Esta semana asistí al CEINA para el visionado de Todos los males (2026), el segundo largometraje de Nicolás Postiglioni (Inmersión, 2021). Esta obra es una adaptación muy libre del relato “Bella cosa mortal” de Alejandro Sieveking. Ambientada en un Valdivia rural y sobre la colonización alemana en 1957, la historia la protagoniza Daniel (Teodoro Bustos), un adolescente de 13 años. Tras la muerte de su madre y ante la incapacidad del padre alcohólico, el joven es dejado al cuidado de sus parientes paternos, los Riedel. Mientras su tía Dorothea (Catrin Striebeck) intenta moldearlo bajo la disciplina de su moral rígida y la religión católica, la incipiente rebeldía del joven provocará un terremoto de proporciones que revelará los secretos más oprobiosos de una familia que se refugia con celo en su propio sentido de pertenencia.
Hay muchas aristas plasmadas con éxito.
La distinción de clase y nacionalidad están bien logradas en las escenas. Mientras los colonos alemanes resguardan su identidad y jerarquía hablando su lengua materna entre ellos y dentro del hogar, se produce un contraste lingüístico con los personajes chilenos. Afuera, entre los inquilinos y las empleadas se reconoce un español chileno marcado por apócope y elisión, nuestra característica habla donde las palabras se presentan truncas o a medio terminar. Lo dicho no solo es un rasgo fonético sino una marca de clase que profundiza la distancia entre lo germánico y lo popular chileno que sostiene el funcionamiento del fundo. Además, el hecho de que Daniel haya sido educado a la usanza chilena tensiona su sentido de pertenencia, pues se siente ajeno en un entorno de rígida cultura europea.
El amor no correspondido y el deseo oprimido.
Esta dicotomía de cultura e identidad en Daniel será un tira y afloja. Mientras a él le llama la atención Ema (Emilia Contreras), la hija de los inquilinos que a su edad trabaja ayudando en el campo y no asiste a la escuela; su prima Hilda (Fernanda Finsterbusch), quien me parece un personaje de mayor expresividad, intenta “aguacharlo” para que se sienta parte de la Familia, y también, para cumplir sus deseos y fantasías más oprimidas.
En contraste, en su primo observamos su sadismo y será el “acusete” movido por la amenaza que supone Daniel por la atención de su madre. Así, como Michael Corleone en el sillón bien recibido, el primo es felicitado al hacer su primera comunión por colonos vecinos, pero su intención es tomar revancha para asegurar el sitial que considera suyo por derecho.
Al poco andar aparece un rebaño de corderos en permanente amenaza de perros salvajes que aún no han podido capturar. La figura del cordero en el cine tiene larga tradición en el entorno rural y, probablemente, el lector reconocerá que es parte de la iconografía católica, no obstante, en el cine funciona como un presagio narrativo. Así, como en la canción de la liturgia “el cordero de Dios que quita los pecados del mundo” su presencia es un indicio de pureza y mansedumbre, sumado a una extraña sensación de calma, mas el sacrificio es inevitable dando sentido a la trama.
Lo mejor de la película es, por supuesto, el paisaje. Lograron la hazaña imposible de encontrar locaciones en Valdivia que parecen... Valdivia. La producción logró instalar en el sur de Chile que el cielo es gris y que deriva en un ambiente complejo. Este dejo de realidad junto a la música nos recuerda que debemos estar perturbados, moldea el ánimo de la colonia a un ritmo tan vertiginoso como el de un caracol con depresión.
En este festín de nubes sombrías, la cinta navega entre el drama y el thriller psicológico, utilizando conceptos como la culpa y la paranoia. Y aunque se nota que pasaron mucho tiempo en el bosque bajo la lluvia —lo cual es muy sacrificado, claro—, uno se queda esperando que pase algo. Entre tanto árbol y tantos rostros parcos, se les olvidó el terror de verdad. Se echa de menos una buena cuchillería pertinente como cuando los protagonistas de Twisters (1996) intentan protegerse en el galpón rural del último tornado. Asimismo, se extraña un poco de sangre en colores y cualquier cosa que permita modificar la parsimonia estética y nos confirme que, efectivamente, hay una amenaza y no era sólo falta de vitamina D, como sucede con la hostilidad de los vecinos hacia Antoine (Denis Ménochet) en As bestias (2022). Resulta ineludible señalar la cita visual que Postiglioni rinde a Daniel Benavides al inicio de la cinta. La composición de unos pies en medio del bosque es una referencia a El asesino entre nosotros (2007), un guiño que conecta esta nueva entrega con el género thriller en el cine nacional.
Todos los males se sostiene sobre una paradoja visual: es precisamente esa factura impecable y su belleza paisajística la que sirve de velo para lo sórdido. La dedicación de la puesta en escena actúa como un refugio para los secretos y las mentiras familiares, logrando que, cuando la violencia finalmente asoma, el contraste resulte doblemente chocante. Aunque el filme transita por una senda de silencios que arriesga el pulso narrativo, no deja de ser una propuesta necesaria, porque los paisajes más idílicos son los que guardan los secretos más sórdidos.
Todos los males
Dirección: Nicolás Postiglione
Guion: Nicolás Postiglione, Alejandro Sieveking
Elenco:
Fernanda Finsterbusch – Hilda
Catrin Striebeck – Dorothea
Teodoro Bustos – Daniel
Tilo Werner – Helmut
Aaron Graf – Hermann
Emilia Contreras – Ema
Gerardo Ebert – Stefan
Dirección de Fotografía: Benjamín Echazarreta
Montaje: Guille Gatti
Fotografía: Benjamín Echazarreta
Música: Paulo Gallo
Vestuario: Carolina de María
Países de producción: Chile, México, Argentina
Productoras: Oro Films, Whisky Content, Frame
Productora asociada: Yagán Films
Producción: Dominga Ortúzar, Florencia Rodríguez, Juan Bernardo González, Arturo Pereyra
Distribuye: Storyboard Media
Diseño de Producción: Amparo Baeza
Duración: 97 minutos
Idiomas: Español / Alemán
Festivales:
Fantastic Fest 2025, Selección Oficial
Sitges, Festival Internacional de Cine Fantástico de Cataluña 2025, Selección Oficial