En las primeras páginas de Una habitación propia cuenta Virgina Woolf como maldijo la famosa biblioteca de un famoso College de Cambridge a la que no se le permitió entrar por no ir acompañada de un miembro del mismo; membresía a la que nunca podría acceder siendo mujer. Con cierta amargura, y su retintín habitual, Woolf reconocía que ni siquiera esa maldición servía de nada, ya que a una biblioteca tal poco o nada le iba a importar que una mujer renegara de ella.
Lo mismo me sucede a mí, ¿a quién le va a importar si cuestiono o no la autoridad de los “grandes” e “indiscutibles”? Y me ha pasado mientras leía un artículo en un periódico en el que se recordaba la muerte del gran Borges ocasión que ha aprovechado una editorial española para presentar una nueva edición de su obra. El autor del artículo —después de apelar a otros autores para afirmar la valía universal del mundo literario de Borges— recordaba que el escritor argentino gustaba de repetir una cita de Mark Twain según la cual empezar una buena biblioteca pasaría por dejar de lado los libros de Jane Austen. Teniendo en cuenta que quien repetía esa cita llegó a dirigir la Biblioteca Nacional de la República Argentina, el hecho no es baladí. Como tampoco lo es que el autor del artículo la re-cite.
Y aquí estamos de nuevo, una y otra vez, enfrentadas al dilema: Nos indignamos, maldecimos y nos desesperamos de que en el año 2026 se vuelva a citar y re-citar a estos autores misóginos, considerados meritorios y relevantes por parte de sus pares y nos dolemos otra vez de la afrenta de ver el trabajo intelectual, así como las palabras de las mujeres excluidas, despojadas de todo tipo de autoridad y valor. Nos revolvemos y protestamos, enfrentadas una y otra vez a ellos, siempre expertos, siempre autorizados, los sabelotodo. O bien no cedemos ante esos agravios, los ignoramos y dejamos, además, de reproducirlos.
Como muchas otras mujeres, me pregunto si no sería mejor hacer como que no los hemos oído y no darles eco. Y ahora que escribo ´eco` me viene a la mente la ninfa Eco cuya bella voz sufre el castigo de Hera. Más que perder la voz, lo que pierde Eco es la posibilidad de hablar con sentido porque, como nos recuerda Ana María Leyra en Mujeres soñadas. Una mirada actual sobre la mitología clásica, Eco no puede sino repetir y doblar lo que oye, pero no hablar con sentido. De modo que al final la única voz que oímos es “la voz del amo del discurso, del yo masculino”. Desafiante tarea la de salir de esta disyuntiva: repetir la voz del amo o callar.
Quien renuncia a leer a Jane Austen se pierde la posibilidad de asomarse a una ventana para observar —con ironía y sensibilidad— la sociedad georgiana con sus jerarquías, la situación de las mujeres y el devenir imperial de la Inglaterra a caballo entre el cambio de siglo del XVIII y el XIX. Reducirla a una escritora de comedias románticas es ignorar la causticidad de su crítica social, así como el valor de sus observaciones antropológicas. Pero, ya se sabe, contra gustos no hay nada escrito. La cuestión aquí, empero, es muy otra y va mucho más allá de preferencias literarias. Va incluso más allá de las condiciones o espacios de una mujer para escribir.
Aquí la queja y la ”maldición” tiene que ver con cada comentario, cada gesto —por pequeño que sea—, cada desprecio, cada desautorización del trabajo, actividad, voz … y todo lo que se quiera añadir, que tenga que ver con las mujeres. Cada broma, cada ridiculización, cada mofa; cada descrédito, es un eslabón en la cadena que contribuye al maltrato de las mujeres. Se crea una imagen de algo que puede usarse a conveniencia, de lo que se puede disponer a voluntad.
Es una cadena que al final puede suponer la muerte por asfixia, por desgaste, por inanición, por agotamiento, por desesperanza... . Son este tipo de juicios los que nos devuelven una y otra vez a la casilla de salida; los que nos roban el aliento de nuestra propia tradición. Aquellos que, finalmente, nos convierten cada día un poco más en mujertes (https://cuartopropio.com/libro/mujertes-cuerpo-palabra-y-subversion-feminista-en-chile-2015-2025/ ).
Hay otra alternativa, claro está, y es seguir aprendiendo de las otras mujeres, recoger su testigo y quizá sentarse a la orilla del río Cam a observar como hace Woolf, la ridiculez de algunos rituales, o volver al cuarto de estar donde Austen reproducía lo que se hablaba en otros salones y en las aguas termales de Bath.
Dicha alternativa pasa por reconocer su autoritas, su potencia y trabajo intelectuales, sin esperar ningún aplauso, ni reconocimiento del mundo masculino ni concederle ninguna importancia. Se trata de imaginar —como sugiere Adriana Cavarero en su último libro Il canto delle sirene— otro marco en el que las sirenas no cantan para seducir a Ulises, ni perder a los marineros, sino, y simplemente, para deleitarse ellas mismas con su canto, sin impórtales quien escucha o se tapa los oídos.