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José Antonio Kast

No es crisis fiscal: Es una decisión política en medio de un shock global

Hay además un problema estructural que esta coyuntura vuelve a exponer: Chile sigue siendo extremadamente dependiente de los combustibles fósiles importados.

Por Jaime Sáez Quiróz 31 de marzo de 2026 - 16:45

Chile enfrenta un alza abrupta en los precios de los combustibles, empujada por la tensión geopolítica en Medio Oriente. No es un fenómeno doméstico ni una anomalía inesperada: es parte de la lógica de un mundo fragmentado, donde los conflictos energéticos vuelven a ordenar la economía global. Ya lo vimos el 2022 tras la invasión rusa a Ucrania.

Lo estamos viendo nuevamente ahora, con el crudo Brent bordeando los 112 dólares y el precio del diésel acumulando un alza de 60% en tres semanas. Pero ahora la diferencia no está en el shock. Está en la respuesta.

El gobierno de José Antonio Kast, en sus primeras dos semanas, activó una cláusula de escape del MEPCO que permite trasladar el ajuste de precio de golpe. El resultado es concreto: desde este jueves, la bencina de 93 octanos sube $370 por litro y el diésel, $580. Para quien llena un estanque de 50 litros, eso significa $18.500 adicionales en una sola carga. Para el transporte de carga y la pesca, el impacto es de otra magnitud.

El gobierno ha instalado la narrativa de una “crisis fiscal” que haría imposible amortiguar este golpe. Esa afirmación no resiste análisis. Chile no enfrenta una crisis de solvencia: mantiene deuda pública moderada en comparación internacional, acceso a financiamiento razonable e institucionalidad fiscal robusta. Lo que existe es otra cosa: una decisión política de no utilizar las herramientas disponibles.

Y esa decisión se vuelve insostenible cuando se la observa junto a la agenda tributaria del propio Ejecutivo. Mientras se alega estrechez fiscal para no reforzar el MEPCO, el mismo gobierno promueve una reducción del impuesto corporativo del 27% al 23%, proyecto que ingresará al Congreso en abril. Según estimaciones basadas en la Comisión Marfán, esa rebaja implicaría una menor recaudación de aproximadamente US$1.200 millones anuales.

Es decir: no hay recursos para proteger a las familias del alza del costo de la vida, pero sí para disminuir la carga tributaria de las empresas de mayor tamaño. No es una contradicción menor. Es una definición ideológica que el gobierno debe explicitar, en lugar de presentarla como limitación técnica inevitable.

El contraargumento previsible es que la estrechez fiscal es herencia del gobierno anterior, que registró déficits estructurales de 3,3 y 3,6 puntos del PIB en sus dos últimos años. Esa observación tiene alguna base. Pero incluso aceptándola, no resuelve la contradicción: si los recursos son escasos, la pregunta política obligada es a quién se protege primero. La respuesta de este gobierno es clara.

Desde el punto de vista macroeconómico, el rol de la política fiscal frente a shocks externos es preciso: suavizar el impacto y evitar efectos regresivos. Para eso existe el MEPCO. Su agotamiento no es argumento para abandonarlo, sino señal de que debe reforzarse mediante ley, como ya ocurrió en plena salida de la pandemia. La inacción fiscal no es neutral: es contractiva y regresiva. No es casual que incluso parlamentarios del oficialismo hayan pedido al Ejecutivo no dejar que las familias paguen “los platos rotos de una crisis externa”.

Hay además un problema estructural que esta coyuntura vuelve a exponer: Chile sigue siendo extremadamente dependiente de los combustibles fósiles importados. Cada conflicto internacional se convierte en una crisis interna. La respuesta no puede ser siempre trasladar el costo a los hogares.

La salida implica al menos tres decisiones: reforzar el MEPCO mediante ley como instrumento permanente de estabilidad; suspender la rebaja del impuesto corporativo mientras persista la incertidumbre global; y acelerar una estrategia de independencia energética real, con electrificación del transporte e impulso al hidrógeno verde.

La verdadera disyuntiva no es fiscal. Es política.

O se utiliza el Estado para proteger a la mayoría en momentos de incertidumbre global, o se administra la escasez trasladando los costos a los hogares mientras se aliviana la carga de quienes menos lo necesitan. Esa decisión, a diferencia del precio del petróleo, sí depende completamente de nosotros.

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