sábado 07 de noviembre de 2026

Plásticos están salvando las cosechas de Chile pero generan basura difícil de gestionar para la agricultura

Toneladas de plástico usadas para agricultura terminan quemadas, enterradas o en vertederos. Especialistas piden buscar productos más duraderos y reciclables.

7 de noviembre de 2026 - 10:09

Bajo el sol, entre hileras de cultivos y sistemas de riego, el plástico se ha convertido en parte del paisaje agrícola. Se utiliza para cubrir la tierra, proteger las plantas y resguardar las cosechas frente a condiciones adversas. Pero cuando estos materiales dejan de ser útiles, surge otro desafío: qué hacer con ellos. Es un problema que atraviesa fronteras y que obliga a revisar no solo cómo se gestionan los residuos, sino también cuánto plástico necesita realmente la producción de alimentos.

A lo largo del territorio se cultivan hortalizas, frutas, tubérculos y otros productos agrícolas, tanto en invernaderos como a cielo abierto. Para proteger los cultivos y enfrentar condiciones climáticas adversas, los agricultores recurren a distintas técnicas y tecnologías, entre ellas el uso de plásticos agrícolas.

En este escenario, los plásticos agrícolas pueden contribuir a proteger los cultivos y manejar el agua. Sin embargo, esos beneficios conviven con los problemas que representan los plásticos, tanto por su origen como por lo que pasa tras el fin de su vida útil.

Residuos plásticos en la agricultura de Chile. 

Residuos plásticos en la agricultura de Chile.

Un problema que va más allá de Chile

Según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), las cadenas de valor agrícolas utilizaron 12,5 millones de toneladas de productos plásticos en la producción vegetal y animal durante 2019. Entre ellos se encuentran las películas para cubrir el suelo, los plásticos de invernadero y los sistemas de riego.

La organización advierte que una parte importante de estos materiales no se recoge ni se recicla. Algunos terminan enterrados o abandonados, mientras que las películas utilizadas para cubrir los cultivos pueden fragmentarse y dejar residuos en el suelo.

La FAO también advierte que la demanda mundial de películas plásticas para invernaderos, cobertura del suelo y ensilaje podría aumentar cerca de un 50% hacia 2030. El desafío, por tanto, no consiste únicamente en mejorar la gestión de los residuos existentes, sino también en reducir la dependencia de estos materiales cuando sea posible.

Esta perspectiva coincide con uno de los principios centrales de la estrategia basura cero, que busca prevenir la generación de residuos en lugar de concentrarse exclusivamente en su tratamiento posterior.

Cubiertas de malla plástica en un cultivo agrícola.

Cubiertas de malla plástica en un cultivo agrícola.

Según la Zero Waste International Alliance, el modelo promueve la conservación de los recursos mediante una producción y un consumo responsables, la reutilización y la recuperación de materiales, evitando su eliminación de formas que amenacen el medioambiente o la salud.

Aplicado a la agricultura, esto implica preguntarse qué plásticos pueden dejar de utilizarse, cuáles pueden reemplazarse por otras soluciones y cómo evitar que materiales de corta vida útil terminen contaminando los campos. En ese sentido, la prevención ocupa un lugar central: evitar que un material se convierta en basura antes de tener que buscar cómo tratarlo.

El desafío de los plásticos agrícolas en Chile

En 2016 se puso en marcha el proyecto «Mejoramiento de Gestión de Residuos Plásticos en Campos Agrícolas, Zona Rezagada, Región del Maule», cuyo objetivo era diagnosticar la generación y el manejo de estos residuos y evaluar la factibilidad de implementar un plan integral de gestión a corto, mediano y largo plazo.

La iniciativa tuvo una nueva etapa en 2018, con acciones en cuatro comunas de la región: Pelluhue, Chanco, Cauquenes y Empedrado. El programa permitió recuperar 35 toneladas de plástico, pero solo una parte pudo destinarse al reciclaje y la valorización. El diagnóstico también identificó la quema como una práctica utilizada para eliminar estos residuos.

