viernes 15 de mayo de 2026

El recreo solitario: La discriminación que nunca se fue

La historia del VIH ya nos mostró lo que ocurre cuando la política pública se diseña desde el prejuicio. El abandono inicial no fue solo falta de información: fue una decisión atravesada por moralismo y estigmatización. Por eso, hablar de cero discriminación hoy no es un gesto simbólico. Es una definición política.

2 de marzo de 2026 - 00:00

Marzo en Chile tiene olor a cuadernos nuevos, uniformes recién planchados y patios que vuelven a llenarse de ruido. Comienza el año escolar y, con él, el ritual de repetir que nuestras escuelas son espacios inclusivos, seguros, respetuosos de la diversidad.

Cada 1 de marzo, además, el mundo conmemora el Día de la Cero Discriminación impulsado por ONUSIDA. La consigna parece incuestionable: nadie debería ser excluido por vivir con VIH.

Sin embargo, hay recuerdos que tensionan esa certeza.

Hace 25 años, cuando comencé a trabajar en VIH-SIDA, fui testigo de una escena que todavía me acompaña. Un niño seropositivo había logrado ingresar al sistema escolar —lo que en ese tiempo ya constituía un pequeño triunfo—, pero apenas el establecimiento supo que vivía con VIH, lo apartó del resto.

La medida se presentó como “técnica”, “preventiva”, adoptada “por seguridad”. En la práctica, significó asignarle un recreo diferido para —según argumentaron— “evitar posibles situaciones de riesgo al jugar”.

Mientras sus compañeros corrían, se empujaban, aprendían a convivir en ese laboratorio social que es el patio, él esperaba. Solo. La escuela, que debía garantizar inclusión, le enseñó otra cosa: que su diagnóstico lo convertía en amenaza.

Han pasado dos décadas y media. La ciencia avanzó de manera radical. Hoy el VIH es una condición crónica tratable; sabemos que una persona con carga viral indetectable no transmite el virus. La farmacología de última generación ha transformado el pronóstico y la calidad de vida. Pero el estigma no desaparece al mismo ritmo que la evidencia.

Todavía hay personas que ocultan su diagnóstico por miedo a perder el empleo. Todavía se produce morbo mediático cuando alguien conocido revela su condición serológica. Todavía circula la sospecha, el susurro, la distancia prudente que termina siendo exclusión.

Propongo un ejercicio incómodo: entremos a cualquier jardín infantil y preguntemos si es inclusivo. La respuesta será un sí inmediato. Nadie quiere asumirse discriminador. Pero si uno de los niños viviera con VIH, ¿la tranquilidad sería la misma? ¿No aparecerían las dudas, las conversaciones paralelas, la presión por “revisar protocolos”?

Así opera hoy el estigma: no siempre como prohibición explícita, sino como temor legitimado. Como sobreprotección que aísla. Como moral que se disfraza de prudencia. Y este fenómeno no ocurre en el vacío.

En Chile y en el mundo asistimos al fortalecimiento de discursos conservadores y fundamentalistas que buscan reinstalar la moral como eje ordenador de la política pública. Se cuestiona la educación sexual integral, se relativizan los enfoques de género, se sospecha de las diversidades. Se instala la idea de que los derechos son concesiones ideológicas y no garantías democráticas.

Cuando esa lógica permea al Estado el terreno para la discriminación se amplía. No hace falta promulgar normas abiertamente excluyentes. Basta con despriorizar programas, debilitar campañas de prevención, retirar financiamiento a organizaciones comunitarias o permitir que el miedo circule sin contrapeso institucional.

La historia del VIH ya nos mostró lo que ocurre cuando la política pública se diseña desde el prejuicio. El abandono inicial no fue solo falta de información: fue una decisión atravesada por moralismo y estigmatización. Por eso, hablar de cero discriminación hoy no es un gesto simbólico. Es una definición política.

Y esa definición también se juega en el plano internacional. El propio sistema multilateral atraviesa un momento de fragilidad. Organismos que han sostenido durante décadas la respuesta global al VIH enfrentan incertidumbre financiera y reconfiguraciones derivadas de nuevas prioridades geopolíticas. El futuro de ONUSIDA, tal como lo hemos conocido, no está garantizado en el mediano plazo si los Estados reducen su compromiso y financiamiento.

Cuando el compromiso global se debilita, la señal es clara: la protección de derechos vuelve a depender —aún más— del vaivén ideológico de los gobiernos de turno. Por eso este 1 de marzo, que recién pasó, no puede estancarse en una fecha conmemorativa, debe abrir -para todo marzo, y este año completo- una invitación incómoda a revisar nuestras prácticas cotidianas, nuestras políticas públicas y nuestras prioridades como sociedad.

La ciencia avanzó. La pregunta es si nuestra cultura democrática avanzó con ella. Porque ningún niño debería volver a aprender, en medio del recreo, que su diferencia lo condena a la soledad.

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Imagen referencial / Agencia Uno

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