La PAES como excusa: El Instituto Nacional y la trampa del mérito en Chile
Tras la entrega de los resultados de la PAES aparece un público atento: el circuito de “expertos” y comentaristas que, año tras año, reactivan el mismo libreto mediático. Apenas aparecen los puntajes, se dicta sentencia con frases ya gastadas: “la educación pública está en crisis”.
Y el caso del Instituto Nacional parece confirmar, a primera vista, ese veredicto: pasar del puesto 14 al 360 en una década es un dato que golpea fuerte.
Y entonces a la explicación “experta” le agregan el comodín del progresismo: la popular “tómbola”. Afirman que con el fin de la selección habría “bajado el nivel” del estudiantado, como si el problema de fondo pasara por un mecanismo de admisión y no por el desigual país que ese mismo mecanismo ayudaba tan bien a ocultar.
En paralelo, el debate se simplifica aún más: los mediáticos “overoles blancos” quedan instalados como símbolo final del deterioro de la educación emblemática pública, siendo el cierre perfecto para un relato que necesita culpables visibles.
En esta columna, la propuesta es otra. Es seria. No para negar problemas reales, sino para evitar el autoengaño. La pregunta no es si la PAES “mató” al Instituto Nacional, ni si la “tómbola” explica por sí sola un resultado. La reflexión de fondo es más incómoda: qué tipo de modelo educativo -amarrado a un modelo económico neoliberal que, en esencia, segmenta- convierte el origen en ventaja estructural y disfraza su ascenso social con otra falacia populista, el mérito.
Entonces, la pregunta que subyace es la siguiente: ¿Qué ocurre cuando, por fin, una institución pública deja de parecer una excepción estadística y empieza a reflejar la realidad social que el sistema produce?
Para los que estamos inmersos en la educación pública, es evidente que la “tómbola” no creó el problema: lo volvió visible. Por tanto, cuando se acusa al sorteo de “arruinar” al Instituto Nacional, se está diciendo, sin decirlo, que el prestigio dependía de filtrar la realidad, no de enfrentarla.
La selección, por definición, ordena el rendimiento antes de que ocurra: reduce heterogeneidad, concentra capital cultural y estabiliza trayectorias. Ahora bien, eso no prueba calidad de nada. Y por eso la discusión “tómbola versus mérito” es solo un desvío mediático.
Para profundizar sobre este delicado tema, la pregunta es otra: ¿Qué sistema necesita seleccionar para sostener su relato de excelencia, y por qué ese mismo sistema no garantiza condiciones equivalentes para que el esfuerzo tenga un valor comparable en cualquier escuela pública del país?
El Instituto Nacional hoy en día opera como espejo: no solo de un liceo emblemático, sino de un país que se acostumbró a confundir excepcionalidad estadística con excelencia pública. Durante décadas, se le exigió al Instituto Nacional que fuese prueba viviente del mérito, pero bajo condiciones que incluían selección y un tipo de composición estudiantil muy particular. Cuando esas condiciones cambiaron, mostró ese inmenso Chile fuertemente segregado en sus condiciones sociales.
Proponemos que si lo público debe ser excelencia, entonces tiene que serlo con el país real que tenemos: con apoyos, con convivencia abordada sin caricaturas, con fortalecimiento pedagógico, con mayores recursos materiales y financieros y con una política pública integral que no premie la segregación social.
Así que en conclusión, no creo que el mérito haya desaparecido del todo. Lo que sí se acabó fue la coartada. Y si queremos que el esfuerzo vuelva a significar algo, la conversación ya no puede ser sobre rankings; tiene que ser sobre el trasfondo del cada vez más deshumano sistema neoliberal que nos rige.
Entonces, la pregunta para cerrar esta columna es igual de incómoda, pero inevitable: ¿Queremos una educación pública dedicada a producir puntajes altos, o una educación pública dedicada a formar ciudadanía, cohesión social y desarrollo cultural del país?