El proyecto abordó materiales como cintas y mangas de riego, cubiertas de invernaderos, mulch —una cubierta utilizada para proteger el suelo— y envases de productos fitosanitarios.

En ese contexto, la entonces secretaria regional ministerial del Medio Ambiente del Maule, María Eliana Vega Fernández, advirtió sobre los riesgos de la quema de estos materiales para los suelos y el medioambiente. Según informó la autoridad en esa época, más del 56% de los plásticos agrícolas terminaba quemado.

A diez años de la puesta en marcha del proyecto, las dificultades para gestionar estos residuos siguen siendo relevantes. Un estudio publicado en 2022 en el libro Propuestas para Chile, de la Pontificia Universidad Católica, estimó que en el país se desechan entre 22.000 y 27.000 toneladas anuales de películas plásticas agrícolas, utilizadas, por ejemplo, en invernaderos y como cubiertas de suelo. La investigación advirtió que estos materiales podían terminar quemados, enterrados o abandonados en vertederos ilegales.

Las dificultades también se reflejaban en la información disponible. En mayo de 2021, al responder una solicitud de acceso a la información presentada por Alejandra Parra Muñoz, asesora en residuos y plásticos de la Alianza Global para Alternativas a la Incineración (GAIA), el Ministerio del Medio Ambiente reconoció que “no se cuenta con un registro sistematizado” de las experiencias desarrolladas para reducir y valorizar los residuos plásticos agrícolas. La respuesta también señaló que no disponía de información completa sobre las cantidades, los tipos de plásticos utilizados y sus funciones.

Consultada sobre la continuidad del proyecto del Maule, desde el área de economía circular de la Secretaría Regional Ministerial (SEREMI) del Medio Ambiente señalaron que no cuentan con antecedentes que acrediten la continuidad formal de la iniciativa original. Sin embargo, indicaron que algunas de sus líneas de trabajo se han mantenido mediante actividades de difusión, capacitación y coordinación entre instituciones.

Entre las alternativas disponibles, la autoridad destacó el trabajo de CampoLimpio, sistema de gestión que recibe envases vacíos de productos agroindustriales, incluidos fitosanitarios, fertilizantes foliares y bioestimulantes, en el marco de la Ley de Responsabilidad Extendida del Productor (REP).

Los agricultores pueden entregar estos envases en centros fijos o campañas móviles de recepción, siguiendo las indicaciones para su manejo seguro. Posteriormente, gestores autorizados se encargan de su transporte y tratamiento.

Sin embargo, este mecanismo no abarca todos los plásticos utilizados en la producción agrícola. La SEREMI reconoce que persisten dificultades para gestionar materiales como las cubiertas de invernaderos y el mulch plástico, utilizado para cubrir el suelo y controlar el crecimiento de malezas.

Entre los obstáculos identificados por la autoridad están la dispersión de los predios agrícolas, los costos de recolección en zonas rurales, la falta de infraestructura y logística cercana y la baja reciclabilidad de algunos residuos, como las películas utilizadas en invernaderos y el mulch.

El diagnóstico permite distinguir dos realidades: mientras los envases de productos agroindustriales cuentan con sistemas de recolección, otros plásticos utilizados directamente en los cultivos siguen enfrentando dificultades para ser recuperados y valorizados.

De la falta de información a la quema

Ludovina Núñez conoce esa realidad desde su experiencia en los terrenos familiares que posee en Sagrada Familia, Región del Maule.

Su historia se remonta a la reforma agraria. Su padre fue uno de los beneficiarios del proceso de redistribución de tierras iniciado en Chile durante la década de 1960 y profundizado bajo los gobiernos de Eduardo Frei Montalva y Salvador Allende. Tras su fallecimiento, los terrenos quedaron en manos de sus nueve hijos, quienes durante un tiempo continuaron trabajándolos en comunidad.

Eran cerca de nueve hectáreas destinadas al cultivo de viñas. Con los años, los hermanos decidieron dividir la propiedad: los cuatro hombres continuaron con las parras, mientras que las cinco mujeres optaron por arrendar sus respectivas parcelas a un productor que instaló un cultivo de cerezos.

