Todo aquel que se dice de izquierda en nuestro subcontinente ha mirado las experiencias del proceso brasileño durante las últimas tres décadas. Lula y el Partido de los Trabajadores son una referencia ineludible para las izquierdas latinoamericanas. Desde el gigante sudamericano se ha construido buena parte de la reflexión política regional y global de las últimas décadas. Los BRICS son, probablemente, una de las expresiones más visibles de ese proceso.
Por eso, cuando Lula reflexiona en Apocalipsis en los Trópicos sobre el error de la izquierda brasileña al abandonar el cristianismo como referencia de su disputa política, muchos cristianos y cristianas de América Latina escuchamos aquello con esperanza.
Después de décadas de un secularismo mal entendido, en que algunas izquierdas occidentales terminaron confundiendo la laicidad del Estado con el desprecio por el hecho religioso, reconocer que la fe importa era una buena noticia. Mucho más en un continente donde millones de personas siguen viviendo, pensando, organizándose y construyendo comunidad desde sus convicciones religiosas.
El problema es que Lula parece haber comprendido una parte del diagnóstico, pero puede estar equivocándose profundamente en la respuesta. Porque reconocer la importancia del cristianismo no significa convertir la política en una disputa entre católicos y evangélicos. Tampoco significa que la izquierda deba intentar recuperar electoralmente aquello que las derechas y ultraderechas han sabido capturar durante años.
Ese es, precisamente, el riesgo que observo en la actual campaña brasileña.
Durante años, las izquierdas abandonaron el mundo religioso. Y mientras lo hacían, las derechas comprendieron que allí existía una enorme capacidad de organización, solidaridad, identidad y construcción de sentido. El problema es que no se limitaron a conversar con los creyentes: comenzaron a construir y alimentar una determinada interpretación política del cristianismo.
Así nació una alianza cada vez más visible entre sectores católicos y evangélicos ultraconservadores. Un extraño ecumenismo a la inversa: aquellos que durante décadas se miraron con distancia, e incluso se combatieron teológicamente, hoy encuentran una causa común frente a aquello que denominan “progresismo”, “wokismo”, comunismo o izquierda cultural.
Ya no importa demasiado si alguien va a misa o al culto. La frontera política se ha desplazado hacia otro lugar, el de los conservadores contra los progresistas. Y allí es donde Lula puede estar cayendo en una vieja trampa de la izquierda: creer que el mundo religioso puede ser conquistado electoralmente tomando posición dentro de sus propias disputas. No se trata de visitar más iglesias. Tampoco de recibir más bendiciones, comulgar en una misa, sostener la imagen de Nossa Senhora Aparecida o reemplazarla por una Biblia. Mucho menos de pensar que existe algo parecido a “el voto religioso”.
El pueblo brasileño no es religiosamente uniforme. Es católico, evangélico, afrobrasileño, espiritista, agnóstico, ateo y también una combinación de varias de esas experiencias. Y dentro de cada tradición existen derechas e izquierdas, conservadores y progresistas, comunidades profundamente comprometidas con los pobres y otras más preocupadas por el poder.
Por eso, el desafío de Lula no debería ser escoger entre católicos y evangélicos. Debería ser mostrar qué tienen en común las distintas expresiones cristianas cuando se las confronta con el sufrimiento concreto de los pueblos. Porque ahí aparece otro cristianismo.
El Jesús que se acerca a prostitutas, leprosos, niños, enfermos y cobradores de impuestos. El Jesús que habla de los pobres, que denuncia a quienes cargan pesadas cargas sobre los demás, que expulsa a los mercaderes del templo y que coloca la dignidad humana por encima de las estructuras religiosas. Ese Jesús no necesita convertirse en propaganda electoral. Pero tampoco necesita ser entregado a la ultraderecha.
Ahí está, quizás, la verdadera disputa que Lula y las izquierdas deberían ser capaces de comprender. No se trata de competir con los sectores ultraconservadores para demostrar quién es más cristiano. Se trata de preguntarse qué proyecto político puede dialogar honestamente con las convicciones de millones de creyentes que también esperan justicia, dignidad, solidaridad, paz, cuidado de la creación y una vida mejor para sus familias. La izquierda no necesita apropiarse de Dios. Necesita dejar de tenerle miedo a la fe.
Y eso supone algo mucho más difícil que una estrategia electoral: garantizar que católicos, evangélicos y todas las demás expresiones religiosas puedan vivir sus convicciones en libertad, sin que el Estado privilegie una confesión sobre otra y sin que ninguna iglesia pretenda convertirse en dueña de la democracia.
La laicidad no consiste en expulsar la religión de la vida pública. Consiste en garantizar que ninguna religión pueda imponerse sobre las demás. Lula, por eso, no debería escoger entre el catolicismo y el evangelicalismo brasileño. Debería hablarle a un pueblo creyente en su diversidad. Y hacerlo desde aquello que un proyecto democrático y de izquierda puede compartir con el cristianismo: la defensa de la dignidad humana, la preocupación por los pobres, la solidaridad, la justicia y el cuidado de quienes quedan al margen.
Porque las esperanzas de América Latina, y también las de sus proyectos progresistas, siguen estando en manos de sus pueblos. Y esos pueblos seguirán siendo creyentes, nos guste o no. La pregunta no es si la izquierda volverá a hablar de Dios. La pregunta es qué Dios será capaz de reconocer cuando vuelva a escuchar a su pueblo.