En los últimos meses hemos presenciado las intervenciones y ataques que ha perpetrado Estados Unidos tanto en Venezuela como en Irán. Igualmente, observamos la situación que vive desde hace décadas y hasta el día de hoy el Pueblo de Palestina, territorio en el que se encuentra en curso un genocidio que se expone ante la mirada del mundo. Se suma a este conjunto de hechos la ofensiva lanzada sobre la población del Líbano.
Desde una óptica estructural, lo que presenciamos puede leerse a través de dos conceptos. Por un lado, el de Necropolítica de Achille Mbembe, que explica cómo el poder político decide quién puede vivir y quién puede morir, generando territorios donde la posibilidad de vida queda suspendida, como el territorio palestino o los campos de personas refugiadas en Europa. La imbricación entre colonización y racismo, según el autor, hace que estas vidas sean "descartables". Por otro lado, la acepción de pedagogía de la crueldad de Rita Segato describe la "disecación de lo vivo", donde la lógica de consumo convierte a personas y territorios en cosas susceptibles de expropiar, ocupar y desechar.
Ambos aportes iluminan un momento en que los discursos políticos predominantes profundizan la brecha entre quienes, desde una interpretación hegemónica, merecen y no la vida. Esto se refleja también en los territorios, particularmente latinoamericanos y africanos, intervenidos desde el hecho colonial de 1492 mediante prácticas extractivistas destinadas a proveer de recursos al norte global.
El escenario mundial actual, entonces, nos pone frente a un contexto en el que se refuerza el racismo a nivel global. Además de esto, con la mediación de redes sociales y de los medios de comunicación en general, se construye una narrativa que favorece la percepción de que existiría una imposibilidad de acción ante lo que se plantea como un entorno caótico que coarta la posibilidad de imaginar otras alternativas para vivir y sostener la vida.
Ante este escenario -donde la vida es amenazada, descartada y convertida en mercancía- creemos urgente seguir reflexionando sobre la práctica de construir comunidad. Para ello, proponemos algunas ideas que pudieran ser clave y que buscan fortalecer, colectivamente, nuestra capacidad de respuesta.
Hace algunos días, la activista Georgina Orellano se cuestionaba si el feminismo abrazaría a las rotas, planteando que la discusión se oriente hacia los conflictos y roturas que cobran vida en el vínculo comunitario. Así, una primera idea tendría que ver con que para configurarnos comunitariamente, aparece la necesidad de aceptar nuestras diferencias y diversidades, así como lidiar con aquellas cuestiones en las que no estamos de acuerdo.
Considerando lo anterior, creemos necesario poner en el centro de la discusión los temas complejos: aquellos que no hemos debatido y en los que tenemos diferencias. No con la idea de alcanzar un consenso o una posición única, sino para reconocernos precisamente desde esas diferencias y que estas sean el punto de partida del fortalecimiento colectivo, cuestión que ha venido siendo anunciada hace décadas por el movimiento feminista afroamericano. Parafraseando las viejas consignas: a discutirlo todo.
Por otro lado, también existe la necesidad de ampliar nuestro concepto de comunidad más allá de la sola consideración de las vidas humanas. Comenta bell hooks, en su libro Teoría feminista: de los márgenes al centro, que el motor de la transformación tiene que ver con reconocer y analizar los distintos sistemas de dominación y el rol que tenemos en su reproducción y sostenimiento. En esa línea, proponemos, por ejemplo, repensar la relación entre seres humanos, naturaleza y animales.
En esa línea, no podemos contemplar nuestra existencia si no es "en relación con", así la comunidad se nutre de vínculos que van más allá de lo humano y que se expanden hacia los entornos de los que somos parte. De allí que sea central alimentar nuestra experiencia con prácticas no opresivas y de no dominación hacia los territorios en los que vivimos y/o transitamos, y las distintas formas de vida que les habitan.
Esto es aún más patente considerando la crisis ambiental que nos atraviesa, provocada por un modelo económico depredador como el capitalista, que traduce en objeto de mercancía la vida. Nuestra atención, entonces, puede disponerse a crear y/o fortalecer los lazos comunitarios con las aguas, plantas y animales, entre otros, vinculándonos -como señala el libro Ecofeminismos (2023)- desde la empatía, la solidaridad y la compasión. Agregamos allí que toda comunidad se desenvuelve en un territorio y en unas dinámicas vivas, en una relación que, creemos, debe ser entendida como de co-existencia y no de jerarquía.
Finalmente, un tercer aporte proviene de lo que enunció la activista travesti Claudia Rodríguez, en torno a la relevancia de hacernos comunidad como posibilidad de trascender el individualismo y la fragmentación de las resistencias y luchas en pos de la transformación social. Claudia nos señala: " Tenemos el poder de ser una comunidad que genera conocimiento"; y creemos que ese poder es el que debe estar en el centro hoy día. Reforzaba su idea de la siguiente manera: "una comunidad puede imaginar y crear mucho más allá del mundo dado. Tenemos poderes".
Hacernos comunidad es, ante todo, un acto político de resistencia y transformación. Para ello, proponemos tres orientaciones que se articulan entre sí: primero, abrazar nuestras diferencias y conflictos como punto de partida -no como obstáculo- del fortalecimiento colectivo, asumiendo el desafío de debatirlo todo, especialmente aquello que incomoda y divide.
Segundo, ampliar nuestra noción de comunidad más allá de lo humano, reconociendo los lazos de co-existencia con los territorios, aguas, plantas y animales que nos habitan, y comprometiéndonos con prácticas no opresivas ni dominantes hacia las distintas formas de vida. Y tercero, confiar en el poder colectivo de generar conocimiento e imaginar mundos que aún no existen, trascendiendo el individualismo y la fragmentación para hacer de nuestras resistencias una fuerza común. Comunidad, entonces, no como armonía dada, sino como construcción viva, conflictiva, más que humana y radicalmente creadora.
Quienes manifestamos disposición a construir otros mundos posibles debemos seguir insistiendo en reunirnos, apostando a que esos espacios de encuentro sean diversos, integradores y reconocedores de las distintas formas cotidianas de existir. Desplazar al creciente neofascismo en las distintas capas de la sociedad es una tarea colectiva que debe asumirse con creatividad, decisión, con la convicción de que no es posible hacerlo solas.y de que es, ante todo, una urgencia por la vida.