En las viñas, explica Núñez, el nylon reemplazó a materiales vegetales que antiguamente se utilizaban para amarrar los sarmientos. En los cultivos de cerezas, en tanto, los plásticos se utilizan para proteger la producción frente a las condiciones climáticas.

El problema aparece cuando estos materiales se deterioran o terminan su vida útil. Algunos pueden reutilizarse, por ejemplo, para cubrir invernaderos o cerrar gallineros. Sin embargo, esa alternativa no permite absorber todo el volumen que se genera. “Solamente quemarlo o regalarlo”, resume Núñez al describir las opciones que conoce para deshacerse de estos residuos.

Según su testimonio, parte de los plásticos que quedan en los predios termina quemándose junto con los restos de las podas. Otros materiales, como los utilizados en cultivos de sandía, pueden fragmentarse durante las labores agrícolas y quedar incorporados al suelo. “Al terminar la poda de la viña, se queman las ramas que siguen amarradas con el nylon, para hacer carbón (...) Nadie los desamarra para reutilizarlos, simplemente se queman”, explica.

Plantaciones agrícolas con amarres de nylon. 

Plantaciones agrícolas con amarres de nylon.

La agricultora también identifica una falta de orientación para gestionar estos residuos. A diferencia de los envases de productos fitosanitarios, que según relata comenzaron a ser recolectados tras recibir capacitación, no conoce un sistema equivalente para los nylon y las cubiertas plásticas de los cultivos. “Hubo solamente de los bidones, pero de los nylon, no, y no hay una cosa de acopio”, señala.

La agricultora recuerda que, antes de que se extendieran las prácticas de recolección y manejo seguro de estos envases, algunas personas reutilizaban recipientes que habían contenido productos químicos para guardar vino, sin conocer los riesgos asociados a los residuos que podían permanecer en ellos.

En los cultivos de sandía de Sagrada Familia, explica, también se extiende nylon sobre el suelo para reducir el crecimiento de malezas y favorecer el desarrollo de las plantas. Después de la cosecha, el plástico puede fragmentarse durante las labores con tractor y quedar mezclado con la tierra.

Para Núñez, una parte del problema también está en la falta de información sobre los efectos de estas prácticas. Según cuenta, todavía hay personas que consideran inofensivo quemar pequeñas cantidades de plástico.

“Yo les digo que ese humo es contaminante, pero creo que le hace falta más información a la gente del campo”, plantea. A su juicio, se necesitan instancias de orientación que expliquen los daños que puede provocar una gestión inadecuada de estos residuos.

Basura cero: alternativas para reducir el plástico desde el origen

Desde la SEREMI del Medio Ambiente del Maule reconocen que los avances en la gestión de residuos agrícolas no han resuelto todas las dificultades. Según la autoridad, aunque la Ley REP y sistemas como CampoLimpio han permitido avanzar, persisten desafíos para evitar que los residuos plásticos agrícolas terminen quemados, abandonados o eliminados junto con otros residuos domiciliarios.

Un estudio publicado en el libro Propuestas para Chile advierte, además, que cuando estos materiales se fragmentan y dispersan pueden contaminar los suelos y el agua con microplásticos y nanoplásticos.

Para Alejandra Parra, de GAIA, la respuesta no puede limitarse a mejorar la recolección una vez que los plásticos se convierten en residuos. También “es necesario reducir su uso y avanzar hacia sistemas de producción agrícola menos dependientes de estos materiales”.

Entre las medidas que propone están fortalecer la agroecología, recuperar prácticas campesinas que permitan prescindir de ciertos plásticos y desarrollar alternativas adaptadas a las condiciones locales.

El enfoque de basura cero también tiene una dimensión social y de justicia ambiental, que busca transformar los sistemas de producción y consumo, reducir la contaminación y evitar que los costos ambientales recaigan sobre las comunidades más vulnerables. Aplicado a la agricultura, esto implica considerar no solo el impacto de los plásticos en los suelos, sino también qué alternativas tienen los productores y si existen sistemas de recolección accesibles para quienes trabajan en zonas rurales.

