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Ciencia

Biovariedad: La ciencia que busca detectar el colapso ecológico antes de que desaparezcan las especies

La naturaleza puede seguir viéndose viva mientras pierde silenciosamente su capacidad de seguir existiendo. Ese es el problema que intenta abordar la Biovariedad (BV), un modelo desarrollado desde Chile.

Por Leonardo Lavanderos 16 de mayo de 2026 - 07:00

Durante décadas aprendimos a medir la biodiversidad contando especies. Mientras más aves, plantas, insectos o mamíferos existieran en un territorio, más sano parecía el ecosistema. Esa lógica permitió enormes avances en conservación y monitoreo ambiental. Sin embargo, hoy comienza a quedar en evidencia una pregunta incómoda:

¿Qué ocurre cuando un ecosistema todavía mantiene especies visibles, pero ya perdió su capacidad real de sostener la vida?

La crisis ecológica contemporánea está mostrando precisamente eso. Humedales que todavía albergan aves migratorias pero que ya no logran regenerar sus ciclos hídricos. Bosques que mantienen cobertura vegetal, aunque internamente se encuentran fragmentados y debilitados. Salares que continúan mostrando fauna emblemática mientras sus relaciones ecológicas profundas comienzan a erosionarse lentamente.

En otras palabras, la naturaleza puede seguir viéndose viva mientras pierde silenciosamente su capacidad de seguir existiendo. Ese es el problema que intenta abordar la Biovariedad ( BV), un modelo desarrollado desde Chile y recientemente publicado en la revista científica internacional Kybernetes.

La propuesta plantea algo radicalmente distinto a los indicadores tradicionales: dejar de medir únicamente “cuántas especies hay” y comenzar a evaluar la viabilidad relacional de los ecosistemas. La diferencia parece técnica, pero en realidad cambia completamente la manera de entender la crisis ambiental. La biodiversidad tradicional describe componentes. La Biovariedad intenta medir relaciones.

Cuando la biodiversidad no basta

La mayoría de los sistemas de evaluación ambiental siguen funcionando bajo una lógica relativamente lineal. Se contabilizan especies, abundancias, coberturas vegetacionales o variables físico-químicas. Luego esos datos se comparan con normas, umbrales o líneas base. El problema es que un ecosistema no funciona como una suma de piezas independientes.

Un salar no existe solamente porque haya flamencos, microorganismos o vegetación halófita. Existe porque esos elementos mantienen relaciones dinámicas capaces de sostener flujos de agua, ciclos químicos, sincronías biológicas y equilibrios territoriales complejos. Cuando esas relaciones comienzan a romperse, el deterioro puede avanzar mucho antes de que desaparezcan las especies visibles.

Ese desfase es precisamente uno de los grandes problemas de la gestión ambiental moderna: muchas veces detectamos el colapso cuando ya es demasiado tarde. La Biovariedad busca intervenir en ese punto ciego. El modelo propone que la viabilidad de un ecosistema depende de tres dimensiones inseparables:

La idea central es sencilla: un ecosistema puede tener biodiversidad observable y aun así haber perdido coherencia funcional o capacidad adaptativa. Eso significa que puede seguir operando por un tiempo, pero ya no tiene margen suficiente para reorganizarse frente a nuevas perturbaciones.

El problema de la fragilidad silenciosa

Uno de los aportes más relevantes de la Biovariedad es que introduce el concepto de “ reserva adaptativa ”. Es decir, el margen ecológico que tiene un sistema para absorber crisis sin colapsar.

Esto resulta particularmente importante en contextos como Chile, donde la presión simultánea del cambio climático, la expansión minera, la crisis hídrica y la fragmentación territorial está llevando a muchos ecosistemas hacia estados de fragilidad acumulativa. En términos simples, un territorio puede seguir funcionando, pero hacerlo al borde de sus capacidades.

Ese fenómeno aparece claramente en diversos salares altoandinos. Algunos mantienen todavía fauna emblemática y procesos ecológicos activos, pero presentan pérdida de conectividad hídrica, debilitamiento de procesos basales o disminución de capacidad regenerativa.

Desde la mirada clásica, el sistema “todavía funciona”. Desde la Biovariedad, en cambio, el ecosistema ya comenzó a perder viabilidad. La diferencia no es menor. Implica pasar desde una gestión reactiva hacia una lógica anticipatoria. No esperar el colapso visible, sino detectar tempranamente la erosión de las relaciones que sostienen la vida.

Más allá de contar especies

El debate internacional sobre biodiversidad ya comenzó a reconocer estas limitaciones. De hecho, gran parte de las discusiones posteriores al Marco Global de Biodiversidad de Kunming-Montreal apuntan justamente a la necesidad de desarrollar indicadores capaces de medir resiliencia, conectividad y capacidad adaptativa.

La Biovariedad se inserta en esa discusión, pero proponiendo una lectura distinta: la naturaleza no puede comprenderse únicamente como un inventario de objetos biológicos. La vida funciona como una red dinámica de relaciones. Por eso el modelo incorpora elementos que normalmente quedan fuera de los sistemas tradicionales de evaluación:

Esto permite construir diagnósticos mucho más sensibles frente a procesos de deterioro lento o acumulativo. Un ecosistema puede mantener riqueza biológica observable y, aun así, haber perdido plasticidad ecológica. Es decir, haber perdido capacidad de reorganizarse. Ese punto es crítico en escenarios de cambio climático acelerado. La pregunta ya no es solamente cuántas especies sobreviven, sino qué territorios conservan todavía capacidad real de adaptación.

Permisología y conflicto ambiental

La discusión también tiene consecuencias políticas. En Chile, buena parte de los conflictos socioambientales aparecen precisamente porque los sistemas de evaluación operan bajo una lógica fragmentada y tardía. Muchas veces un proyecto cumple indicadores específicos y aun así genera deterioros ecológicos acumulativos que terminan explotando años después.

La Biovariedad propone una aproximación distinta. No preguntar solamente si existe impacto inmediato, sino cuánto margen real posee el territorio para soportar nuevas perturbaciones sin perder viabilidad. Eso cambia completamente el enfoque de la permisología, porque un ecosistema con baja reserva adaptativa puede volverse extremadamente vulnerable incluso frente a impactos aparentemente menores.

En ese sentido, la Biovariedad no busca transformarse en un nuevo indicador burocrático, sino en una herramienta de gobernanza anticipatoria capaz de detectar fragilidad antes del colapso visible.

La disputa por cómo entendemos la naturaleza

Tal vez el aspecto más profundo de esta discusión no sea técnico, sino cultural. Durante mucho tiempo la modernidad entendió la naturaleza como un conjunto de recursos separados entre sí. Esa mirada permitió enormes desarrollos científicos e industriales, pero también fragmentó nuestra comprensión de los sistemas vivos.

La Biovariedad intenta recuperar otra idea: la vida no depende solamente de componentes, sino de coherencias relacionales. Cuando esas coherencias se rompen, el deterioro puede avanzar silenciosamente incluso antes de que las estadísticas tradicionales logren detectarlo.

Por eso la crisis ecológica contemporánea no es únicamente una crisis de especies, es también una crisis de relaciones. Y quizás ahí se encuentra el desafío más importante de las próximas décadas: aprender a reconocer cuándo un territorio sigue pareciendo vivo, pero ya comenzó lentamente a perder las condiciones que hacen posible la vida.

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