Paisaje de montaña recuperado tras años de intervención y ahora amenazado por la minería: El caso del Parque Andino Juncal
En la alta cordillera de la Región de Valparaíso, en el Valle del Aconcagua, existe un territorio que contradice la idea de que la degradación ambiental es irreversible. El Parque Andino Juncal, un área privada de conservación ubicada sobre los 2.000 metros de altitud, se ha transformado en una iniciativa relevante —y poco visibilizada— de protección ecosistémica en la zona central de Chile, en un ecosistema altamente intervenido.
De acuerdo con el encargado de operaciones del parque, Martín Sapaj Aguilera, el Parque Andino Juncal protege casi 14.000 hectáreas dedicadas a la conservación y al ecoturismo. Si bien existen otras áreas designadas en la franja cordillerana sobre los 2.000 metros sobre el nivel del mar en esta región, estas no cuentan con un sistema de gobernanza activa ni presencia permanente de guardaparques.
En este contexto, el Parque se inserta en un territorio continuo de más de 300.000 hectáreas y representa solamente alrededor del 3% de la superficie cordillerana bajo protección efectiva en la Región de Valparaíso.
Al tratarse de un parque privado, el control de visitantes es estricto. Esto no responde a un criterio elitista, sino a una necesidad ecológica: los ecosistemas de montaña son extremadamente frágiles. El ingreso masivo y desregulado implica riesgos directos, desde la erosión de suelos hasta la perturbación de fauna, acumulación de basura, incendios y daño a humedales y glaciares. La experiencia histórica del lugar es prueba de ello.
Pasado de intervención
Durante gran parte del siglo pasado, el área que hoy ocupa el parque fue utilizada sin regulación ni planificación. Actividades mineras, ganaderas, caza, libre uso de refugios y ejercicios militares dejaron una huella profunda. El territorio acumuló basura, restos bélicos, cercos, alambrados, vidrios, fogatas y suelos erosionados. Las laderas estaban degradadas y los humedales, empobrecidos.
En ese contexto, ver un guanaco hace 15 años era prácticamente imposible. La fauna había sido desplazada o eliminada, y el paisaje reflejaba décadas de abandono institucional.
Paisaje recuperado
El punto de inflexión llegó en 2003, cuando el área comenzó a ser protegida de manera sistemática. No fue necesaria una intervención artificial masiva: bastó detener las presiones humanas, ordenar el uso del territorio y permitir que los procesos naturales se reactivaran.
Los resultados hoy son contundentes, los guanacos se observan todos los días. No solo han regresado: se han consolidado manadas de hasta 200 individuos, un indicador claro de equilibrio ecológico.
Su presencia es clave, no solo como especie emblemática, sino como verdaderos restauradores del ecosistema. El guanaco contribuye a la regeneración de la vegetación nativa, a la dinámica de los suelos y a la recuperación de las laderas altoandinas, actuando como una especie ingeniera del paisaje.
Junto a ellos, han reaparecido los grandes depredadores. Cada vez se registran más pumas, señal inequívoca de una cadena trófica funcional. De manera aún más notable, el gato andino, una de las especies más esquivas y amenazadas del continente, ha sido detectado en cuatro puntos distintos del parque.
Sitio Ramsar
Los sitios Ramsar son humedales que han sido declarados de importancia internacional bajo la convención de Ramsar firmada en el año 1971. Con ello se logra conservar la biodiversidad, pues albergan gran variedad de flora y fauna, son hábitats para aves acuáticas y otras especies, inclusive en peligro de extinción. Son vitales para la regulación del clima y el control de inundaciones, ayudan a mitigar los efectos del cambio climático, actúan como sumideros de carbono y regulan el ciclo del agua, entre muchos otros aportes vitales para el planeta y ser humano.
En el parque se han catastrado alrededor de 70 especies de aves, reptiles adaptados a condiciones extremas y solo una especie de anfibio. La vegetación nativa ha comenzado a recolonizar las laderas, reduciendo la erosión y devolviendo estabilidad al suelo.
Los humedales altoandinos, fundamentales para la regulación hídrica, muestran un claro reverdecimiento. Y en el centro de este sistema se encuentra el glaciar Juncal, una reserva estratégica de agua dulce en un escenario de crisis climática y escasez hídrica creciente.
Proteger este glaciar no es solo una acción ambiental: es una decisión de seguridad hídrica para el Valle del Aconcagua. En un país donde la cordillera ha sido vista como espacio de extracción o tránsito, el Parque Andino Juncal muestra que con una gobernanza real se puede recuperar un ecosistema de montaña. Lo que alguna vez fue un lugar deteriorado por la minería, la ganadería y el abandono, en dos décadas se convirtió en un laboratorio vivo de recuperación ecológica.
Amenazas mineras
En los últimos años han surgido nuevas amenazas para esta zona. En 2024, el intento de una empresa minera con concesiones en el lugar por ingresar al espacio con ayuda de la fuerza pública, despertó un conflicto con habitantes de la zona y un movimiento ciudadano que levantó una adherencia masiva.
Hasta la artista y premio nacional de artes plásticas, Cecilia Vicuña, se sumó a la lucha con un evento artístico colectivo donde tejió un gran quipú junto a representantes de organizaciones locales y ambientales a lo largo del parque, llamando por el cuidado de los glaciares y las nacientes de agua del lugar.
En enero de 2026, organizaciones locales denuncian que se publicó en el Diario Oficial la constitución de 32 nuevas pertenencias o concesiones mineras dentro del valle Juncal, despertando nuevas alertas.