¿Reforma o refundación de Naciones Unidos y qué gana Chile si Bachelet dirige la ONU?
Lejos está el día en que se consagró la declaración de principios de la Organización de las Naciones Unidas. Hoy, se reflejan desequilibrios de poder, que permite a los Estados Unidos de Norteamérica, Reino Unido, Francia, Rusia y China bloquear decisiones que les desfavorecen, limitando el accionar y la efectividad de ONU como organismo realmente multilateral.
A una rígida estructura, hay que sumar las profundas transformaciones en la demografía, la globalización, la economía interrelacionada, el avance tecnológico y el cambio climático, los que superan la estructura institucional diseñada en la posguerra.
El contexto actual requiere contar con un sistema internacional de efectiva representación multipolar, que permita enfrentar los conflictos regionales, la desigualdad estructural, las crisis migratorias, la creciente amenaza climática y la redistribución del poder económico-social hacia nuevas potencias emergentes.
La ONU mantiene su legitimidad normativa, pero su capacidad operativa resulta muy limitada por su rigidez institucional, la fragmentación burocrática y una estructura de gobernanza que no refleja la realidad.
Más que lograr transformaciones positivas de alcance global, se legitima en su accionar el poder desigual y se deja de lado a la justicia real. En este contexto se requiere comenzar a construir un nuevo sistema internacional, de efectiva representación multipolar.
Se abre entonces una ventana de oportunidad a los países medianos, estables y con credibilidad normativa, para actuar como articuladores, negociadores y generadores de consensos para una ONU renovada. Chile puede sumarse como actor si es que Michelle Bachelet es elegida como Secretaria General, sumándose tras ella en esta articulación y desde esta posición defender algunas prioridades de nuestra política exterior, como la autonomía frente a las grandes potencias.
Una mirada del orden mundial anclada en el siglo pasado, no permite balancear y equilibrar el poder entre nuevas potencias como la India, la nación más poblada del planeta, la quinta mayor economía mundial y que no es parte permanente del Consejo de Seguridad; lo mismo ocurre con potencias regionales como Brasil, Sudáfrica, Indonesia y otras naciones que en los últimos 30 años han consolidado su crecimiento poblacional, económico e industrial.
Un mundo tan interconectado necesita de la cooperación de todas las naciones. Las diferencias culturales, sociales, económicas, militares y religiosas no pueden ser el muro impenetrable para una relación armoniosa y pacífica, que permita al mundo avanzar en la construcción de una seguridad global, basada en la resolución pacífica de las diferencias, la cooperación y la lucha contra las amenazas globales como la crisis climática, el hambre y todos los males que nos aquejan.
Avanzar en la construcción de una nueva gobernanza global, más efectiva y democrática, que dé garantías a las grandes potencias y resguardo al resto de las naciones, debe ser el principal objetivo de quien dirija a la ONU en el nuevo ciclo que comenzará a fines de 2026. La desigualdad económica global, la concentración de riqueza y la enorme brecha de oportunidades son temas prioritarios a abordar.
Se requiere de toda la experiencia y capacidad diplomática de una persona como Michelle Bachelet, para construir una seguridad jurídica reconocida por todas las naciones, para trabajar unidos por la paz mundial, de sumar el apoyo de la ciencia en la lucha contra el hambre y las enfermedades; y de tener convicción, para crecer como humanidad.