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Gobierno de Chile

El Gobierno de emergencia se convirtió en la emergencia de Chile

Prometieron reconstrucción nacional, pero el entusiasmo parece estar puesto en desmontar todo lo que todavía funciona. Entre recortes, improvisaciones y ministros desechables, el “Gobierno de Emergencia” empieza a parecer la propia catástrofe.

Por Capitán Cianuro 24 de mayo de 2026 - 16:45

Cuando José Antonio Kast asumió la presidencia prometió un “Gobierno de Emergencia”. El diagnóstico era apocalíptico: Chile estaba al borde del colapso y solo una administración severa y eficiente podía salvarlo del desastre. Finalmente, el país descubrió que la emergencia sí existía, aunque no exactamente donde nos dijeron. No era Chile. Era el propio gobierno.

Porque si algo ha demostrado esta administración en apenas dos meses es una admirable capacidad para convertir la improvisación en doctrina y el desorden en método de gestión. Un talento poco común para quienes llegaron prometiendo profesionalismo, experiencia y soluciones.

La llamada Ley Miscelánea —rebautizada como “Plan de Reconstrucción Nacional”, porque en política el marketing siempre llega antes que las respuestas— es probablemente la mejor muestra de esta confusión. La promesa era reactivar el país, ordenar las cuentas y fortalecer las instituciones. El resultado parece inspirado en la idea de que la mejor forma de reparar una casa es arrancarle las paredes. Menos recursos, menos programas, menos Estado. Todo reducido al mínimo, salvo la grandilocuencia de los discursos.

La teoría es fascinante: si el Estado desaparece, los problemas probablemente se aburran y se marchen solos. Pobreza, desigualdad, listas de espera o déficit habitacional pasarían a ser simples detalles. Porque todos sabemos que cuando se recortan políticas públicas, las necesidades también ajustan presupuesto. O al menos eso parece creer buena parte del Parlamento, que aplaude cada recorte con el entusiasmo de quien confunde demolición con modernización.

Y ahí están diputados y senadores celebrando el “adelgazamiento” del Estado como si hubieran descubierto una verdad revelada. Da lo mismo quién pagará después la cuenta del deterioro en salud, educación, cultura o protección social. Siempre es más elegante hablar de eficiencia fiscal que mirar a las familias que deberán costear de su bolsillo lo que antes garantizaba el Estado.

La misma lucidez apareció con el reciente cambio de gabinete. La salida de dos ministras ineptas fue presentada como una demostración de liderazgo. Lo curioso es que nadie parece hacerse una pregunta elemental: si eran tan incompetentes, ¿quién las nombró? Y más importante aún, ¿por qué permanecieron en sus cargos mientras acumulaban errores? Pero pedir coherencia quizá sea demasiado para un gobierno que confunde firmeza con reacción tardía.

Y entonces llegan los biministros. Porque si alguien no logra manejar un ministerio en medio de una crisis, la solución aparentemente lógica es entregarle dos. Todo bajo el elegante concepto de “racionalización administrativa”, una expresión que suele significar hacer menos con menos y esperar aplausos por ello. Lo presentan como modernización, aunque se parece bastante más a una liquidación por cierre.

La ironía es perfecta. Un gobierno que prometió fortalecer al país comienza debilitando precisamente las herramientas que permiten enfrentar las crisis. Un Parlamento que debería fiscalizar actúa como barra brava del ajuste. Y una ciudadanía que fue convencida de que el gran problema era el exceso de Estado empieza a descubrir un detalle incómodo: cuando el Estado retrocede, los problemas no desaparecen. Solo quedan abandonados.

Quizás por eso el concepto de “Reconstrucción Nacional” provoca tanta inquietud. Porque en Chile esa expresión tiene memoria. Fue utilizada durante el primer año de la dictadura para justificar una profunda transformación del Estado y de la sociedad tras la usurpación del poder. Entonces se hablaba de reconstruir un país supuestamente devastado mientras se concentraban decisiones y se imponía un nuevo modelo. Hoy, quienes no esconden su admiración por aquella experiencia rescatan una retórica sorprendentemente similar.

No se trata de afirmar que la historia se repite exactamente igual. Pero sí de reconocer que ciertas palabras cargan significado. La reconstrucción vuelve a presentarse como una épica salvadora; el Estado vuelve a ser señalado como el problema; y los recortes vuelven a exhibirse como actos de responsabilidad.

Mientras tanto, en el Congreso continúan los aplausos. Celebran recortes, celebran biministros y celebran el debilitamiento institucional como si fuese una hazaña. El Estado pierde músculo, las políticas sociales pierden recursos y las instituciones pierden capacidad de respuesta. Y aun así insisten en llamar a esto reconstrucción. Tal vez porque reconocer que están desmontando el país pieza por pieza sería demasiado honesto incluso para ellos. O quizás porque la palabra reconstrucción sigue siendo la mejor manera de ocultar aquello que realmente se está destruyendo.

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