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La excepción como coartada en política internacional: ¿Estamos viviendo la realidad de Death Note?
Foto: Agencia Uno

La excepción como coartada en política internacional: ¿Estamos viviendo la realidad de Death Note?

Por: Heber Leal | 18.01.2026
No estamos presenciando una suspensión temporal de la ley, sino su silenciamiento prolongado. La legalidad no muere; sobrevive como ritual vacío. Parlamentos que deliberan después de los ataques, organismos internacionales que condenan cuando ya es demasiado tarde; la ley sigue hablando, pero ya no decide.

El poder en el anime Death Note no llega en forma de ejército ni de parlamento, sino que adviene a través de un cuaderno de notas unilateral; basta escribir un nombre para decidir quién vive y quién muere: no hay juicio, no hay apelación, no hay demora; solo una mano, una voluntad y la convicción —al menos para quien la escribe— de estar haciendo justicia.

Es tentador pensar que esta fantasía pertenece exclusivamente al terreno del anime japonés; sin embargo, estas últimas semanas la política internacional volvió a recordarnos que la distancia entre la ficción y la realidad puede ser inquietantemente corta. Light Yagami, el protagonista de Death Note, no comienza como un villano sino como alguien convencido de que el mundo está roto y de que alguien debe arreglarlo.

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Cada muerte es presentada como necesaria; cada nombre escrito, como un sacrificio en nombre de un orden superior; el problema no es su diagnóstico —la injusticia existe— sino su certeza de que solo él puede corregirla. Algo similar ocurre cuando un líder político se arroga el derecho de decidir qué países merecen ser castigados, qué gobiernos deben caer y qué muertes son aceptables.

El vocabulario cambia —“emergencia”, “crisis”, “seguridad nacional”— pero la lógica permanece: cuando el poder se percibe a sí mismo como justicia, la ley se vuelve un estorbo. El filósofo político Michael Walzer, en Guerras justas e injustas, advirtió hace décadas que la justicia de una guerra no depende solo de la causa que la invoca, sino de los límites que acepta: una guerra puede nacer de una intención moral y librarse de manera injusta; también puede ocurrir lo contrario.

El juicio ético no se agota en la voluntad del actor, sino en su disposición a someterse a reglas, procedimientos y controles; cuando alguien afirma que las reglas ya no aplican porque la situación es excepcional, la excepción empieza a devorar la moral que decía proteger. Light Yagami jamás acepta límites: en su mundo, la justicia no necesita procedimientos porque él es el procedimiento. Esa es precisamente la señal de alarma que Walzer nos enseñó a reconocer: el momento en que la justicia deja de ser un marco compartido y se convierte en una decisión individual.

La ley en Death Note no desaparece de inmediato, continúa existiendo, pero subordinada al plan de Kira. Los policías investigan, los jueces deliberan, pero siempre llegan tarde; el acto decisivo ya ocurrió, el nombre ya fue escrito y el mundo se reorganiza alrededor de un hecho consumado.

Robert Zaretsky al reflexionar sobre la guerra contemporánea, señala algo inquietantemente similar: no estamos ante debates profundos sobre jus ad bellum (cuando es justo ir a la guerra) o jus in bello (cómo es justo combatirla), sino ante una coreografía conocida. Primero se actúa; luego se discute; primero caen las bombas; después se buscan argumentos legales que hagan tolerable el hecho.

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El razonamiento jurídico se vuelve retrospectivo, casi decorativo, como pedalear en una bicicleta estática convencido de avanzar. Walzer también advertía que la apelación constante a la “emergencia” produce una anestesia moral: si todo es crisis, nada necesita justificación.

Light lo comprende instintivamente: cada nombre escrito hace más fácil el siguiente y el umbral moral no se cruza de una vez; se erosiona: lo mismo ocurre cuando la guerra deja de ser un último recurso y se transforma en una prerrogativa cotidiana del poder ejecutivo.

Zaretsky va aún más lejos: no estamos presenciando una suspensión temporal de la ley, sino su silenciamiento prolongado. La legalidad no muere; sobrevive como ritual vacío. Parlamentos que deliberan después de los ataques, organismos internacionales que condenan cuando ya es demasiado tarde; la ley sigue hablando, pero ya no decide. Conviene recordar que Walzer nunca fue un pacifista ingenuo. Defendió guerras cuando creyó que cumplían criterios estrictos de necesidad, proporcionalidad y legitimidad.

Precisamente por eso su marco resulta tan incómodo para el decisionismo contemporáneo: si incluso desde una teoría que admite la guerra la acción resulta injustificable, el problema no es la teoría, sino el poder. Death Note es, en el fondo, una historia sobre el autoengaño del poder; Light no se vuelve más justo a medida que elimina criminales, se vuelve más paranoico: cuanto más controla, más enemigos imagina.

El mundo no mejora: se vuelve más silencioso, más temeroso, más frágil. La pregunta que la ficción comparte con la filosofía política no es si el mundo necesita correcciones, sino quién decide, cómo decide y bajo qué reglas. Porque el problema nunca fue el cuaderno: el problema fue creer que escribir un nombre bastaba para tener razón y cada vez que un líder actúa como si la realidad fuera una página en blanco, conviene recordar cómo terminan esas historias.

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