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Jugar para no olvidar

La relación que construimos con nuestros territorios moldea la imagen que tenemos de nosotros mismos como sociedad. Y en ese camino, algo tan simple como sentarse a jugar puede ser una acción poderosa.

Por Bárbara Chávez Gottlieb 30 de mayo de 2026 - 07:00

Los niños juegan sin pedir permiso. Lo hacen por instinto. Pero esta acción no debería quedarse solo en la niñez, sino ser algo que nos acompaña a lo largo de nuestra vida. Cuando un niño ve a un adulto jugar, este se transforma en un referente que derriba el mito de que crecer significa renunciar a divertirse.

Lo cierto es que incluso nosotros mismos tendemos a asociar la adultez a la seriedad y productividad. Sin darnos cuenta, dejamos de jugar. Con eso se va la curiosidad con la que mirábamos lo cotidiano, ese impulso a detenerse, a preguntar, a observar lo que no suele estar a simple vista.

Y sin lugar a dudas, en el juego se esconde un regalo evolutivo. Una estrategia que los seres humanos —y algunos otros mamíferos sociales— hemos desarrollado para aprender, crear vínculos y activar memorias compartidas. Desde la biología evolutiva, el juego es un fin en sí mismo, pues se realiza por el gusto de jugar. Nos trae al presente y nos centra en el proceso. El disfrute de entrar en ese estado es el que tiene potencial, porque nos pone en un lugar de concentración, goce y a la vez de apertura que posibilita la generación de vínculos y afectos que en otro contexto no existirían.

Ese potencial de vincularnos afectivamente que nos regala el juego es el que en Puebla usamos para conectarnos con nuestro patrimonio cultural inmaterial y aprender a quererlo. Un concepto que muchas veces parece lejano pero que está más presente de lo que podríamos imaginar. Son los relatos, saberes y formas de vivir que intercambiamos cuando nos juntamos.

Es aquello que no tiene monumento ni horario de visita, pero que teje de manera invisible las raíces que nos hacen parte de un lugar y de una comunidad. Es una herencia que habita en las personas y que puede desaparecer simplemente porque nadie la escuchó. Y jugar con otros puede ser una forma de desafiar el olvido.

Aunque el mundo parezca cada vez más acelerado y digital, la virtualidad no ha logrado reemplazar el momento de disfrute que se puede vivir alrededor de un tablero de juego. Es ahí donde se construyen puentes entre las personas y aquellas voces y saberes que forman parte de nuestra memoria colectiva.

Juegos de ciudad como SanTRIVIAgo, Gran Santiago, Lo que el Bulnes se llevó y Caldo de Barrio, funcionan como una puerta de entrada al patrimonio. Según plantea la primatóloga chilena Isabel Behncke, lo lúdico abre "una manera de relacionarnos con el mundo donde no tenemos miedo, donde estamos confiados y motivados".

Desde Puebla llevamos años trabajando junto a los territorios, de manera participativa, escuchando y poniendo en valor las voces de quienes lo habitan y lo construyen. Vecinos, investigadores y mediadores levantan contenidos, cartografías y líneas de tiempo. Después, un equipo de ciencias sociales, educación y diseño transforma ese material en un juego. Así, el patrimonio deja de ser algo distante o reservado para especialistas y vuelve a instalarse en la vida cotidiana de las personas.

Nos interesa fortalecer y refrescar la relación que tenemos los santiaguinos con una ciudad que por años ha sido denostada. Para eso, creemos que es necesario entender el patrimonio como un tejido de símbolos que nos da cuerpo como sociedad y, al mismo tiempo, reivindicar lo lúdico como mucho más que una herramienta de aprendizaje o una práctica exclusivamente infantil. Jugar también puede ser una forma de encontrarnos, reconocernos y transformar el cómo vivimos la adultez.

De esta manera, se abren nuevas formas de mirar las calles con afecto, volver a querer nuestros barrios, recorrerlos y cuidarlos. Porque la relación que construimos con nuestros territorios moldea la imagen que tenemos de nosotros mismos como sociedad. Y en ese camino, algo tan simple como sentarse a jugar puede ser una acción poderosa.

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