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La mentira en tiempos del bolsonarismo
Foto: Agencia Uno

La mentira en tiempos del bolsonarismo

Por: Fernando de la Cuadra | 06.02.2026
Argumentan sus defensores, si el Golpe de Estado no se consumó, mal podrían culpar al ex capitán de ser el líder de una organización criminal que se articulaba para obtener algo que finalmente no logró su objetivo. O sea, el intento de algo que fracasó no sería crimen de acuerdo a estos profesionales del derecho. Un argumento demasiado burdo que, a pesar de todas las pruebas en contrario, todavía es asumido como verdadero por una parte nada despreciable de los brasileños.

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En Brasil, el bolsonarismo se convirtió en un verdadero laboratorio de la mentira como forma de hacer política. No solo por medio de centenares de noticias falsas, sino especialmente por constituir un camino sistemático para transformarse en una fuerza dominante por medio del convencimiento de que la composición de partidos y la política llevarían inevitablemente a la destrucción del país. Así, una de las principales banderas de campaña del ex capitán, lo situaba como un político antisistema, que enfrentaría la corrupción y la inmoralidad de la clase política, acabando con el fisiologismo representado por los partidos del “Centrão”.

Todo un engaño para los electores. Al final Bolsonaro fue el mejor cómplice de dicho conglomerado y durante su administración se produjo el mayor repase de recursos a los parlamentarios que condicionaron su apoyo a esa gestión retrograda. Por medio de una serie de transferencias desde el poder central hacia legisladores corruptos -el nefasto “presupuesto secreto”- la ultraderecha estuvo a punto de conseguir reelegirse para un segundo periodo.

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Anteriormente, Bolsonaro se había aprovechado de la crisis sistémica heredada del mandato ilegitimo de Michel Temer para crear la falsa ilusión de que un “antipolítico” pudiera sacar al país del atolladero en que se encontraba. Y por cierto fue capaz de unificar un bloque social heterogéneo que había emergido en las manifestaciones de 2013, aglutinando el malestar y el hartazgo acumulado con expresiones de odio y virulencia contra el Estado, la política y los políticos.

Electo a fines de octubre de 2018, el (des)gobierno de Bolsonaro fue una sucesión infinita de horrores y destrucción de las políticas públicas en todos los ámbitos del acontecer nacional. En el plano de la salud, fue el principal instigador del negacionismo de la pandemia causada por el Coronavirus, provocando decenas de muertes adicionales por demorar la compra de las vacunas necesarias para enfrentar dicho flagelo. También fomentó la tala ilegal de árboles en Amazonia, Mata Atlántica, Serrado y otros ecosistemas con efectos gravísimos sobre el medioambiente.

Descontinuó o extinguió programas de combate al hambre de las administraciones anteriores, colocando a Brasil de nuevo en el Mapa del Hambre. Aumentó considerablemente la pobreza y la extrema pobreza que había sido disminuido drásticamente durante las jefaturas del Partido de los Trabajadores. Fomentó el uso de armas entre la población y estimuló el uso desmedido de la violencia por parte de las fuerzas policiales.

Al final de su mandato, refutó ante embajadores de muchos países la idoneidad de las urnas electrónicas y, por último, desconoció el resultado de las elecciones de 2022, tratando de infringir un Golpe de Estado con sectores de las Fuerzas Armadas, Policiales y grupos radicales acampados frente al Cuartel General del Ejército en Brasilia. Por este motivo, se encuentra condenado a 27 años y 3 meses de reclusión.

En la actualidad, los abogados de Bolsonaro mienten desfachatadamente cuando dicen que Bolsonaro nunca intentó cuestionar los resultados de las elecciones en que fue perdedor y que las conversaciones claramente sediciosas mantenidas en el departamento del General Braga Netto no pasaban de una conversación entre amigos en un bar.

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Además, argumentan sus defensores, si el Golpe de Estado no se consumó, mal podrían culpar al ex capitán de ser el líder de una organización criminal que se articulaba para obtener algo que finalmente no logró su objetivo. O sea, el intento de algo que fracasó no sería crimen de acuerdo a estos profesionales del derecho. Un argumento demasiado burdo que, a pesar de todas las pruebas en contrario, todavía es asumido como verdadero por una parte nada despreciable de los brasileños.

Pero al final las mentiras caen por su propio peso. Es solo ver el destino patético de Jair Bolsonaro, aquel personaje que aparecía como el “mito”, el macho alfa siempre empuñando un fusil para enfrentar el peligro rojo; el presidente que decía que el Covid-19 era solo una gripecita o resfriadito y que su histórico de atleta lo dejaba inmune; el gobernante impiedoso que descalificaba a la población que lloraba a sus muertos porque él no era sepulturero; el sujeto grosero que afirmaba que Brasil tenía que dejar de ser un país de maricas, etcétera, etcétera.

Pues bien, este mismo ser nefasto se queja hoy en día porque se encuentra detenido en dependencias del Complejo Penitenciario de Papuda en Brasilia, con todas las regalías de un ex presidente. Este ser innoble exige prisión domiciliaria debido a que no consigue dormir, se cae de la cama y vive constantemente aquejado por el hipo y la acidez estomacal.

Ese es el Bolsonaro real, un cobarde disimulado que nunca asumió responsablemente sus opiniones, su índole despótica, su conducta siniestra y su falta de empatía por los otros. A esta altura, con todo lo que se sabe, la extrema derecha brasileña sigue apoyando a Bolsonaro y su clan, fingiendo sobre su historia de pésimo militar y su biografía de político mediocre.

Su hijo Flavio ha tomado el bastón de reemplazo, pero una parte mayoritaria del país dejó de creer en el mito fabricado y se depara con el hombre real sin cualidades, en el embuste que crearon sus propagandistas, en el personaje que representa finalmente la síntesis del falsario oportunista que se aprovechó de la conspiración jurídica-política perpetrada por la extrema derecha contra el actual presidente Lula da Silva, que resistió con dignidad y sabiduría la condena que le fue aplicada injustamente.

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