí pueden mediar si cuentan con las herramientas, los profesionales y la infraestructura adecuada. Expulsar o sancionar a un estudiante no elimina las causas que lo llevaron a actuar con violencia. Solo las desplaza.

Para abordar esta problemática en serio, desde su complejidad y múltiples aristas, lo primero debe ser responder las siguientes preguntas: que un niño, niña o adolescente opte por la violencia ¿es un hecho fortuito? ¿O existen condiciones y causas que expliquen esa violencia? Y si existen esas condiciones o causas ¿se puede prevenir y detectar o es inevitable lo que estamos viviendo? Y una vez que se detectan ¿Qué respuestas se activan para que las escuelas puedan intervenir de forma eficaz? ¿Tienen las condiciones adecuadas para ello?

La tarea no es fácil, pero la respuesta a esas preguntas es lo que debiésemos estar discutiendo y lo que debe guiar toda política pública que quiera evitar que niños, niñas y adolescentes opten por la violencia en el futuro. Abordar la violencia escolar de forma efectiva exige medidas que actúen antes de que ocurra el hecho, no solo después.

En este contexto, el anuncio de una reducción presupuestaria para educación es a todas luces un despropósito. Lo que se requiere es de una estrategia planificada que abarque todos los niveles de la comunidad educativa. Llevar a cabo este trabajo conjunto entre las autoridades del Ministerio de Educación, los sostenedores, la academia, los equipos de gestión escolar, los profesores, los equipos de apoyo psicosocial y los estudiantes, es una prioridad.

Si el foco sigue estando única y principalmente en la gratuidad, nos encontraremos con una nueva política pública fracasada. Y el costo, como siempre, lo pagarán las comunidades educativas más vulnerables: las mismas que llevan años esperando que el Estado les entregue herramientas para prevenir, no solo para castigar.

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