Valparaíso tiene una doble cara: a la vista, una ciudad patrimonial que se vende al mundo y, bajo esa superficie, otra realidad persiste: circuitos informales donde la basura no desaparece, sino que circula y se convierte en sustento.
Guiados por el fotógrafo y académico Lucas Urenda, los estudiatnes del taller de fotoperiodismo de la escuela de fotografía de la PUCV visibilizan espacios en Valparaíso.
La ciudad que recicla lo que el sistema desecha
En bodegas ocultas, patios interiores y espacios fuera del mapa turístico, se articula una economía basada en la recuperación de materiales. Cables, electrodomésticos, metales y objetos olvidados ingresan a un circuito donde son clasificados, pesados y vendidos a modo de reciclaje.
Es la economía del “cachureo”: una práctica de supervivencia donde la frontera entre basura, mercancía y memoria se vuelve difusa.
“Lo que la ciudad desecha no desaparece: circula, se transforma y sostiene vidas” “Lo que la ciudad desecha no desaparece: circula, se transforma y sostiene vidas”
Oficio, cuerpo y conocimiento
Aquí no hay automatización. El trabajo es manual, constante y exige experiencia.
Cortar, separar, pesar, identificar materiales: cada gesto responde a un saber aprendido en la práctica.
En la penumbra, entre chispas y polvo, los cuerpos se inclinan y resisten. El suelo —marcado por aceite y residuos— funciona como una memoria física donde el tiempo se acumula.
Foto: Valentina Olguín
Más que trabajo: espacios donde se vive
Las chatarrerías no son solo lugares productivos. También son espacios habitados.
Entre herramientas desgastadas aparecen altares, calendarios detenidos, objetos personales. Lo íntimo convive con lo laboral, transformando estos lugares en entornos domésticos donde se construye comunidad.
“Aquí no solo se trabaja: se convive, se reconoce al otro, se construye comunidad” “Aquí no solo se trabaja: se convive, se reconoce al otro, se construye comunidad”
Un museo invisible de la ciudad
Cada objeto que llega carga una historia interrumpida. La chatarrería se convierte en un archivo involuntario, un museo de lo que fue descartado.
Nada está completamente detenido: todo está en tránsito, esperando ser vendido, fundido o transformado. Incluso los animales —como gatos— forman parte de este ecosistema, reforzando la convivencia entre lo humano y lo material.
Redes que sostienen la supervivencia
Este sistema también funciona como punto de encuentro. Personas llegan desde distintos sectores con materiales recolectados, generando una economía directa.
Pero más allá del dinero, se construyen relaciones: confianza, repetición.
Una red urbana que, aunque marginal, resulta fundamental para quienes dependen de ella.
Foto: Fernanda Román
Un tiempo suspendido
En estos espacios, el tiempo parece operar de otra forma. Todo se mueve —personas, objetos, materiales— pero al mismo tiempo, algo permanece. Se trata de un oficio heredado, que ha persistido por generaciones, incluso desde tiempos de dictadura, como una forma de subsistencia frente a la falta de oportunidades.
La pregunta incómoda
En una ciudad marcada por la desigualdad y la sobreproducción, estos espacios abren una interrogante urgente: ¿Qué dice de nosotros aquello que decidimos desechar?
La respuesta no está en la postal de Valparaíso, sino en estos territorios invisibles donde la materia resiste y las vidas continúan, día a día, encontrando formas de persistir.
Foto: Monserrat Muñoz