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Gobierno de Chile

El eterno 1% y la deuda de Chile con la ciencia

Mientras el mundo avanza hacia la economía de los saberes, Chile permanece anclado en tiempos portalianos, donde el orden se impone sobre el desarrollo

Por Felipe Valenzuela Escobar 20 de abril de 2026 - 17:35

La historia reciente de Chile parece escrita con tinta de promesas y márgenes de olvido. ¿Si existe consenso político en torno a la ciencia, por qué ningún gobierno ha alcanzado el anhelado 1% del PIB en investigación y desarrollo? ¿Se trata de una limitación fiscal real o de una falta de prioridad política? ¿Es esta meta un compromiso serio o apenas un recurso retórico de campaña?

Durante el segundo gobierno de Sebastián Piñera, la creación del Ministerio de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación marcó un hito institucional que encendió la esperanza de una política de Estado basada en el conocimiento. Sin embargo, aquella conquista quedó suspendida entre la voluntad simbólica y la cautela presupuestaria, como un fanal atenuando la luz que dará rumbo al arribo.

La promesa del 1% se transformó entonces en un credo transversal, repetido con devoción en cada contienda electoral y reafirmado por el gobierno de Gabriel Boric. Desde la derecha liberal hasta la izquierda progresista, todos coincidieron en que sin ciencia no hay desarrollo ni soberanía.

Pero la reiteración del compromiso no logró romper la inercia histórica: la meta se mantuvo como horizonte aspiracional más que como destino político. Así, Chile continúa atrapado en la paradoja de proclamar su fe en el conocimiento mientras posterga el diezmo del diezmo, celebrando el progreso en el discurso y relegándolo en la práctica.

Hoy, el debate adquiere un tono más inquietante ante los recortes en becas de la Agencia Nacional de Investigación y Desarrollo (ANID) bajo el gobierno de José Antonio Kast. Reducir el apoyo a la formación de capital humano avanzado no es solo un ajuste contable, es una renuncia al futuro.

Es hipotecar la innovación, debilitar la soberanía intelectual y condenar al país a la dependencia tecnológica histórica del sur global. Porque cuando se recorta la ciencia, no se ahorran recursos, se empobrece el porvenir. Y una nación que escatima en conocimiento no solo retrasa su desarrollo: abdica de él.

No son los genios consagrados de Chile a quienes golpean estas medidas, sino a los genios ocultos en las poblaciones, aquellos cuyo talento lucha por abrirse paso entre la precariedad y el olvido. En un país de cunas de oro y de mimbre, recortar las becas ANID es despojar de almohadas que concilien el sueño de un futuro donde florezca el mérito. Es arrebatar la posibilidad de que la inteligencia venza al privilegio y de que el esfuerzo supere al origen.

Aumentar el presupuesto en ciencia no es un capricho tecnocrático, sino un acto de justicia social: democratizar el conocimiento para que la excelencia no sea patrimonio de una élite. Porque el verdadero progreso consiste en garantizar que los doctores de nuestra patria se apelliden tanto Altman como Valenzuela. Solo entonces la ciencia dejará de ser un privilegio y se convertirá en un derecho; solo entonces el talento será más fuerte que la cuna y el mérito más poderoso que la herencia.

Que no se diga progresista quien no apoyó el progreso; que no se diga patriota quien no defendió a su pueblo. El anhelado 1% quedó en mera promesa: palos y bizcochuelos para la gente. Mientras el mundo avanza hacia la economía de los saberes, Chile permanece anclado en tiempos portalianos, donde el orden se impone sobre el desarrollo.

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