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El condón, el mito y la moral

El condón, el mito y la moral

Por: Facundo Ríos Velásquez | 13.02.2026
En este 13 de febrero, día del condón, comparto una crónica sobre masculinidad, placer y prevención en tiempos donde se pretende gobernar los cuerpos desde la moral, ignorando la diversidad sexual y la evidencia científica.

No es primera vez que lo escucho, pero esta vez fue en mi familia. Mi hermana le pasó un condón a mi sobrino con una advertencia rápida, casi automática: cuídate, no quiero ser abuela. No habló de placer, ni de deseo, ni del cuerpo. Habló del riesgo, de la consecuencia, de lo que hay que evitar. De cómo debe comportarse un hombre antes incluso de saber qué hacer con su propio cuerpo.

Horas después —o años antes, da lo mismo— el condón queda atrapado entre dos dedos. Todavía no es sexo. Es una pausa breve, incómoda, donde el deseo decide si sigue obedeciendo el guión aprendido o se permite otro gesto. Se intenta. No entra del todo. Se estira. Se vuelve a intentar. El cuerpo espera, el tiempo se enfría. Nadie dice nada, pero algo se resquebraja: no es el látex, es la idea de cómo debía ser ese sexo.

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Tal vez por eso existe un día para recordarlo. El 13 de febrero, justo antes de que el amor romántico vuelva a venderse como impulso irrefrenable y promesa eterna, aparece el Día del Condón como una interrupción incómoda. No para celebrar un objeto, sino para insistir en algo que sigue resultando intolerable para muchos: que el deseo también piensa, que el placer no está reñido con el cuidado, y que erotizar la responsabilidad sigue siendo una deuda cultural.

Durante años se difundió un falso consenso: que el condón funciona igual para todos. Un dato cómodo, repetido hasta volverse mito, que evitó hablar de cuerpos reales y deseos concretos. Como si el deseo masculino viniera con medidas estándar y manual incorporado. Pero los cuerpos no funcionan así. Hay penes largos y cortos, gruesos y delgados, rectos y curvos, sensibles en distintos puntos, cuerpos que reaccionan distinto al tacto, a la presión, al tiempo. Existen distintos tipos de preservativos porque existe diversidad corporal, no porque el mercado haya querido sofisticar el sexo.

El problema es que de esa diversidad casi no se habla. No aparece en la educación sexual, no se conversa entre hombres, no se nombra en la cama. Se reemplaza por la comparación, la exageración, la burla. Medir se vuelve una amenaza. Reconocer que algo aprieta, sobra o no ajusta implica aceptar un cuerpo real, no el cuerpo prometido por el porno ni por la masculinidad heredada. Entonces el condón falla antes de ponerse y el silencio se convierte en excusa. No porque no existan opciones, sino porque no existe permiso para decir: este es mi cuerpo, y así funciona.

En muchos hogares el condón fue presentado como un gesto progresista. Padres —y sobre todo madres— lo ofrecieron como protección, como barrera contra el embarazo, como forma responsable de iniciar la vida sexual. Pero casi nunca se habló de placer. Menos aún de otras prácticas, de otros cuerpos, de sexualidades que no buscan reproducirse.

El mensaje quedó claro: el condón sirve para evitar problemas, no para disfrutar. Así, cuando el riesgo de embarazo desaparece, el cuidado también se vuelve prescindible. No por falta de información, sino por una pedagogía del miedo que nunca se atrevió a hablar del deseo.

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Hablar del condón es hablar, inevitablemente, de prevención y de VIH. De una historia donde el cuerpo masculino fue educado para exponerse antes que cuidarse. Durante décadas, el preservativo fue —y sigue siendo— una de las herramientas más eficaces y accesibles para prevenir infecciones. Y aun así, su uso ha estado siempre rodeado del mismo relato: que corta el momento, que no es natural, que atenta contra la virilidad. El virus, en cambio, nunca creyó en esos mitos. No distingue tamaños, credos ni consignas morales. Circula donde el silencio se impone y donde el autocuidado se posterga en nombre de la hombría.

Este debate no ocurre en el vacío. A partir del 11 de marzo, Chile inicia un nuevo ciclo político conservador, uno que vuelve a instalar la abstinencia sexual y la fidelidad como supuestas herramientas de prevención. Un discurso viejo, con ropaje moral, que insiste en gobernar los cuerpos desde la culpa y la espiritualidad, incluso cuando los datos científicos dicen otra cosa. La educación sexual integral se vuelve sospechosa, el condón se reduce a último recurso y el deseo, otra vez, aparece como algo que debe ser vigilado, no comprendido.

Pero la evidencia no se arrodilla. La prevención no funciona por mandato moral. Funciona cuando hay información, acceso, reconocimiento de la diversidad sexual y corporal, y políticas públicas que no confundan fe con salud. Insistir en la abstinencia como solución no es ingenuidad: es una forma de irresponsabilidad institucional que ya conocemos y cuyos costos siempre pagan los mismos cuerpos.

Tal vez algunos lectores cierren esta crónica con una sonrisa torcida. Tal vez piensen —o digan— que esto lo escribió “un tula chica”. No sería nuevo. Es la forma más rápida que tiene la masculinidad de defenderse cuando se siente interpelada: reducirlo todo a una medida, a una burla, a una jerarquía infantil.

Pero quizás ahí esté el punto. Tal vez la verdadera fragilidad no esté en el tamaño del pene, sino en la imposibilidad de hablar del cuerpo sin competir, en no saber ajustar, elegir y cuidarse sin sentir que algo se pierde. En ese vacío prospera la idea de que la moral puede reemplazar al conocimiento, que gobernar los cuerpos desde la fe es un avance y no un retroceso. Al final, el condón no achica nada. Lo que incomoda es que obligue a revisar el guión aprendido y a recordar —en tiempos donde se quiere legislar el deseo— que la salud y el placer no se ordenan desde el dogma, sino desde la realidad de los cuerpos.

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