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¿Es imposible imaginar un futuro mejor?
Foto: Agencia Uno

¿Es imposible imaginar un futuro mejor?

Por: Tomás Pérez Muñoz | 17.02.2026
Una de las estrategias más eficaces de la ultraderecha contemporánea es precisamente la apelación a un pasado supuestamente robado: una nación homogénea, una economía próspera, una familia ordenada, una identidad sin fisuras. No importa si ese pasado nunca existió en los términos en que se lo describe; lo relevante es que funciona como refugio emocional frente a la intemperie del presente.

“La vida nunca se vuelve insoportable por las circunstancias, sino por la falta de sentido y propósito”, escribió Viktor Frankl en "El hombre en busca de sentido". Aún sometido a la maquinaria de exterminio nazi, el neurólogo encontró una verdad inquietante: lo que permite resistir no es solo la supervivencia física, sino la capacidad de proyectarse hacia un mañana, uno mejor.

Hoy, esa capacidad parece estar en crisis.

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Vivimos un tiempo en el que el futuro dejó de ofrecer promesas. No porque la historia haya terminado, sino porque las condiciones materiales han vuelto imposible imaginarla. ¿Quién puede pensar en un mañana mejor cuando no sabe si podrá pagar el arriendo a fin de mes? ¿Cómo proyectar una vida cuando la precariedad se vuelve permanente?

Y hablando en términos colectivos, basta con revisar las noticias internacionales de las últimas semanas para advertir cómo se ha desdibujado un horizonte común. La sensación dominante no es de avance, sino de incertidumbre.

Para Mark Fisher, en su libro Realismo capitalista: ¿No hay alternativa?, esto no es accidental, sino estructural. El sistema no solo organiza la economía, también organiza los límites de lo pensable. Se instala así la idea de que no existe alternativa al capitalismo. A saber, cuando estalla una crisis tendemos a culpar a individuos o gobiernos, pero rara vez a la maquinaria que opera en silencio. ¿Sufres depresión o burnout? Es un problema personal que se resuelve con fármacos. ¿La economía cae? Es culpa del gobierno de turno. El sistema, mientras tanto, permanece intacto.

De esta forma, la desesperanza se consolida como clima epocal. Y no en cualquier momento histórico, pues el orden mundial surgido tras la Guerra Fría atraviesa una crisis evidente. El relato del triunfo definitivo del capitalismo bajo hegemonía estadounidense se ha erosionado. Hoy el imperio norteamericano disputa su liderazgo con China, mientras sus propias contradicciones internas debilitan aquella promesa de estabilidad global.

En este contexto de incertidumbre emerge la retrotopía, concepto acuñado por Zygmunt Bauman. A diferencia de la utopía —que proyecta un futuro ideal— la retrotopía mira hacia atrás. Se instala la idea de que todo pasado fue mejor. No necesariamente como proyecto político explícito, al menos en un inicio, sino como sentimiento cotidiano. No es extraño oír que antes había más seguridad, que la vida era más barata o que “las cosas funcionaban mejor”.

La retrotopía, entonces, es ante todo un sentimiento de época. Frente a un futuro que no logramos divisar, nos refugiamos en un pasado idealizado en el que nos podemos refugiar.

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Dicho estado se trata de una consecuencia del capitalismo y el problema se refuerza cuando se emplea como táctica política. Una de las estrategias más eficaces de la ultraderecha contemporánea es precisamente la apelación a un pasado supuestamente robado: una nación homogénea, una economía próspera, una familia ordenada, una identidad sin fisuras. No importa si ese pasado nunca existió en los términos en que se lo describe; lo relevante es que funciona como refugio emocional frente a la intemperie del presente.

La retrotopía, entonces, deja de ser solo un sentimiento difuso y se convierte en programa de la derecha extrema. El malestar social encuentra un relato simple: no estamos peor por las contradicciones estructurales del sistema, sino porque alguien nos arrebató lo que era nuestro. Migrantes, minorías, movimientos sociales o gobiernos “progresistas” pasan a ser los culpables de un declive que en realidad tiene raíces más profundas. Así, la nostalgia se politiza y el miedo se organiza.

Se genera, pues, un círculo vicioso. Un sistema que cancela el futuro produce desesperanza; la desesperanza alimenta la nostalgia; la nostalgia es capturada por proyectos reaccionarios que prometen restaurar un orden perdido, pero que, en última instancia, no hacen sino reforzar las mismas estructuras que originaron el malestar.

Por eso la disputa no es únicamente económica ni institucional, es también una disputa por el horizonte. Imaginar un futuro mejor no es ingenuidad; es una condición de posibilidad para cualquier transformación. Sin horizonte, solo queda administrar la decadencia o refugiarse en el pasado. Con horizonte, en cambio, se abre la posibilidad de construir algo distinto.

La pregunta, entonces, no es si es imposible imaginar un futuro mejor. La pregunta es quién se atreve a hacerlo —y con qué proyecto colectivo— antes de que la nostalgia termine por clausurarlo definitivamente.

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