Parra sostiene que la responsabilidad debe distribuirse entre el Estado y la industria. Mientras las autoridades deben establecer reglas claras, exigir transparencia sobre la composición de los plásticos utilizados en la agricultura y promover la agroecología, también deben desincentivar los usos innecesarios. Los fabricantes e importadores, por su parte, deberían asumir un papel más activo en el diseño y la gestión de los productos que ponen en el mercado.

“Los fabricantes e importadores deben diseñar sus productos para que no sean tóxicos, sean durables, y puedan ser reinsertados en una cadena de valor de manera sana y segura al final de su vida útil”, plantea Parra. Su propuesta cobra especial relevancia frente a la experiencia de Ludovina, quien relata que el sol deteriora los plásticos de los invernaderos y hace que algunos materiales se vuelvan rápidamente inutilizables.

¿Cómo reducir el plástico en agricultura?

Pero ¿cómo se puede reducir el plástico en las labores agrícolas? La FAO identifica alternativas para determinados usos, como reemplazar el mulch plástico por cultivos de cobertura o residuos vegetales, entre ellos la paja. Estos materiales permiten cubrir el suelo y pueden contribuir a conservar la humedad y limitar el crecimiento de malezas, sin dejar una película plástica que después deba retirarse o que pueda fragmentarse durante las labores agrícolas.

La organización también identifica posibilidades vinculadas con la bioeconomía, como el desarrollo de materiales elaborados a partir de recursos biológicos. Sin embargo, estas opciones presentan desafíos relacionados con sus costos, su biodegradabilidad y las condiciones necesarias para su compostaje. Que un material sea biodegradable o compostable no significa que pueda dejarse en cualquier terreno ni que se descomponga en todas las condiciones.

Por eso, no existe una alternativa única que permita reemplazar todos los plásticos agrícolas en cualquier cultivo. La viabilidad depende de la función del material, las condiciones del terreno y los recursos disponibles. Desde la perspectiva de basura cero, la prioridad es evitar los usos innecesarios, sustituir los materiales cuando existan opciones viables y reutilizar aquellos que puedan tener una vida útil más larga. Cuando el plástico no pueda eliminarse, es necesario asegurar su recuperación y gestión adecuada.

La reducción de los plásticos agrícolas también se relaciona con la acción climática. La mayor parte de los plásticos convencionales se fabrica a partir de materias primas derivadas del petróleo y el gas, por lo que su impacto no comienza cuando se desechan: también está asociado a su producción y, en definitiva, a todo su ciclo de vida. Reducir su utilización permite abordar tanto la generación de residuos persistentes como la dependencia de los combustibles fósiles.

En esta discusión también se inscribe el informe Sowing a Plastic Planet, publicado en 2022 por el Centro de Derecho Ambiental Internacional (CIEL). El documento aborda un problema más específico: el uso de microplásticos incorporados intencionalmente a fertilizantes y pesticidas. Advierte que estos recubrimientos pueden liberar microplásticos directamente en los suelos agrícolas y que las partículas pueden transportar sustancias tóxicas. Sus autores llaman a regular este uso y a profundizar la investigación sobre sus efectos ambientales y sanitarios.

La experiencia del Maule muestra tanto las posibilidades como las limitaciones de las iniciativas para recuperar los plásticos agrícolas. Aunque el proyecto permitió recolectar parte de estos residuos, las dificultades para gestionar materiales como el mulch y las cubiertas de invernadero persisten, y no hay antecedentes que acrediten la continuidad formal de la iniciativa original.

El desafío, sin embargo, va más allá de mejorar los sistemas de recolección. Como plantea el modelo basura cero, también es necesario reducir la generación de residuos desde el origen, evaluar qué materiales pueden reemplazarse y promover alternativas adaptadas a las condiciones de cada cultivo. Para Chile, al igual que para otros países que enfrentan este problema, avanzar hacia una agricultura sin plástico requiere de un cambio de paradigma.

Este artículo fue producido con el apoyo de Climate Tracker América Latina, GAIA y Break Free From Plastic

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