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Gobernar desde el miedo: Lo que no aparece en ningún programa
Foto: Agencia Uno

Gobernar desde el miedo: Lo que no aparece en ningún programa

Por: Jeniffer Aceituno Jiménez | 16.03.2026
Hay una diferencia entre un pueblo que actúa y un pueblo que reacciona. Entre una comunidad que se mueve desde lo que quiere construir y una que se mueve desde lo que teme perder. Esa diferencia no es retórica: determina qué vínculos se forman, qué proyectos se vuelven pensables, qué futuros se hacen posibles.

A días de asumido el nuevo gobierno usted ya sabe qué promete: más seguridad, fronteras más firmes, menos gasto, más orden. Lo que nadie le ha preguntado es: ¿desde qué afecto gobernará? Y lo que nadie le ha explicado es por qué esa pregunta importa más de lo que parece.

No es una pregunta psicológica ni moralista. Es una pregunta política en el sentido más riguroso. Las comunidades no se organizan solo en torno a programas; se organizan en torno a emociones colectivas. Hay emociones que construyen comunidad —la indignación compartida, la alegría de lograr algo juntos, la solidaridad que convierte a desconocidos en vecinos— y hay emociones que la destruyen. El miedo es la más eficaz de las segundas.

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La campaña que terminó en diciembre fue construida, deliberada y eficazmente, sobre el miedo. Ese miedo era real —nadie que viva en una población de Santiago o de Concepción puede negarlo— pero fue también administrado: amplificado, dirigido, convertido en combustible electoral.

Quien actúa desde el miedo no actúa: reacciona. El miedo crónico destruye la capacidad de imaginar al otro como alguien con quien construir algo, y produce exactamente el tipo de sociedad donde el crimen prospera mejor: atomizada, sin redes de cuidado, donde cada quien cierra su puerta y espera que el Estado resuelva lo que solo la comunidad puede resolver.

La filosofía política tiene un nombre para lo contrario: los afectos activos. Son aquellos que emergen no de la reacción ante una amenaza externa, sino de la comprensión de las causas que nos determinan y de la capacidad de actuar sobre ellas. La indignación lúcida ante la injusticia es un afecto activo. La alegría de construir algo juntos lo es. La solidaridad organizada también.

Cuando estos afectos circulan en una comunidad, no se suman aritméticamente: se multiplican. Una comunidad que actúa desde la alegría compartida o la indignación lúcida tiene más capacidad de obrar que la suma de sus miembros actuando solos. Eso es la potencia colectiva: no un eslogan, sino una descripción de cómo funciona el poder real de las comunidades que han transformado algo. Investigando las filosofías feministas y comunitarias latinoamericanas, encuentro una y otra vez esa evidencia: las comunidades que han sobrevivido a las peores condiciones no lo han hecho desde el miedo, sino todo lo contrario.

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Las ollas comunes de los ochenta, las organizaciones de mujeres que levantaron comedores y guarderías cuando el Estado no estaba: ninguna fue posible desde el repliegue. Todas fueron posibles desde afectos activos —solidaridad organizada, indignación lúcida, alegría de construir juntos— que aumentaron la potencia de obrar de cada una y del conjunto.

El nuevo gobierno llega desconfiando explícitamente de los movimientos que han hecho precisamente ese trabajo: el feminismo comunitario, el ambientalismo territorial, las organizaciones indígenas. Si uno observa sus prácticas —no sus declaraciones— encuentra redes de cuidado construidas desde abajo, economías solidarias en territorios abandonados. Desmantelarlas en nombre del orden produce más desorden, no menos.

Hay una diferencia entre un pueblo que actúa y un pueblo que reacciona. Entre una comunidad que se mueve desde lo que quiere construir y una que se mueve desde lo que teme perder. Esa diferencia no es retórica: determina qué vínculos se forman, qué proyectos se vuelven pensables, qué futuros se hacen posibles.

El miércoles 11 de marzo no fue solo un cambio de gobierno. Fue el inicio de una elección que nos tocará día a día: ¿dejamos que el miedo organice nuestra vida común? ¿o elegimos habitar el único territorio que el miedo no puede cercar: el de lo que aún podemos imaginar juntos?

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