No nos pidan que no los honremos. No nos pidan que la resistencia palestina sea leída desde un lenguaje que la despoja de humanidad y la reduce a barbarie o terrorismo. Esa mirada forma parte de una operación política prolongada, orientada a borrar a un pueblo y a criminalizar cualquier forma de seguir existiendo.
Palestina 36 es un drama histórico de 2025, escrito y dirigido por Annemarie Jacir, ambientado durante el Mandato Británico, que narra la revuelta árabe de 1936–1939 contra el dominio colonial británico en Palestina.
Desde el inicio, Palestina 36 instala una idea central. La resistencia palestina no aparece de golpe ni nace desconectada de su propia historia. Se forma con el tiempo, década tras década, generación tras generación. La película recuerda que resistir surge cuando asesinan a tu familia y a tu pueblo, en tus aldeas, en tu tierra, en tu país; cuando la violencia deja marcas que no se borran y se transmiten.
Mucho antes de ser nombrada como un “conflicto permanente”, Palestina fue una tierra habitada y cuidada por su gente, con campos cultivados y comunidades organizadas, profundamente arraigadas en el territorio. Esa trama fue quebrada por la irrupción del Imperio británico y su proyecto colonial, que reorganizó la tierra y respaldó políticamente al sionismo.
Esa reorganización colonial se tradujo en un nuevo orden impuesto desde el poder. La administración británica facilitó la llegada masiva de colonos europeos e instauró una jerarquía que atravesó cada dimensión de la vida. Un régimen de dignidades distintas: una negada al pueblo palestino en su propia tierra y otra garantizada a los recién llegados bajo protección colonial. En ese escenario, la rabia dejó de ser individual y se transformó en una herida colectiva.
Fue el propio Imperio británico el que dio forma institucional a ese proceso a través de la Comisión Peel. Bajo el lenguaje de la administración y el “orden”, la comisión legitimó la violencia colonial al proponer la partición del territorio. Palestina quedó borrada como sujeto político y fragmentada bajo criterios definidos desde afuera, sin autodeterminación ni soberanía.
En paralelo, se desplegaron otras formas de control. La censura cultural y la propaganda sionista dirigida a la población árabe buscaron imponer aceptación del orden colonial y desarticular la resistencia. A eso se sumó la complicidad de sectores de la élite palestina, que administraron concesiones mínimas y vendieron “estabilidad” como coartada, una promesa que nunca llegó y se pagó con el sacrificio del propio pueblo.
Ese entramado de control y violencia es el que expone Palestina 36. Retrata un régimen colonial sostenido en la violencia sistemática contra el pueblo palestino, donde incluso la infancia queda tempranamente atravesada por el asesinato como práctica estructural. De esa imposición nace la resistencia, como respuesta política frente a un proyecto de eliminación.
Hoy, mientras Gaza es arrasada y la resistencia palestina vuelve a ser deshumanizada, ese mismo relato se reactiva. La memoria se diluye y se normaliza una empatía selectiva que evita la justicia. Pero hay una verdad que no se puede borrar: ningún pueblo acepta pasivamente que destruyan sus hogares y le nieguen el derecho a existir.
Honrar la resistencia palestina implica asumir esa historia sin atajos ni caricaturas. Implica reconocer que la rabia, el dolor y la decisión de resistir nacen de la pérdida acumulada, del desarraigo impuesto y de una violencia heredada cuando no hay reparación ni justicia.
“Para nuestra gente en Gaza en la época en que el mundo te falló”, dice el cierre de la película. La frase duele porque es cierta. Palestina ha atravesado décadas enteras de un mundo que falla de forma reiterada frente al despojo y el asesinato.